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Domingo, 10 Abril 2011 19:51

Diario de un escritor entrerriano

Escrito por Román Ortíz

Si eras nena, te ponía Victoria”, le contó Lorenza al Gervasio. El tío Jorge, hermano de ella, fue a Malvinas, y volvió de casualidad. Contó cosas terribles, y silenció otras tantas. De no ser por la familia, estaría tirado en la calle, o quizás muerto…

Pero nuestro amigo nació varoncito en plena guerra, cuando la dictadura no hacía más que dilatar su final. Y entre esas anécdotas se prepara el cumpleaños del futuro padre, que ya aclaró que quiere regalos para el gurí que está por nacer.

Los que la conocen, cuando la ven a Marcela, no saben quién es. Siempre fue muy flaquita, cosa que le valió el mote de “Picurú” entre sus amigas. Ahora está inflada como una piñata, y muy ansiosa, porque ya se le hace pesado el tema del embarazo. Tiene ganas de trabajar. Sabe que no tiene mucha opción. Gervasio está muy cansado, “me duelen hasta los pelo”, le dice a Marcela al volver del frigorífico. Todos se mueren de ganas de verle la cara a ese bebé tan esperado.  

En el pueblo se empiezan a oír los rumores electorales. Beto está en su salsa, porque parece que Urribarri va de vice de Cristina. Entre los compañeros de andanzas, ya se relamen, por la cantidad de puestos fuertes que faltan repartir de aquí hasta octubre. Y al hermano de Gervasio le han prometido algo en Basso o en Tala, por su arrastre con los jóvenes. Anda con plata en el bolsillo, un poco agrandado, pero ayudando a la familia también. Sin embargo, nadie le acepta esos billetes, y lo miran como un bicho raro. Don Evaristo ya ni le habla del tema, porque se amarga. El que le salió bien parecido, es el mayor, que se rompe el lomo en el frigorífico, “y no le debe nada al crotaje”.

Pero este gurí es capaz de nacer el mismo día que Gervasio. La única que está preocupada por ese tema es Cecilia, la hermana de Marcela. No quiere que sea de Tauro, como el padre, porque suelen ser muy tercos. “La verdad que Gervi es bastante, terco, y sí”, reconoce su mujer. Pero a Luisa no le gusta nada que critiquen a su hermano, y recuerda que “gracias a eso, siempre sale adelante, porque es un toro”.

Finalmente, reina la paz, y sigue la repartija de tareas. Que uno se encarga de los sanguches, que el otro de la bebida, que la otra lleva una torta, y así se arreglan. Obviamente, su mujer está en la dulce espera, y por primera vez no le va a tocar nada para hacer. Bastante tiene con semejante panza.

Revisando cajas viejas para buscar cosas para su hija, doña Isabel, madre de Marcela, encontró una foto viejísima. No sabe su origen, ni tampoco quiénes son los que están en la foto. Todo parece indicar que son sus antepasados suizos, cuando llegaron como colonos a Helvecia, provincia de Santa Fe. El amor por Roque, la hizo abandonar sus pagos, y en Gilbert nacieron Marcela, Hugo, Cecilia y Roquecito. “¿Se puede revisar en la interné?” –le preguntó al menor de sus críos, que es el único que entiende algo de computadoras. “Dejame ver, capaz que encuentro algo”, le dice por compromiso, pero sabiendo que es como buscar una aguja en un pajar.

A eso de las cuatro de la tarde del sábado, cuando todos se estaban preparando para ir a saludar al Gervasio, llama Cecilia a los gritos. “Ya viene, ya viene”, y cambio de planes. Marchan todos en procesión para Basavilbaso, con los paquetes de comida a cuestas. “Ay, diosito, dale salú a este angelito que del resto me ocupo yo”, reza Lorenza, y una lágrima se desliza por una de las arrugas de su mejilla izquierda.

Publicado por Río Bravo, el 10 de abril de 2011.

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