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Martes, 24 Julio 2012 20:11

Mientras haya libros seguirán vivos

Escrito por * Clara Riveros Sosa
La partida de Ray Bradbury y de Gustavo Roldán (foto), dos escritores lejanos entre sí por la geografía pero cercanos por lo que pudieron y pueden despertar en los lectores, le permite a Clara Riveros Sosa regalarnos esta pieza sobre la tierra, sobre nosotros, y sobre la vida.

Y ahí estaba el río de aguas marrones, el río color de la tierra, ese río al que no se podía mirar sin pensar que hay cosas que nunca comienzan y nunca se acaban.  

  Gustavo Roldán

Sucede a veces que la lectura de un libro llega a cambiar una vida, pero no es algo que ocurra con frecuencia. Bueno, el abordaje de un texto quizás muy pocas veces alcance para marcar un antes y un ahora, pero muchos libros, en conjunto, sí que resultan definitorios: esa abundancia abre puertas hacia espacios novedosos, quizás sorprendentes, o bien, de manera más segura, casi imperceptiblemente, van modificándonos perspectivas y rumbos, y, a su vez, la cantidad de lecturas remite a la diversidad de voces, a la comparación, a la elaboración de un pensamiento crítico. En esa vía más sutil se ubican tantísimos libros que como faroles escalonados iluminan los tramos de nuestro pasaje existencial.

Estos comentarios surgieron a partir de recuerdos, memorias, identificaciones y hasta diálogos imaginarios provocados por la lectura de ciertos autores: una mezcla de sensaciones que en estos días regresa y se envuelve en añoranzas ante la reciente y definitiva partida de dos muy diferentes escritores de ficción,  también de distinto origen. En días pasados se marcharon Ray Bradbury, norteamericano, y nuestro mucho más cercano – en todo sentido- Gustavo Roldán (argentino, chaqueño), a quien sí tuvimos el placer de conocer personalmente aquí, en Resistencia. 

A Ray Bradbury lo descubrí en mi adolescencia y el gusto voraz con que atravesé las páginas de sus emblemáticos Crónicas marcianas y Farenheit 451 me llevó a buscar también su demás obras para prolongar la magia alcanzada. Volví a ellos en varias ocasiones, en particular cuando se los recomendé a mis hijos y posteriormente los releí bajo nuevos enfoques –una crece y madura- encontrándoles otros matices pero siempre embargada por la misma fruición.      

Si bien Crónicas marcianas data de 1950, cuando la humanidad aun no había tocado siquiera la Luna, no sólo resultaba anticipatoria en aspectos del devenir de la carrera espacial,  sino que reflejaba -refleja- la histórica persistencia de las agresivas actitudes de nuestra especie en contextos de colonización, depredación  y de confrontación con aquellos “otros” a los que siente extraños. Pero habla también de algunos seres humanos que atesoran dentro de sí la fe y la voluntad casi desesperada de remover los paradigmas perversos que rigen su universo.

Años atrás, en esta misma columna, habíamos presentado brevemente la mirada ecológica de Bradbury cuando, entre otras instancias- (siempre en Crónicas...), hace una referencia muy literaria y muy impactante a las consecuencias de la contaminación por agroquímicos (recuerden era 1950); y también cuando uno de sus personajes decide cambiar el clima de Marte sembrando, muy dificultosamente, millones y millones de árboles y hierbas. Lo curioso es que esta idea fue retomada, décadas después, por el famoso cosmólogo Carl Sagan que la entendía como una utopía sumamente engorrosa de llevar a cabo, pero utopía posible al fin de cuentas y capaz de transformar  en verdad la atmósfera del planeta rojo volviéndola amigable y asemejándolo así a la Tierra materna. 

En tanto, la apasionante Farenheit 451 (de 1953) se titula así porque es ésa la temperatura a la que arde el papel. Trata de una desatada persecución y quema de las fuentes de conocimiento y de  la cacería de la que son objeto sus subrepticios custodios que los ocultan y se resisten al parejo embrutecimiento impulsado a través de medios masivos y supuestamente interactivos. Aunque sea una utopía al revés – una distopía- donde no se va hacia un horizonte sino hacia un oscuro abismo, los hechos concretos, repetidos y conocidos, no nos permiten colocar aquí el famoso aviso de “todo parecido con la realidad...”.

Cuando pasamos a recordar  al querido y singular escritor Gustavo Roldán no podemos resistir la tentación de transcribir unos párrafos de sus encantadores cuentos. Y eso es lo que hacemos a continuación. Justamente también de él nos ocupamos en este diario en 2004 en una nota  que fue titulada Identidad a puro cuento. 

