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Viernes, 10 Diciembre 2010 06:56

El destino manifiesto y la unión Sudamericana

Escrito por
"American Progress", obra de John Gast (1872) "American Progress", obra de John Gast (1872)

A partir de una obra pictórica de finales del SXX, Fortunato Calderón analiza y denuncia los argumentos ideológicos y religiosos que el imperialismo estadounidense expone para justificar sus políticas intervencionistas.

 

 

Por Fortunato Calderón - La pintura, una alegoría del progreso, muestra a una joven y exuberante mujer, un ángel, sobrevolando campos luminosos donde se desarrolla un conflicto. Lejos, a la izquierda, se ven zonas sombrías que ella parece alejar con la mirada. Es Columbia, la versión del siglo 19 del Tío Sam. 

 

Está guiando hacia el Oeste a los conquistadores sajones que se disponen a incorporar a la "civilización" el "desierto" donde habitan los salvajes, no sólo los animales propiamente americanos, que serán sustituidos por vacas, perros y caballos, sino los pueblos originarios, que serán sustituidos también, los guste o no, por los pioneros y los que les sigan.  La conquista del Oeste destruiría a los originarios, pero un puritano de entonces la justificaba así: "Si hubieran aceptado la esclavitud, como los negros, se hubieran salvado" (en el doble sentido físico y religioso).  Un argumento cínico, pero que exponían sin pudor porque para ellos era la evidencia misma.

 

Allá en las sombras se confunden indios y búfalos, casi indistinguibles, mientras la luz acompaña a los civilizadores cuyo tesón y decisión inquebrantable, paralela al tendido de vías férreas por empresas del Este que prometían todo el oro de California, aparecen nítidos en el cuadro, obra de John Gast en 1872. 

 

Puritanos en guerra  

 

Algunas décadas antes, el periodista y editor John O´Sullivan había dado forma con la expresión "destino manifiesto", que hizo carrera hasta que se pusieron de manifiesto cosas que no eran del destino, a una voluntad imperial que estaba en los orígenes de los Estados Unidos y también antes, en las ideas de los puritanos que vinieron de Inglaterra en la bodega del May Flower a dar sus frutos en la tierra de promisión.

 

 

La idea del pueblo elegido en la tierra prometida es muy vieja. La Biblia la instaló en el corazón y en la mente de Israel después de diluvio, supremo castigo, en que Yahvé puso en el cielo el arco iris como prueba de una nueva alianza indestructible con su pueblo, el elegido entre todos, y le prometió luego a Moisés el egipcio una tierra hermosa que manaba leche y miel.  Canaán, tierra de filisteos, de donde "Palestina", fue esa tierra. Jahvé, fiel a su promesa tanto como su pueblo no le era fiel a él, permitió que los israelitas, para entrar en Canaán al mando de Josué, hicieran tremendas tropelías y matanzas narradas escrupulosamente. Era la voluntad de Dios.

 

Los puritanos ingleses eran cristianos, en teoría entendían que aquella elección de Dios se había extendido hasta abarcar la humanidad entera, pero cierto espíritu tribal, celoso de lo propio y desdeñoso y al mismo tiempo codicioso de lo ajeno, los hizo volver a la concepción judaica.

 

Un ministro puritano, John Cotton, escribió en 1630: "Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos".

 

Cotton entendía que la sola presencia de indios era perjudicial para la civilización blanca que quería instaurar. Rápidamente tuvo a mano el argumento de que la sangre indígena derramada era lavada y blanqueada por la sangre del Cordero, con lo que justificaba el exterminio de los aborígenes y de todo heterodoxo.

