Sábado, tres de la tarde. Se arma la brigada con un grupo de doce pibes que se dividen en dos: una parte viaja en un Renault 12 del que su parte trasera casi toca el piso. Otro grupo nos subimos a una camioneta Volkswagen de los 80.
Nos vamos presentando. Todos, menos quien escribe, tienen entre 19 y veinteipico. ¿De dónde son? “De acá, de La Plata”, “de Capital”, contesta otra parte del grupo. ¿Y cómo llegaron acá?: “A mí me dijo un amigo que trabaja en el Zoológico”, dice uno respondiendo también por su novia. Los dos chicos de Capital junto con las chicas de La Plata: “nosotros fuimos primero al Pasaje Dardo Rocha”. Se miran y se tientan de la risa… “Lo que pasa es que nos quisieron poner las pecheras de la Municipalidad, para la foto, viste… y yo no le voy a hacer campaña a Bruera”. “Sí, y de camino nos robaron”, cuenta uno de los pibes –con risas, minimizando su problema porque el drama de otros es más grande-, “pero el ladrón era bueno, me llevó la plata, le pedí los documentos y la SUBE y me dejó la billetera”. Risas otra vez.
¿Y cómo llegaron a Ingeniería?, se repite la pregunta. “Pará, que después fuimos a Periodismo”, aclara una efusiva, “¡y nos quisieron poner la pechera de La Cámpora!”. Risas otra vez. Otra de las chicas, aclara más seria: “Cuando le dije al tipo, yo eso no me lo pongo, nos dijo que nos fuéramos, que esto lo organizaba La Cámpora”. “Pero había gente que quería ayudar, y se la ponía igual”, agrega otro de los de Capital. “Sí, la gente quería ayudar”.
Llegamos al barrio
Barriada con construcciones de madera y chapa, con barro todavía fresco, tenemos temor de quedar empantanados. Llegamos. Descargamos la mercadería, ni tiempo para presentarnos. Cientos de mujeres desfilan por los tablones, seleccionan lo necesario y pasan hacia otro tablón, donde buscan el talle o número de calzado que precisan.
A continuación llega una camioneta con alimentos y colchones, se arma una cadena donde nos vamos pasando de mano en mano. Cuando se termina de descargar todo, un joven (que venía en el Renault 12) me dice “amiga, ¿vamos pues a ver cómo están las casas?”: es un estudiante de Puerto Rico que llegó hace unos días a La Plata para entrar en Medicina. No sé su nombre.
El puertorriqueño se pone al frente de la brigada, y con él, los once vamos visitando las casas (o lo que quedaron de ellas).
Un par de casillas, al costado del arroyo Maldonado (derivación del Río Matanza), con todas sus pertenencias afuera, la gente limpia lo poco que les quedó. En sus frentes arman un enorme basural que más tarde quemarán, porque ahí como no llega ayuda del Estado tampoco llega la recolección. “Amigo, venimos a ayudarlo”, insiste el puertorriqueño. “Gracias, ya nos vamos acomodando, ya limpiamos todo”, dicen en la primera casa. “Allá hay colchones, comida, ¿quieren que les acarreemos lo que necesitan?”, pregunta una de las chicas. “No gracias, ya fuimos a buscar. Muchas gracias”, contesta una mujer. Así vamos pasando de casa en casa.
En una nos arremangamos para hacer pasamano de escombros para hacer un pastón (en varias de las casas el piso es de tierra y adentro es todavía fango). El hijo del muchacho de la casita del pastón tosía feo, y la beba tenía diarrea –como la mayoría de los chicos del barrio.
Terminamos nuestra labor con los escombros y seguimos.
El altarcito de Amelia
Golpeamos las manos en la casa de Amelia.
Amelia no quiere hablar, “gracias chicos, pero no, yo lo limpio”. La miro a los ojos a Amelia, y se le llenan de lágrimas.
“Amelia, podemos ayudarte a limpiar tu casa, acarrear mercadería”. Amelia nos invita a pasar. Las paredes son de color celeste cielo; pero a dos metros del piso, el cielo, lo que logró conseguir limpiando casas, se le puso oscuro. “Estaba todo oscuro esa noche, se escuchaban los gritos”. A dos metros del piso, el agua había dejado su huella.
Amelia en una mesita armó un altar: un televisor LCD desarmado, una notebook, la playstation del hijo y la estampa de Jesús, secándolos con un ventilador.
Me invita a pasar a su dormitorio que no es celeste color cielo sino de maderitas que dejan ver el cielo y el arroyo. Está todo húmedo, más que sus ojos: “yo tengo mucha fe, pero esta vez no sé si me voy a poder”. Nos abrazamos. Como si todos estuviéramos sincronizados con la situación: llegan tres estudiantes de Medicina, le miden la presión. “La tenés un poquito alta, ¿sos hipertensa?”, le preguntan. “No sé”, contesta. ¿Alguien le habrá medido antes la presión?, nos preguntábamos por lo bajo.
Los chicos de Capital le traen dos colchones y una bolsa con comida para Amelia.
“Gracias, chicos”. “Hasta luego, Amelia”.
Zapatillas número 46
Una señora de unos cincuenta y pico nos pregunta “chicos, tienen zapatillas número 46?”, “¿revisó allá, señora?”, responde una de las chicas. “Sí, pero no consigo en ninguna parte querida… mi hijo perdió dos pares, una que se las llevó el agua y el otro par que se le salieron salvando vecinos. Yo le dije, no te las pongás, pero él me dijo: mami ¿y si me corto? Dicho y hecho, perdió los dos pares”.
“¿Pudo conseguir, algo señora?”. “Sí, mija, si gracias a los estudiantes, ustedes son los primeros que llegaron acá. A lo de los Coria (un puntero K) no puedo ir, porque les dan a su gente. Fui a los del Ejército de Salvación y les daban solo a los que van a su comedor, pero a nosotros que no andamos en política, nada”. Después la mujer nos contó la historia de la familia que se llevó el arroyo, de los otros que salvó su hijo, de que caminaron hasta la calle 90, hasta un club…
“Chicos, no se van a ir tarde de acá, miren que se pone bravo”.
Si le cuento a mi mamá no me lo va a creer
Seis y media de la tarde, decidimos emprender el regreso. El Renault 12 y la Volkswagen de los 80 que nos habían llevado hasta el barrio, se había vuelto para Ingeniería para llevar mercadería a otro barrio. Los doce “a gamba”. Emprendemos el retorno hasta la avenida 13 (unas extensas cuadras de tierra). Los vecinos queman la basura que sacan de sus casas.
“Si le cuento a mi mamá, no me va a creer por donde anduve”, dice una de las chicas. “Sí, la mía me dijo no se te ocurra ir hasta Villa Elvira”. Todos rompieron a carcajadas. “Todo porque me dijo no vayas…”. Primer colectivo 202 que pasa, gritamos “somos voluntarios”; “suban”, dice el chofer. De ahí, intercambio de números de celulares, facebook, “¿venimos mañana a las tres?”. “Dale, en Ingeniería, nos vemos ahí”. Los chicos de Capital se despiden porque no saben si al día siguiente podrán volver.
Llegamos a Ingeniería cuatro de los doce: el portoriqueño, uno de Tolosa y la chica “de la mamá” y yo. Allí supimos que ese día las brigadas de estudiantes habían llegado con donaciones a cien lugares donde el Estado todavía no había ido. Una, era la nuestra.
Publicado por Río Bravo el 9 de abril de 2013.





