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Miércoles, 07 Mayo 2014 00:14

Fundar la infancia

Escrito por Kevin Jones

En el mes de abril, se presentó “Las borrajas azules”, un nuevo libro del escritor Juan Manuel Alfaro, poeta y narrador nacido en Nogoyá que reside desde hace tiempo en Paraná.

En las formas que toma la infancia en la escritura de Juan Manuel Alfaro hay mucho más que una evocación. Uno diría que se trata de una especie de memoria activa que vuelve sobre la infancia, invirtiendo el viaje, pero que lo hace trayendo el viaje consigo. La infancia entonces no se ubica ya en un difuso pasado, sino que se hace un continuo presente y presencia. Presente en ese niño que debe llevar un huevo basilisco al campo continuo y que continúa sin llegar nunca; presencia en la tía Justa que continúa, al borde del banquete, a la espera de levantarse a buscar alguna provisión de último momento de su almacén.

En ese ejercicio de traer la infancia, es que ésta es fundada como tal. Algo que sucede desde siempre en esta obra que, aparentemente alejada del paso del tiempo, sigue insistiendo, con una obstinación hermosa, sobre las mismas cosas.

Desde su primer poemario, Cauce (1979), hasta estas borrajas azules que acaba de presentarnos, sus textos ensayan maneras de fundar un territorio necesario. Es de allí de donde provienen la lengua y la mirada con las que trabaja.

En La luz vivida (1981) hay un poema llamado “Alimento” sobre el que me gustaría volver siempre para leer la obra de Alfaro:

Las estrellas
crecen sobre los caballos.
La vida pesa montoncitos de semillas,
mientras brotamos en los bordes de la mesa
y la madre hierve arroz.

Nos cuidará la noche su puñado de espuma.

¿Cómo se construye esa noche que nos cuide el puñado de espuma? Quizás, tomemos esta idea por hoy, se trata de la misma madre que, sin querer, ha devenido noche. Noche que, como madre, vigila el sueño.

Todo parece en ese poema estar recién naciendo. La vida, recién hecha, “pesa montoncitos de semillas”, se brota, se crece. El mundo parece inaugurarse. Tal vez, el poema nos exija decir que cada infancia requiere que las estrellas crezcan por primera vez.

Y allí, antes de la vida, está la madre como territorio, como espacio, como matria. ¿Qué es la infancia después de estos textos?

Graciela Montes habló hace tiempo de la necesidad de ensanchar nuestros imaginarios como nuestra mayor resistencia posible a los tiempos de homogeneización. La poesía de Alfaro nos invita a fundarnos un origen, contarnos un comienzo, hacernos de un sitio del cual sacar el alimento (la madre hierve arroz…).

Como una frontera indómita, en Las borrajas azules (Ediciones del Clé, 2014) se llega a un sitio que continua siendo indómito, “…y todavía una flor desconocida en los mares desvelados”, e infinito.

Hace un tiempo cuando los Alfaro fueron en Nogoyá a ver la casa, la primera casa, encontraron que allí, junto a ella, había crecido un timbó. Un árbol inesperado, cuya presencia no había notado allí. Esa es la metáfora que sintetiza estas escrituras. Estos textos que se han impuesto la tarea de transfigurar los recuerdos son como volver al sitio de la infancia y ver allí un árbol que antes no pudimos ver.

Ese timbó, devenido poema cierra este libro. Y en el mismo gesto, abre las preguntas que nos deja esta escritura:

(…)

Junto a la casa,
a lo que queda de lo que fue la casa,
ha crecido un timbó y es tan hermoso el aire entre sus ramas.

¿Cómo pudimos no tenerlo?

¿Cómo fue que estuvimos de niños tanto tiempo sin sentir ese árbol
que vendría después de nosotros?

Publicado por Río Bravo el 6 de mayo de 2014.

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