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Lunes, 23 Septiembre 2013 23:35

Otras cartografías de la lectura

Escrito por Kevin Jones

“…un hombre leía poemas antes de ir a trabajar. Ofreció su testimonio como lector. ¿Por qué lee? Él respondió que así sentía que no le robaban todo el día. Así, se quedaba un pedacito del día para sí.”

Recuerdo que dicen que el tiempo para leer, como el tiempo para amar, hay que robárselo a la vida

Una docente durante un Taller alrededor de situaciones de lectura.

Recogido por Laura Devetach en Palabras para Scherezadas.

1

La reunión es diminuta. Tres, o cuatro personas, alrededor de un par de hojas. Los grupos de lectura suelen ser de esta forma. Y los encuentros que se suceden en Barriletes cada semana no escapan a ello. Desde hace un tiempo nos estamos reuniendo aquí para leer algunos autores, y jugar con sus textos. El encuentro se produce cada martes, a esos de las cinco y media y se extiende unos momentos en la tarde.

Una de esas tardes, una mujer habla sobre sus experiencias con la literatura. “Y, antes, no se podía, ¿viste?”, me dice en primer lugar. Se excusa automáticamente. Y deja supuesto ese no poder, ese “no se podía”. (¿Antes no se podía leer? ¿Cuál es ese indefinido pasado? ¿Ahora podemos?). “Entonces en tercer grado tuve que dejar la escuela. Había que trabajar. La vida antes, en el campo, era así.”, señala con esas u otras palabras similares. Y enseguida se asocian en su relato la escuela y los permisos de la lectura, los lugares donde se puede –o se debe- leer. “Así que yo”, me dice, y lo repite al yo, como buscándose, “yo no tuve mucho de esto”. Y de nuevo lo indefinido. Esto, aparentemente, es la lectura de unos relatos que acabamos de hacer. La mujer se queda en silencio. Es lo que llamaríamos una mujer grande, de esas cuya voz parece venir de más lejos. Encuentra de nuevo su relato, parece que el silencio ha sido necesario para dar paso a la confesión: “Pero” –y ese pero se esfuerza en quebrar la hegemonía de todo lo que ha dicho antes, de su dejar la escuela, de su tener que trabajar…- “cuando había luna y yo tenía muchas ansias de leer, me ponía en la ventana. Luz de luna, porque velas había pocas y eran caras. Entonces yo me ponía en la ventana y buscaba palabras en el Diccionario, y leía sus significados. De ahí o de la Biblia otras veces. Eran los únicos libros que había.”

2

De la Biblioteca Popular Caminantes de Paraná saqué hace un tiempo Estela en el monte, una novela de Sergio Delgado. Los lectores podemos relacionar ese título con una cierta “estela” que dejan las cosas a su paso: Los indios en el monte, perseguidos por una serie de colonos; los colonos mismos en su expedición; y un viajero con su mujer y su hijo que abandonan Santa Fe para radicarse en Francia. La novela parece querer retener la estela que van dejando esas personas mientras transitan el monte. Todos son allí gente que viaja.

A su vez, la persona que lo leyó antes al libro dejó su estela. Hay en torno al libro algunas marcas. Por un lado, pueden dejarse caer de él dos o tres boletos de colectivo. El ocho. Pasajes viejos. Incluso uno de ellos está a punto de perder las inscripciones que lleva encima. Solo queda, en efecto, una leve marca que evidencia, a su manera, un viaje.

Me encuentro también cada tanto con pequeños pedazos de papel que contienen dentro suyos fragmentos del libro. Cierto párrafo es transcripto por esa lectora, y puesto en aquel pedacito de papel para marcar su paso. ¿Acaso para detener las palabras del libro? Como si esas palabras, como los indios del monte que ellas dicen, se estuvieran escapando a cada momento. Como si fuera necesario atraparlas en otro papel. Así asisto a la lectura del libro, pero también a las marcas de alguien que lo ha leído -¿qué lo ha viajado?

El monte mientras tanto está allí en todo el libro. Metáfora de lo que no podremos agarrar, tal vez. La novela dice –y el lector anterior anota en su papel: “El monte que oculta al monte. Un aquí sin consistencia, que se retrae detrás nuestro, al segundo de haberlo abandonado y que adelante no es más que la inmediatez escurridiza, un brusco aparecer y desaparecer sin solución de lo mismo y distinto.

3

Michéle Petit narra en uno de sus últimos textos, El arte de la lectura en tiempos de crisis, que un hombre leía poemas antes de ir a trabajar. Ofreció su testimonio como lector a la autora. Ella seguramente hizo la pregunta que ha recorrido su obra desde siempre: ¿Por qué lee? Él respondió que así sentía que no le robaban todo el día. Así, se quedaba un pedacito del día para sí.

4

Tratar de (re)pensar la compleja relación que tomamos con lo que leemos.

Mientras ciertos discursos –más o menos oficiales- señalan a la lectura como un acercamiento a la información o, simplemente, como un buen hábito, las cartografías de “otra lectura” se van expandiendo en las grietas que se abren, las fronteras que se ensanchan.

Pareciera ser que la lectura verdadera –o mejor, la más vívida- es aquella que se hace mal. Aquella que renuncia a los usos establecidos del libro y construye su propio canon íntimo. Pienso aquí en esa mujer que leía el Diccionario como literatura -¿qué otra cosa sino la literatura puede calmar esas ansias a las cuales refería?O en aquel lector de una novela que anota, sin otro fin aparente que esa escritura, fragmentos. Un lector que corta el libro, que lo desobedece y, así, lee. 

Quizás esa sea la única manera de lectura posible: La lectura como forma de la rebelión.

Estas pequeñas líneas vuelven necesarias ciertas preguntas. Por un lado, renovar la pregunta sobre la literatura. Que, al parecer, excede al libro mismo en aquella mujer que lee esos significados aparentemente denotados, y se acerca aparentemente a ser un modo de leer, una actitud frente al texto.

Pero también nos interroga sobre el cuerpo de quien lee. Un cuerpo que al fin y al cabo, está en fuga. Alguien roba un cuerpo, el suyo, para leer.

Son esos puntos de fuga los que quizás nos permitan elaborar otras cartografías para la lectura. Que, esta vez sí, permitan a más navegantes viajar.

Publicado por Río Bravo el 23 de septiembre de 2013.

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