Río Bravo entrevistó a Mario Alarcón Muñiz para retomar el debate que nos concierne como entrerrianos y litoraleños acerca de nuestras costumbres, tradiciones, nuestra historia e identidad. Los por qué de los nombres de nuestros lugares, de nuestra forma de hablar, nuestras costumbres y principios, nuestro pasado regional y sus marcas en nuestro presente, nuestra cultura local y su relación con la nacional y la internacional. ¿Todo esto vale? ¿Cómo valorarlo? ¿Qué hacemos con ello? Algo de geografía, historia, nuestros antecesores originarios, aportes de Marcelino Román y debates acerca de la globalización y el choripán en la segunda entrega de la nota a este gran trabajador del periodismo y la cultura zonal.
—¿Cuáles son los objetivos de La Calandria?
El objetivo es cultural. Se trata de dar a conocer aspectos de nuestra cultura regional. Tenemos una riqueza cultural que no sé porqué no valoramos. No les pasa a otros, nos pasa a nosotros, quienes habitamos esta región. Vamos a otros lugares del país, por ejemplo el norte o Córdoba, y tanto en lo cultural como en lo turístico valoran lo que tienen. Y hasta lo agrandan. Nosotros acá en general tenemos una actitud ´bueno, sí, macanudo, está bien´, pero nada más. No obstante, hay mucha gente que cree en los valores de nuestra cultura regional.
“No hay que hacer sectarismos, bloque separado, sino integrar nuestra cultura regional a la nacional, y la nacional a la mundial, universal, aportando lo nuestro. El enriquecimiento de nuestra cultura va a permitir que trascienda y se incorpore a otras manifestaciones culturales de otro nivel. Pero primero tenemos que empezar a reconocerla nosotros, identificar nuestra cultura en todo aspecto. En las escuelas no se le da importancia y en general la sociedad tampoco, y cada vez menos, a causa de la influencia de los grandes medios de comunicación. Aquí es muy común que una propuesta de espectáculo en el teatro 3 de Febrero, si es de alguien que pasó o está en la televisión, se llene de público, pero no es así si es alguien de acá. Eso pasa desde hace tiempo en Paraná, que se supone que es una ciudad culta.
—¿Es una ciudad culta, Paraná?
No sé (risas). Es bastante difícil determinar eso. Pero tiene cierto nivel. De cualquier manera, hay que ver qué entendemos por cultura.
“Yo creo que es aquello que nos identifica en cada lugar. Y tenemos que aportar con nuestra cultura a los demás. Fijate la desculturización que produce la globalización. Creo que tenemos que enfrentarla con lo que tenemos acá, pero no para resistir, porque es irresistible. Vos te oponés y te lleva por delante, te arrasa el proceso globalizador. Lo que debemos hacer es aportarle a ese proceso lo que nosotros tenemos. Entrar al mundo con nuestros elementos, en la medida de lo posible.
“No podemos negar algo porque es extranjero, eso es una idiotez. Porque extranjero es Beethoven, es Leonardo Da Vinci, ¿y nos vamos a negar a reconocerlos porque son extranjeros? No. Pero también tenemos que aportar con las cosas nuestras. La cultura no es sólo el teatro, la danza o la música. Lo son nuestras leyendas, historia, toponimia (¿qué significan Paraná, Chajarí, Gualeguay, Uruguay?), anecdotario popular, costumbres, creencias, mitos populares... Todo eso va perdiéndose si nosotros no tratamos de sostenerlo de algún modo que nos permita profundizar y mostrarlo. Eso es lo que creo que tenemos que hacer. Son cosas que deberían enseñarse en la escuela y no se enseñan. Yo no sé cómo será ahora, pero antes en la escuela estudiábamos historia y conocíamos más las campañas de Napoleón que las de Pancho Ramírez, acá en escuelas entrerrianas.
—¿Qué distingue a la cultura entrerriana?
Yo no creo que haya que hablar exclusivamente de la entrerriana. Está bien, hay cosas que son muy particulares de acá. Pero a mí me gusta más hablar de lo regional. No porque reniegue de lo entrerriano, sino porque tenemos muchas vinculaciones cercanas. Vos vas a la costa del Uruguay y encontrás muchas expresiones culturales que son orientales, de la Banda Oriental. De este lado, en cambio, estamos más vinculados con la costa santafesina. Y vas al norte y se da lo mismo con lo correntino. El entrerriano del norte se parece al correntino, y el correntino del sur se parece al entrerriano. No hay límites políticos para la cultura. Los límites son, en todo caso, naturales, van cambiando junto con las circunstancias, las poblaciones, la conformación humana o la geografía.
“En Entre Ríos tenemos una riqueza cultural interesante a partir de los pueblos originarios, principalmente los guaraníes. No ocuparon todo el territorio, sino partes aisladas, costeras siempre: por ejemplo las islas del sur, del Delta, algunas islas del departamento Concepción del Uruguay. Había una gran presencia de charrúas y de chanáes y chanáes timbúes, pero eran culturalmente más débiles que los guaraníes. Éstos últimos dejaron su huella en la fauna, la flora, la toponimia: surubí, pacú, manduvé, yarará, yacaré, timbó, jacarandá, ñandubay. Todas esas cosas tiene que conocerlas la gente, tiene que saberlas. Forman parte de nuestra cultura, al formar parte de nuestro lenguaje en este caso.