 

 

Fue el iniciador del destino manifiesto y de la cristalización posterior del mormonismo porque sostuvo que el pacto bíblico de Yahvé con los israelitas se había trasladado a los colonos puritanos de Nueva Inglaterra, de los que él era la máxima autoridad religiosa.  Cotton mandó al destierro de Roger Williams, un "subversivo" que osó considerar las doctrinas puritanas nada menos que como "reduccionismo tribal", y sostuvo que eran un retroceso incluso respecto del odiado catolicismo. Williams vino a decir claro que el cristianismo era ecuménico, un solo dios para todos los hombres sin preferencias tribales ni nacionales.

 

 

Williams, que se venía a oponer con argumentos "universales" al exclusivismo puritano, impulsor de un fundamentalismo rígido que se mantiene todavía hoy, debió refugiarse entre los indios, que no le preguntaron nada sobre teología porque sabían que todos los caminos llevan al mismo punto al que sabe caminar y le donaron tierras para que fundara Rhode Island.  Poco a poco, los puritanos sufrieron la transformación que vemos hoy, parte de otra mucho más amplia: la sociedad de puros que iban fundar como únicos y exclusivos elegidos por dios, monopolizadores de su gracia, tenía su piedra de toque en el trabajo productivo, en la ganancia que derivaba de él, en las riquezas que producía, muestra tangible de la gracia.  Ahora era el valor de cambio el que regía la vida, el productivismo y la usura bancaria.

 

Los adoradores de Yahvé se vieron sin pena ni reproche adorando a Mammón, y allí están todavía. "Una transformación que va del reino de la oración al reino de la diversión".  Se necesitaba un designio particular del cielo, y no era difícil conseguirlo si había voluntad y deseos suficientes.

 

El destino manifiesta se aplica bien a México  

 

México, que tuvo la desgracia histórica de ser fronterizo con los Estados Unidos, tenía en 1845 una superficie de más de tres millones de kilómetros cuadrados.  Cuando los gobernantes de las 13 colonias emancipadas de Inglaterra advirtieron que poseyendo los campos de algodón se tenían las llaves del comercio mundial de la época, la suerte del 55% de la superficie mexicana estuvo echada.  Rápidamente la codicia encontró razones; porque puede ocurrir que la razón domine a la voluntad como es el caso de las personalidades mejor integradas, y también, y con tanta más frecuencia, que la razón sea sierva de la voluntad, de los deseos, de la concupiscencia o de la molicie y encuentre los argumentos que éstas quieren encontrar para presentarse bien vestidas en público.  

 

Les dio forma en 1845 el periodista O´Sullivan, en línea con las ideas "bíblicas" del pastor Cotton. En la publicación "Democratic Review" de Nueva York, en el número de julio-agosto de 1845, O´Sullivan escribía: "el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino". Luego precisó respecto de la disputa con Inglaterra por Oregón: "Y esta demanda está basada en el derecho de nuestro destino manifiesto a poseer todo el continente que nos ha dado la providencia para desarrollar nuestro gran cometido de libertad y autogobierno".  Es una forma blasfema de involucrar a la providencia en negocios mezquinos; pero ya los padres de la patria norteamericana habían adoptado la doctrina, de origen protestante, de que dios permite el enriquecimiento de aquellos que elige como prueba de que serán salvos.  De allí el sentido supersticioso del valor del dinero que es todavía fácil advertir en la civilización norteamericana, donde corren sin dificultad aforismos como "el tiempo es dinero", o "un millón de dólares está hecho de monedas de a dólar", o "en Dios confiamos", escrito en el billete de un dólar.

 

 

El hispanista Ramiro de Maeztu, de visita en Inglaterra, la patria de su madre, leyó asombrado en el frontispicio de un templo puritano: "bienvenidos los extranjeros". Le resultó casi indigerible la leyenda. Anotó en su cuaderno: "No hay extranjeros para la catedral de Burgos", y aclaró que en su concepto en aquel templo no había cristianos.  Cuando fue elegido Papa el cardenal polaco Karol Woytyla, Juan Pablo II, la prensa norteamericana dio la noticia con grandes titulares: "¡Un Papa extranjero!".

