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Viernes, 11 Febrero 2011 09:51

Tierra roja en las cuerdas

Escrito por Claudio Puntel
Fotografía de Daniel Jaworski Fotografía de Daniel Jaworski

Por Claudio Puntel - ¿Cómo ponerle sonido a la humedad de la selva?, ¿Qué aroma tiene el canto del urutaú?, ¿Cuál es el sabor de la fatiga del hachero?, ¿Qué color tiene un Sapucay retobado?, ¿Cómo se lee una cachuera?, ¿A qué huele el chirrido de un cachapé? ¡Ah!, yo no lo sé. Mejor pregúntele a Ramón Ayala; él sí que es sabio en todo eso.

El misionero Ramón Ayala es sabio de verdad. Viene, toca su Canto al Río Uruguay y no hace falta que empiece a cantar para que uno vea las aguas deslizándose lúbricas por entre las sierras, saludadas por sombras de selva y jangadas con destino de mesa o cuna. Con dos acordes ya flotan en el ambiente sonidos de caracoles y remadas. Eso y mucho más hace Ramón Ayala con su guitarra y su voz.

 

El 20 de enero, grupos folclóricos paraguayos, lo homenajearon con un festival, allá en la localidad de San Bernardino. Juan Manuel Zaldívar, del Grupo Vocal AraKatú, dijo a Río Bravo que Ramón Ayala es “un gran músico y creador que no separa al hombre del paisaje, todo lo contrario, sus obras siempre han integrado al hombre y su medio”. No hace falta aclarar que cuando Zaldívar habla del “hombre” en la obra de Ayala, no es un hombre en general, sino el hombre del pueblo, el de herramienta en mano para el trabajo y machete en alto para la lucha.

 

Gualambao

 

Hay un ritmo que representa a la región de la tierra roja, es el gualambao, creación del propio Ayala. “Ritmo que nació en Misiones y que tiene el duende de la selva; que no es ni polka, ni chamamé, ni galopa, ni guaraña, ni schotis, es simplemente el gualambao”, anuncia cada vez que lo toca en público.

 

Consultado, Juan Manuel Zaldívar, afirma que “el gualambao es un descubrimiento musical que resume en su propia esencia ese paisaje vivo, uniendo al hombre y la naturaleza. Su principal mérito es eso que se siente al escucharlo, incluso sin necesidad del texto”.

 

Problemática agraria

 

Cuando canta un gualambao, Ramón Ayala sugiere escucharlo “con un sonido de selva, como si estuvieramos allá, por San Antonio, por San Pedro, por los altos pinos, con ese universo de verde, de misterio, de tierra colorada, de hombres sudorosos con las hachas volviendo del monte”. En coincidencia, Zaldívar destaca que este ritmo “refleja las entrañas de una región, que en sus características geográficas está siendo destruida por la producción agrícola capitalista, pero que conserva aún su espíritu en la memoria de su pueblo”. Y propone “ver estas expresiones musicales y culturales en su dinámica, incluso haciendo un paralelo con esa confrontación y problemática agraria”.

 

El Mensú, El Cosechero, Pilincho Piernera, son algunas de las canciones que tratan de la vida del hombre que trabaja en las plantaciones del Litoral. Ayala cuenta que en 1962, desde la casa de un amigo en Barranqueras “veíamos llegar a los cosecheros en la antigua balsa. Venían de Corrientes con sombreros lluviosos de tiempo y alpargatas desflecadas”. El Cosechero fue estrenado en Cosquín por Los Trovadores y desde entonces es un himno al trabajador golondrina. “Traían seguro un par de sueños por cumplir con el jornal que aunque insuficiente, tapaba las huellas de la pobreza con arenisca que el mismo viento se encargaría de mostrar al día siguiente”, relata. Aquellos hombres de manos callosas y hombros doloridos “fueron el canto y siguen siendo en sus hijos y nietos que van a la cosecha a buscar parte de aquel pasado que quedó en las bolsas de arpillera de sus padres y abuelos”. Trabajadores que cantan la esperanza entre los copos del algodón que cosechan y donde dejan el corazón, destino de campesino sin tierra.

 

 

“Otros se toman el jugo, yo... me chupo mi sudor”, reclama Pilincho, el despojador de naranjas. La poesía de Ayala lo hace uno con el propio árbol: “Todos comen la naranja y el pobre naranjo... ¡nada!”. Este chamamé está hecho con una maestría tal que con simples palabras une trabajo, identidad, hombre y denuncia. El despojador se llama Pilincho porque los rigores de su oficio le han dejado “el cuero duro, requemado por el sol y la tierra colorada”. Se apellida Piernera, porque ese pertrecho necesario para su trabajo es su única almohada y abrigo. “¿Habré nacido para pobre?”, se pregunta mientras se levanta tras “una cosa que no encuentro y un algo que voy buscando”.

 

El Mercado Musical

 

Ramón Ayala estuvo ausente por muchos años en el escenario mayor de Cosquín. “Ausente” es un decir, habría que precisar que se trató de una ausencia en cuerpo porque sus canciones estuvieron siempre, cantadas por otros músicos. Recién este año, la comisión organizadora del festival se acordó de premiar una trayectoria impecable y siempre fiel.

 

No es que hayan olvidado invitarlo durante tantos años, las multinacionales del disco no son inocentes ni ingenuas. “Lo que ocurre hoy con la música nativa afecta a toda nuestra cultura musical y muchas veces en sentido negativo. La aceptación masiva de expresiones como el gualambao se ven impedidas por la penetración cultural, los negocios musicales y las grandes ganancias de los centros capitalistas que tienen el poder de modelar gustos y matar culturas con tal de lograr sus fines y hacer sus negocios”, precisó Zaldívar.

 

No vendrá solo, lo estamos buscando, pero ya llegará el día en que los medios masivos difundan las voces, y las creaciones del pueblo. Ese será el día que Ramón Ayala estará en todas las radios y en todos los canales. Será la mañana en que perderá la tristeza el canto del mensú y el hachero encontrará “la flor del amanecer”. 

 

Publicado por Río Bravo, el 11 de febrero de 2011.

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