—¿ Cómo valoramos las tradiciones? ¿Hay que defenderlas, aferrarse a ellas, dejarlas ir?
“Decía Marcelino Román: ´busquen en la tradición lo que debe continuar, desechen lo que no sirve, lo que no deja marchar; del gaucho y su tradición recojamos la verdad, el coraje ante la vida, la pasión de identidad; la tradición es lo antiguo que a lo nuevo se ha de unir en la brega en que se allanan las rutas del porvenir; tradición, luz del pasado, y no sombra atajadora de los pasos populares que buscan la nueva aurora´. Es una definición magistral. Nos valemos de la tradición para mantener la identidad. A mí me encanta ver en los medios de transporte la diligencia, el carro, el sulky y el caballo; pero yo ando en auto. No voy a salir en sulky. Hoy en día cocinamos con gas, no vas a cocinar con leña porque sos tradicionalista. Es un disparate.
—¿Entienden y practican esa idea las agrupaciones tradicionalistas?
“Yo las respeto porque tienen la función de preservar esas cosas. Y no creo que sean retrógradas. Hay tipos que sí, que vivirían en ese tiempo si pudieran. Pero no se puede vivir de contramano. Estas agrupaciones sirven para mantener elementos de nuestras tradiciones porque si no a muchas las hubiéramos perdido.
“Otra cosa de Marcelino Román: ´ser gaucho quiere decir ser un hombre de palabra, sin revés y parejito, de corazón y de agallas´. ¿Qué quería decir con esto? Que no bastaba con vestirse de gaucho. Si sos un tipo como el que describe Marcelino, no necesitás vestirte de gaucho. También hay una tradición gaucha que no es la vestimenta, la comida ni el medio de transporte: es la conducta. La honestidad. El servicio al otro. Pensemos en la expresión ´haceme una gauchada´. El gaucho era así, era solidario. Había gauchos matreros, delincuentes, eso también; pero en el orden urbano, en las ciudades, se multiplican.
“Esos son los valores tradicionales: honestidad, amistad. La amistad de Cruz y Fierro: ´entre dos no sólo a un pampa, a una tribu si se ofrece´ dice Martín Fierro. Muchas de estas cosas son valores culturales y tradicionales.
—¿Todas estas cosas las necesita el pueblo para elevarse, para mejorar?
“Para su identidad sí lo necesita. Paulatinamente, con el correr del tiempo, en distintos aspectos, vamos perdiendo identidad. Es un fenómeno bastante natural, pero que hay que advertirlo. Y ha ocurrido en todo el mundo. La hemos perdido, por ejemplo, en la vestimenta. Cuando vino la conquista incorporamos la vestimenta europea. Yo no propongo andar en taparrabos, pero la realidad es que nos hemos regido por la vestimenta europea. Lo ha hecho el mundo entero, salvo los países árabes y algunos orientales. El saco y la corbata son europeos, el jean es norteamericano. A lo mejor es más cómodo, no está en discusión eso. Sino el hecho de que esto tiende a la uniformidad.
“También lo notamos en las comidas: la gran mayoría de las comidas que consumimos habitualmente son de origen europeo. Muy pocas son de origen verdaderamente criollo o ´acriolladas´. Se ha impuesto la comida rápida norteamericana. En lugar del choripán preferimos la hamburguesa. Puede ser más cómodo, más fácil, no niego eso. Pero el resultado es la uniformidad. Comemos y vestimos igual en todas partes del mundo.
“El espíritu del hombre va tendiendo a la uniformidad. Y ésta se convierte en una masa amorfa, que es fácilmente dominable. Es más fácil dominarla que a aquél pueblo que tiene personalidad; y esta se logra a través de la identidad. Por eso creo necesario fortalecer la identidad, porque a la larga tiene relación con nuestra independencia. De lo contrario, nos daría lo mismo ser de acá, de Malasia, España o Japón. El mundo tiende a la uniformidad en todos los órdenes. No es todavía un proceso preocupante, pero creo que tenemos que verlo a partir de la defensa de nuestra identidad, de todo lo que tenemos acá para conocer y mostrar”.
* Mario Alarcón Muñiz nació en Victoria y realizó sus estudios primario y secundario en la ciudad de Gualeguay. Luego de estudiar en la escuela de Periodismo de Buenos Aires, a lo largo de más de 60 años de trayectoria ha trabajado en gran cantidad de radios, diarios y televisión. Ha publicado su reconocido y premiado libro “Entrerrianías”, de crónicas y relatos sobre nuestra provincia, del cual piensa concretar el segundo tomo. Tiene seis hijos junto a Luz Halle.
Publicado en Río Bravo el 7 de junio de 2014.