 

Otra vez las dificultades para superar el horizonte tribal, racista y segregacionista de la vida y concebir el sentido universalista instalado nominalmente 2000 años antes. Aquellos periodistas parecían dar por descontado que la iglesia católica era la iglesia nacional italiana, así como la anglicana es la inglesa y la mormona la iglesia nacional estadounidense frustrada.

 

Los Estados Unidos tenían la fuerza, tenían la voluntad, falsearon la razón, que en estas condiciones era el uso del democratismo, presentado como el mejor invento de la civilización, pantalla ideológica de la codicia y del racismo.

 

 

Un año después del escrito de O´Sullivan, cuando el gobierno norteamericano ya había enviado gente a "poblar" territorio mexicano para justificar lo que seguiría, anexaron los territorio de Texas, California y luego declararon la guerra a México y lo invadieron.

 

 

Los Estados Unidos se apropiaron de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma, en total 2 millones 100 mil kilómetros cuadrados, el 55% del territorio mexicano de entonces.

 

 

El historiador mexicano García Cantú cuenta una versión en la que no se insiste: "En Nuevo México el despojo y el destierro en masa y todo género de excesos fueron hechos notorios cuando los mormones se apoderaron del gobierno".  "En 1850 los mexicanos eran vendidos en la Costa Bárbara de California, empezando los linchamientos, no de negros como más tarde ocurriría en Georgia, sino de mexicanos. El deporte favorito de los rancheros era cazar hombres. Arrasaban los poblados. El desenfreno, en varios sitios, duró semanas. Los sobrevivientes -los niños- fueron esclavizados".  "Los mexicanos han muerto, al menos en su inmensa mayoría, cazados como fieras en los bosques texanos por el rifle yanquee: sus propiedades han sido robadas, muchos huyeron de aquella tierra maldita, y los pocos que quedan, lloran todavía".

 

 

"De 1850 a 1890, en la ciudad de Los Ángeles, hubo once linchamientos. Uno ocurrió en Downieville, California, al asesinar una turba de mineros a una muchacha mexicana. En 1873 lincharon a varios campesinos en Tucson y a otros más en Bisbee.

 

 

A Teófilo Trujillo, por implantar en Colorado la cría de ovejas, lo mataron a palos. Los mexicanos fueron expulsados de sus aldeas y no podían salir, sin permiso, de los barrios en que fueron confinados".  

 

El hermano mayor vigila garrote en mano  

 

Los Estados Unidos tuvieron pronto ocasión de usar la "doctrina" del destino manifiesto con extensión y profundidad.  En una mano la oferta del mejor sistema del mundo: la democracia que convertiría al mundo en imagen y semejanza de los Estados Unidos, y en la otra el "big stick", el "gran garrote" para reacios que se negaren a aceptar el destino.  El presidente Theodoro Roosevelt dijo en 1904: "Si una nación demuestra que sabe actuar con una eficacia razonable y con el sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y respeta sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de los Estados Unidos.  La injusticia crónica o la importancia que resultan de un relajamiento general de las reglas de una sociedad civilizada pueden exigir que, en consecuencia, en América o fuera de ella, la intervención de una nación civilizada y, en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la doctrina Monroe puede obligar a los Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional".  

 

Los elementos están bien expuestos: buen comportamiento a los ojos de la policía, actitud "conveniente" para la autoridad mundial, observación cumplida de las "reglas" de la democracia liberal y no hay nada que temer. De lo contrario, intervendrá la policía, como lo ha hecho tantas veces y lo hace en estos mismos momentos en varias partes del mundo.  

