Nos acercamos a un fin de año con una escena social enrarecida. Lo ocurrido en los últimos días nos ha dejado un sabor amargo. En medio del acuartelamiento policial y del sospechoso accionar organizado en los saqueos que recorrieron diferentes lugares del país, estalló violentamente una crisis cuyos prolegómenos se venían anunciando. Apartados de acuerdos preexistentes de convivencia, diferentes grupos se enfrentaron en las calles. Las escenas de confusión y desesperación se reproducían como en espejo en las distintas provincias, ante un gobierno nacional y gobiernos provinciales que al principio privilegiaron disputas entre ellos y luego fueron impotentes para contenerlas.
Las circunstancias son complejas y están atravesadas por múltiples variables que reconocen enlaces, pero no un único centro de determinación.
La amenaza de fractura del entramado social va adquiriendo fuerza de realidad. Esta situación crítica se produce sobre el fondo de un deterioro de las condiciones materiales de existencia de la mayoría de la población. Emergen problemas de fondo que la épica K de la década ganada daba por resueltos. Ya no islas, sino zonas de extrema pobreza se extienden por todo el territorio nacional, agravadas por los efectos de la inflación de los últimos meses. Lejos de la proclamada "inclusión", la década muestra una profundización de la desigualdad, que incluso coloca entre los últimos escalones de la pirámide, en muchas provincias, a sectores de trabajadores estatales. Muchos han advertido los problemas derivados del altísimo número de los llamados ni-ni, los jóvenes que ni estudian ni trabajan.
Por un lado, el malestar se fue expresando en numerosas y permanentes protestas sociales. Eran la contrapartida del soberbio fanatismo oficial que, negando la realidad, producía frustraciones y desencanto en las mayorías populares.
Pero la gravedad de los hechos ocurridos y la generalización de una crisis de pertenencia obligan a prestar atención a síntomas y signos de otra naturaleza que se venían insinuando, como múltiples violencias cotidianas en el fútbol, en las escuelas, de género, delitos con un nivel de violencia sin sentido.
Las múltiples hendiduras que fracturan el tejido social, que se presentan en un atravesamiento horizontal en los llamados enfrentamientos de pobres contra pobres, o en los robos al vecino, encuentran su lógica en lo vertical, en los modelos que se proponen desde los estamentos del poder.
La interpretación de que esa fractura es espontánea y las responsabilidades son difusas, la idea de "todos somos culpables", o peor aún, los culpables son los desposeídos, desconoce la verticalidad de los modelos de funcionamiento psicosocial que se inducen.
No se puede ignorar en los saqueos la acción concreta de sectores de la propia policía y de grupos vinculados al narcotráfico, que con sus lazos con las fuerzas de seguridad y con diferentes estamentos del Estado se ha convertido en un factor de poder. Pero no todo fue preparado; tampoco se trata de buscar monstruos descontrolados. Se trata de la inducción de modelos que vienen desde arriba, que se diseminan, se instalan insidiosamente y promueven anomia. ¿Por qué no saquear si se legitima el saqueo al Estado y se dan garantías a los saqueadores?
El caso Boudou es un ejemplo emblemático del escandaloso sistema de corrupción e impunidad que se ha instalado. Luego de apoderarse de la "fábrica de hacer dinero", el vicepresidente sigue en funciones. A pesar de que las evidencias contra él son abrumadoras, el Gobierno sostiene su impunidad, incluso a costa de la destitución de importantes funcionarios del aparato de justicia que le eran afines.
No menos emblemático es la aprobación del ascenso del general de inteligencia César Milani, ahora teniente general, acusado por las Madres de La Rioja, por organizaciones de derechos humanos independientes y por el propio CELS de haber participado directamente en el genocidio de la dictadura. Su foto, inimaginable, junto a Hebe de Bonafini, muestra hasta qué punto puede llegar la política de cooptación de los organismos de derechos humanos. Es un golpe al corazón de la memoria colectiva.
Ambos son hechos paradigmáticos que ejemplifican los modelos hegemónicos que se inducen y que inciden activamente en la producción de subjetividad.
La impunidad y la corrupción proponen modelos inmediatistas que estimulan los mecanismos de funcionamiento más primitivos del psiquismo. Numerosos adolescentes y jóvenes encuentran así facilitada la identificación con estos modelos e ideales que refuerzan la impulsividad, la arbitrariedad, la omnipotencia, la acción, la adicción y la violencia carente de proyecto.
En el momento de la crisis se vive una pérdida de continente, como una ruptura de la piel, de los límites entre el adentro y el afuera, y también en el plano simbólico dejan de incidir ciertos enunciados de fundamento que sostienen el lazo social, aquellos enunciados más generales de la cultura sobre lo permitido y lo prohibido. Esto facilita la irrupción de los aspectos más arcaicos y pasionales en grupos sociales, aspectos que en otras condiciones no emergerían.
La percepción de ser miembro de una comunidad de pertenencia queda sustituida por la pérdida de referentes, de organizadores psicosociales, una de cuyas consecuencias es el desreconocimiento del otro, de la alteridad y del sí mismo. La angustia catastrófica que acompaña a estas situaciones se puede exteriorizar como ataque y destrucción. Así, la incertidumbre, el desamparo, la angustia de no tener un lugar reconocido en el cuerpo social, la desilusión por promesas incumplidas, el no encontrar perspectivas de futuro, están en la matriz de los fenómenos de anomia que irrumpieron violentamente en estos días.
En contraste con el intenso padecimiento social, mientras reinaba la indefensión y la angustia popular por los muertos, los heridos y las pérdidas en días de furia, el baile de la Plaza de Mayo parecía una burla hacia el dolor. Las acciones maníacas requieren de la negación. La fiesta con la que el Gobierno celebró los 30 años de gobiernos constitucionales, iluminada por fuegos artificiales, no es solamente una negación maníaca de la realidad, sino que puso en acto el desconocimiento intencional del otro.
La posibilidad de salida de esta crisis no es sencilla. La interrogación nos atraviesa a todos. Algunas preocupaciones tienen espíritu de resignación pasiva: "Lo que vendrá seguro será peor". Muchas otras se plantean qué hacer. En este sentido, una posición activa compartida con otros puede abrir caminos favorables a los anhelos populares.
Para afrontar una resolución de los problemas del presente se requieren cambios profundos, estructurales, que marquen una clara direccionalidad en relación con recuperar nuestros patrimonios materiales y culturales y terminar con la brecha de las desigualdades.
No se trata sólo de la imprescindible exigencia al Gobierno y al Estado de una acción en ese sentido, sino de construir modos de organización popular que puedan contribuir a hacer realidad los cambios sociales necesarios. Hay experiencias colectivas de canalización del padecimiento en movilización organizada, de la indignación en acción transformadora.
Se trata de inscribir esas parcialidades en un movimiento creador, en la construcción de herramientas compartidas y de prácticas sociales que, simultáneamente con la resolución de los problemas que nos aquejan, restañen el lazo social y los sentimientos de pertenencia.
* Publicado en La Nación y reproducido por Río Bravo el 25 de diciembre de 2013.