-¿Y río, don sapo? ¿Tienen río?
-Uno grande a más no poder. 
-¿Más ancho que el Bermejo?
- Más ancho. Dicen que es el más ancho del mundo. 
-¡Qué lindo!-dijo el yacaré ¡Ahí se bañarán todos muy contentos!
- ¡Qué se van a bañar! Lo usan para tirar basuras. Está prohibido bañarse ahí.
- Será que no les gusta el río.
………………………………………………………………………………………………

 -Don sapo -dijo el tapir- tengo dos preguntas para hacerle: ¿Esa gentes nos conocen? ¿Nos quieren?
 -Linda pregunta, pero es una sola, no dos.
 - No don sapo, yo le hice dos preguntas.
 - Mire chamigo, hay un viejo pensamiento que acabo de inventar que dice: “no se puede querer lo que no se conoce”.
-¿Y a nosotros no nos conocen?
-No. Conocen muchos animales, pero de otro lado. Se ve que les gusta conocer cosas de otro lado, hipopótamos, cebras, elefantes, ardillas y un montón más. Pero a nosotros no nos conocen, y por eso no nos quieren.
-Bah –dijo el quirquincho-, no saben lo que se pierden.*
………………………………………………………………………………………………………

(Don sapo trata de explicarles a los bichos del monte, y ante su sorpresa e incredulidad, que allá en la ciudad la gente tiene absolutamente toda la tierra cubierta con una piedra muy grande y chata y que se pasan la vida haciéndole pozos y luego tapándolos)
-Bueno, unos cavan y cavan, ¿y qué hacen los otros? 
- Se paran y miran dentro del pozo. Se paran y miran. Por eso digo que les gusta la tierra. 
- ¡Pobres! ¡Qué mala suerte tener esa piedra arriba! ¡El trabajo que les cuesta!
-Y bueno, amigo piojo, son cosas de la vida. No a todos nos toca la suerte de vivir en el monte.*
………………………………………………………………………………………………………

Aunque Gustavo Roldán, chaqueño, saenzpeñense, se había radicado desde hace décadas en Buenos Aires, al igual que su inefable personaje don Sapo cada tanto regresaba a sus pagos. Estuvo en Resistencia, dio charlas para los adultos, asistió a representaciones de sus obras y conversó en varias oportunidades con alumnos de escuelas, participó de ferias y foros de libros. Una de esas ocasiones fue una feria que organizara el Colegio Piacentini con un lema muy atractivo: “Chaco: identidad. Problemáticas y perspectivas”. En ese cuadro calzaban a la perfección las páginas de Roldán.

Entonces, anticipándome a la Feria, había retomado la lectura de sus cuentos, ya descubiertos por mí bastante tiempo atrás cuando buscaba libros para regalar a los chicos de mi entorno, libros cuya calidad y contenidos siempre examino en detalle, previamente a la compra, y que luego leo con placer antes de entregarlos. Desde siempre me parece injusto que se encasille a Gustavo Roldán exclusivamente entre los escritores de literatura infantil. Si bien es muchísimo mérito escribir para niños con tan felices resultados, a los adultos que se asomen a su escritura ésta les depara hallazgos deliciosos, amables ironías y reflexiones punzantes a las que no escapan la sociedad, la política, ni la identidad local. Acepta diferentes niveles de lectura, está por lo tanto  abierta para todos.

Los cuentos de Roldán  nos ubican en nuestro inconfundible medio natural y dan entrada a  una querible multitud de bichos de montes y ríos que viven entre algarrobos de vainas colgantes, quebrachos colorados, palmeras y lapachos.  Lo que está ahí, muy vivo, es nuestro ambiente exhibiendo un documento de acreditada identidad, de esa identidad esencial que algunos deseamos preservar para que, entre otras bendiciones, mantenga la conciencia y la memoria de lo que somos y de dónde estamos.

A escritores como éstos no se les da un adiós porque no se marchan nunca, a menos que en la realidad  se vuelva a ensayar una abominable distopía como la de Farenheit 451.  Pero siempre habrá  quienes resistan.  

* Los párrafos reproducidos en cursiva corresponden a los cuentos de Gustavo Roldán Gustos son gustos y Una piedra muy grande  de su libro Sapo en Buenos Aires.

* Publicado en El Diario de la Región, de Resistencia, Chaco, el 21 de julio de 2012. Reproducido por Río Bravo el 22 de julio de 2012.

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