 

El presidente Woodrow Wilson le agregó un piso más a la doctrina, que hoy está siendo muy usado: El mundo debe ser "seguro" para la democracia. El imperio reclama fronteras seguras para sus aliados al tiempo que recalca que los adversarios no son demócratas y quedan por eso sujetos al garrotazo preventivo o correctivo.  Wilson: "Yo pienso que todos nosotros comprendemos que ha llegado el día en que la Democracia está sufriendo su última prueba.  El Viejo Mundo simplemente está sufriendo ahora un rechazo obsceno del principio de democracia. Éste es un tiempo en el que la Democracia debe demostrar su pureza y su poder espiritual para prevalecer. Es ciertamente el destino manifiesto de los Estados Unidos, realizar el esfuerzo por hacer que este espíritu prevalezca".  

 

El destino manifiesto se opacó bastante, dentro y fuera del país imperial, después de la derrota militar que sufrieron en Vietman. La idea de que son un pueblo diferente, el "pueblo elegido por la Providencia", apareció envuelta de modo indeseable en el apoyo a gobiernos dictatoriales y corruptos, en generales que proclamaron admiración por Hitler, en bombardeos masivos y matanzas contra civiles indefensos.  Esa guerra y las que siguieron, como la farsa de las armas químicas de Iraq, el deseo de destruir por fines tácticos que nada tienen que ver con ningún destino providencial a Irán o Corea del Norte, han hecho tambalear el destino manifiesto, que si es algo, no es lo que se decía.  

 

La superioridad norteamericana no es más providencial que la mera fuerza bruta y su destino por ese camino es una degradación creciente sin final a la vista, pero presentido. El balance que ya se puede hacer del destino manifiesto es por una parte la liberación de energías para apoderarse del Oeste y de la mitad de México y la idea del "sueño americano" de libertad ilimitada en territorios conquistados; pero por otra intolerancia e incompresión como "cosa del diablo" de formas de organización social y política diferentes, despojo, exterminio y confinamiento de los pueblos originarios, guerras apenas barnizadas de racionalidad, racismo y discriminación incluso hasta justificar abiertamente la tortura.  Los Estados Unidos representan el extremo de aquella tendencia iniciada hace siglos en Occidente hacia una creciente materialización y cuantificación, de que la propia ciencia de que es vanguardia, valorada ante todo por las aplicaciones prácticas a que da lugar, no sirve sino para favorecer la expoliación del mundo que impone la codicia.

 

 

Una pseudo religión manifiestamente destinada a la causa imperial  

 

La religión que los padres peregrinos trajeron de Inglaterra no les pareció ideología suficiente a los puritanos que querían realizar todo su programa en el nuevo mundo.  En lugar de Canaán, que había sido la tierra prometida para los creyentes en la Biblia, ahora debía aparecer América y los Estados Unidos asumir la misión histórica y providencial de Israel. Esta función hubiera debido cumplirla la iglesia mormona, una variante "norteamericana" de las mismas ideas antiguas sobre el pueblo elegido.

 

 En la segunda década del siglo diecinueve el punto de vista religioso era predominante todavía, aunque ya vacilaba; por eso era políticamente útil presentar bajo un ficticio ropaje sacerdotal propósitos que de otro modo no serían tan fácilmente aceptados por el gran número.  Hoy ya no predomina; por eso el mormonismo no tuvo la importancia a que en cierto momento pareció destinado, como el catolicismo en la conquista y sojuzgamiento de América.  Los Estados Unidos no salieron con su garrote al mundo bajo banderas mormonas, como los españoles con la cruz, pero sí lo alcanzaron a hacer para quedarse con la mitad de México cuando el mormonismo era nuevo.  Es transparente la relación de la idea del destino manifiesto con el mormonismo: los Estados Unidos estarían llamados por la providencia a someter a los indígenas, luego a México y por fin, al mundo entero.  La doctrina del mormonismo es abiertamente racista: dios está con los blancos sajones, concebidos como una tribu privilegiada que recibió su santo mandato, una versión con pretensiones sacras del destino manifiesto.  

