Ojo al piojo, que no estamos pariendo un héroe. Un hombre al cual seguir, idolatrar, imitar, nunca corregir, es lo menos que necesitamos. Gervasio es común-nomá’. Se traga las eses hasta el empacho, y por más que le tiran el cuerito una y mil veces, se las sigue morfando con devoción. Escribir, las escribimos, pero el decir es otra cosa. Un entrerriano que deja fuera de su alimentación a la letra S, puede tener problemas serios de crecimiento. Es casi alguien de quien se debe desconfiar. Hay que pedirle documento y verlo cebar mate.
Dejando de lado los chistes, la comida verdadera es lo que persigue Gervasio. Se las rebusca como pocos. Va del campo a la ciudad, y de la ciudad al campo, una y otra vez. “Poca cosa deja el muerto”, dice la canción, y la herencia de nuestro amigo entra en un bolso chico. Cada vez que se muda, lo ayuda un amigo con la caja de una chata vieja. Es un rastrojero destartalado, que se bambolea de un lado para el otro, pero nunca los deja a pata.
“La parentela se va toda pa’ Buenosaire” –explica masticando bronca. El norte de muchos, es el centro de todo. La gran picadora de carne, abre sus entrañas desde la Panamericana para adentro. Qué jodido es andar despidiendo a los seres queridos. Y a las gurisas, ni hablar. Como tres novias se le piantaron ya. La única que se quedó es La Marcela, que le anda reclamando que tienen que dejar descendencia. Gervasio le huye por la plata, no porque le falte corazón para ser padre.
Últimamente, consigue algunos trabajos de albañil. Pero la otra vez lo escuchó a un patrón diciendo que hay que aprovechar este año, hasta que llegue la crisis. “Siempre lloran lo mismo, hasta que un día es den’ serio” –se sonríe. Y entonces hay que buscar otra obra, otra changa o volver al campo. Pero es dura la cosecha, y encima las máquinas cada vez necesitan menos gente. Para colmo, lo poco que hay de trabajo, es para gente muy joven. Con casi treinta años, Gervasio se siente medio viejo y todo.
Pero es cosa seria la esperanza de los pobres. “Y por el agujero que coses en tu media, sale el sol y se llena todo el cuarto de luz”, decía González Tuñón. Mientras algunos la confunden con ignorancia, me parece que es la supervivencia agazapada, lista para dar el zarpazo cuando suene la alarma. Muchas veces, cuando está sacudiendo el mate antes de ponerle la bombilla, nuestro amigo piensa en los tiempos que vienen. Y con su mejor sonrisa, sale a jugársela por Marcela y los gurises que ya vienen.
Publicado en Río Bravo, el 06 de febrero de 2011.





