Gervasio estaba en casa tomando mate con la Marcela y hablando de Tomás. El bebé recién llegado, es el tema obligado de la familia. Hasta que llegó el telegrama de la empresa. El frigorífico prescindía de los servicios de nuestro amigo, porque se había dormido durante el trabajo en reiteradas ocasiones. La patronal no tiene contemplaciones, y cada obrero es una máquina que tiene que dar todo de sí hasta romperse.
“A vo’ no te va a faltar nada, y a tu familia meno”, dejó en claro Lorenza apenas se enteró. Los padres de Marcela también se hicieron presentes para bancar la situación, y pronto toda la parentela estaba movilizada por la pareja y su bebé. Los que no se quedaron atrás, fueron los compañeros de Gervasio. “Que no entre nadie”, reclamaba uno en la puerta del frigorífico. “No sean carneros, mañana nos puede tocar a nosotro”, le pedía a uno de los delegados un amigo de nuestro personaje. Pero el sindicato entregó por enésima vez a los que debería representar. La familia quedó muy agradecida con los compañeros, pero les pedían que cuiden sus trabajos.
Mientras tanto, todas las fuerzas estaban puestas en que nuestro amigo no se caiga. Tomás estaba recién nacido, y no era momento para aflojar. Sin embargo, no hubo tiempo para depresiones, porque enseguida salió una changa de albañilería, y la rueda empezaba nuevamente a girar. Marcela empezó a cuidar una viejita, que no necesitaba mucha atención, y le permitía estar con el bebé. Un ajuste acá, un poco de plata menos para el terreno, y la cosa se tranquilizaba. “¿Viste, Beto?, que se puede vivir del trabajo. Lo malo es cuando no hay”, le dijo Gervasio a su hermano que había caído con un cargo de puntero similar al suyo, debajo del brazo. Evaristo estaba orgulloso de su hijo cuando lo escuchaba, y se sentía reflejado en esa misma imagen, que lo remontaba a sus años de juventud.
Durante algunos días, Tomás se puso inquieto. Lloraba, no dormía bien. Los bebés tienen una percepción tan especial de lo que pasa a su alrededor, que aunque no escuchen, entienden lo que pasa, y sufren cuando sufren sus padres, y se alegran con ellos. Por suerte para todos, con las changas se calmó la cosa, y volvió a tener el sueño de los angelitos.
Dice el dicho que lo que no te mata, te fortalece. En este caso, se dio tal cual. Porque de no ser por Marcela y la familia, quizá nuestro amigo Gervasio hubiera flaqueado. Sin ir más lejos, otro de los que echaron en la misma volteada, Rubén, ahí anda tomando en el boliche. Desde que sale el sol, hasta que cae el rocío de la tarde. Después se vuelve hablando sólo hasta su casa, donde lo espera su mujer con un mar de reproches. “¿Te crees que vas a resolver algo tomando?”, le pregunta a los gritos. Y aunque sabe que no, muchas veces el desocupado toma para olvidar, para no pensar en lo que le pasa. Es como si fuera un cuadro de Berni.
“Este nene lindo,
se quiere dormir,
y el pícaro sueño
no quiere venir.
Este nene lindo
que nació de noche,
quiere que lo lleven
a pasear en coche”.
Su tía le canta canciones a Tomás, mientras sus padres salen a ganarse el pan de cada día. Le da un beso y lo acuesta. “No es fácil la vida del pueblo”, piensa Lorenza. Cuando parece que uno está levantando la cabeza, se la pisan con una bota. Mientras tanto, los asesinos de ilusiones, ocupan los más altos cargos, y camuflan los discursos con habilidad. Pero no es fácil la vida del pueblo.
Publicado en Río Bravo, el 23 de abril de 2011.