 

El mormón James Tamage, uno de los "apóstoles" recientes de la iglesia, expone: "el Libro de Mormón contiene la historia de una colonia de israelitas, de la tribu de José, que salieron de Jerusalén 600 años antes del nacimiento de Cristo, durante el reinado de Sedecías, rey de Judá, en vísperas de la conquista de Judea por Nabucodonosor y la inauguración del cautiverio babilónico. (Es muy oportuna la elección de este momento histórico.  De regreso de Babilonia, 70 años después gracias a la magnanimidad de Ciro el Grande, los judíos habían perdido 10 de sus 12 tribus y habian olvidado con rapidez sorprendente su idioma y su escritura, que debieron rehacer penosamente. Los que no regresaron perdieron su identidad, son las "tribus perdidas").  Por otra parte, es notable que el Libro de Mormón, "encontrado" por John Smith en 1830, mencione el nombre de Jehová, que no fue inventado sino hasta el año 1000 por los judíos masoretas. Esto se debió a que tras la deportación a Babilonia se perdió la pronunciación de las letras Yvhv del nombre de Dios (el hebreo no tiene vocales, por eso su escritura es "letra muerta" que el espíritu debe vivificar). Esa pronunciación luego fue restablecida como Yahvé con el presunto hallazgo de las vocales correctas. "Jehová" es un error que no puede figurar en un libro del año 400, porque era entonces desconocido.  

 

Muy posiblemente el Libro del Mormón sea un fraude tomado por Smith de las obras literarias de un pastor que narró como ficción sin fines religiosos, entre otras cosas cómo los romanos viajaron a América en el auge de su imperio.  Aquella colonia de israelitas fue llevada según el Libro de Mormón por dios al continente americano, donde llegaron a ser un pueblo numeroso y fuerte; y esto a pesar de que, divididos por las disensiones, formaron dos naciones enemigas, conocidas como nefitas y lamanitas.  Mientras los nefitas fomentaron las artes de la industria y la cultura, y escribieron unos anales en los que incorporaron su historia y Escrituras, los lamanistas se volvieron degenerados y viles.

 

Los nefitas fueron aniquilados en el año 400 de nuestra era, pero los lamanitas siguieron viviendo en su estado degenerado, y en la actualidad son conocidos como los indios americanos.

 

Talmage continúa su "historia", totalmente gratuita pero intencionada: "Los lamanitas, aun cuando aumentaron en número, sufrieron el desagrado de Dios; su cutis se tornó obscuro, su espíritu se extravió, se olvidaron del Dios de sus padres, se entregaron a una vida salvaje y nómada y degeneraron en el estado caído en que se encontraban los indios de América, sus descendientes directos, cuando nuevamente se descubrió el continente en una época posterior".  Un signo de "degeneración" es para Talmage la piel de los negros y de los indios, y también de los amarillos; los preferidos del dios mormón son blancos, y su destino manifiesto es la dominación de las razas "oscuras".  

 

Talmage se funda en el "Libro de Mormón", lleno de "verdades" de esta índole, que por sí solas muestran a qué mentes se dirigen y de qué mentes provienen y sobre todo qué influencia quieren lograr y qué fechorías justificar.  Dios dice por ejemplo que aunque ellos no lo sepan, la gente de piel oscura es "inicua" y que será maldito quien se mezcle con sus descendientes.  Los pieles rojas "volvieron a sus costumbres degeneradas y nació en ellos una hostilidad asesina contra sus hermanos blancos.

 

Cuatrocientos años después de Cristo se libró la última batalla cerca del Cerro de Cumora (en el actual estado de Nueva York) y fue aniquilada la nación nefita (blanca). Los lamanitas o indios americanos, resto degenerado de la posteridad de Lehi, han continuado hasta el día de hoy".  Todo esto es muy claro, como los claros a los que está dirigido, pero los autores deben tener una idea muy oscura de la inteligencia de su raza superior.  No se trata solo de ideas absurdas y tan pueriles como se puede pedir, dirigidas a justificar ciertos prejuicios y conductas odiosas o criminales. En el congreso del estado de Utah hay un monumento al batallón mormón, en honor a los invasores mormones en la guerra de 1847 contra México. Se trataba de un batallón de empujadores, de "animémonos y vayan" que no combatió nunca.  

 

El destino manifiesto y el destino teológico  

 

El destino manifiesto es una idea vulgar, inventada por un periodista influyente pero más versado en las cuestiones del día que en las ideas teológicas.  De todos modos, dada la pendiente puramente práctica por la que se ha deslizado la civilización que se pretendió "superior", se convirtió en una ideología popular tomada por presidentes y considerada como el aire que respira por muchísima gente en los Estados Unidos, que no están en condiciones de criticar el concepto en medio de la lucha por la vida que se plantea allí.  Es decir, se lo consideró políticamente correcto y se juzgó más conveniente conservarlo y promoverlo que dejarlo de lado, como hubiera aconsejado la razón.  Obviamente, el destino no puede ser manifiesto porque no sería un destino sino una certeza, un conocimiento seguro.

 

Para O´Sullivan el destino manifiesto era la misión providencial impuesta por Dios a los Estados Unidos, lo que evidencia una confusión bastante seria.  América al sur del río Bravo  El cubano José Martí, escribiendo en la prensa de Nueva York, donde estaba exiliado, advierte a los americanos del Sur que depongan el odio al "americano rubio" del Norte.  Pero lo caracteriza con suficiente claridad: "no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas". Insta a sus compatriotas a no esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, "con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental".  Con fe en su gente, en Nuestra América, concluye: "¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Río Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

 

Manuel Ugarte, un argentino casi desconocido pero una de las personalidades más claras y notables de nuestro país, dedicó su vida a advertir sobre la necesidad de unión de los pueblos de Nuestra América y la sintetizó en su proyecto de los Estados Unidos del Sur, nunca concretado, nunca olvidado, siempre posible. Ugarte, que fue en su juventud un bon vivant argentino en París, abrió los ojos en los Estados Unidos, donde constató la mutilación de México y la voluntad imperial norteamericana.

 

El "destino manifiesto" para los sudamericanos era unirse o perecer engullidos por el imperio. Sir Winston Churchill, hablando de su propio imperio ya declinante, había ofrendado una fina muestra del humor inglés en su "Historia de la Segunda Guerra mundial": "la libertad viaja detrás de los cañones de la flota británica". Los paìses del mundo debían enfrentar cada uno su destino: los cañones de la flota, que traían detrás la libertad de comercio para los banqueros de Londres. Pero Churchill, más sutil que los ásperos descendientes de Inglaterra en América, no se sintió tentado a mitificar sobre el destino.

 

Expulsado del partido Socialista de Juan Bautista Justo, en 1915 Ugarte fundó el periódico "La Patria" con el propósito de defender la industria nacional, combatir los monopolios, oponerse al imperialismo y bregar por una reforma cultural. Desde el períodico comenzó a denunciar al imperialismo británico y a advertir que la Argentina se había constituido en una semicolonia de Inglaterra, el "sexto dominio de Su Majestad Británica". La Patria denunció las actitudes agresivas de Inglaterra y la función lesiva para nuestro país que desempeñaba el ferrocarril en manos inglesas. Este tema sería retomado luego por Raúl Scalabrini Ortiz en la "Historia de los ferrocarriles argentinos", donde muestra cómo el trazado de la red férrea y las tarifas preferenciales fueron desangrando al interior en beneficio de Inglaterra ante todo y de su delegado en la Argentina, Buenos Aires, en segundo lugar.

 

Las denuncias de Ugarte se comprobaron una a una con los años, pero entonces nadie creía en ellas. Hoy las silbamos de memoria, pero él fue el primero que las expuso después de haberlas descubierto.

 

Por Fortunato Calderón Correa.

* Publicado en AIM.

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