Como casi siempre ocurre, algún imprevisto nos coloca en el lugar justo y en el momento indicado. Ayer por la tarde, el accidente de un familiar, me condujo a la guardia del Hospital Centenario, donde fue atendido cerca de las 18 horas, inmediatamente de haber llegado. Una polea le había prensado la mano derecha y la placa radiográfica, que reitero, enseguida le realizaron, arrojaba como resultado el dedo anular luxado (totalmente descalzado), el dedo meñique con fractura expuesta y los dedos índice y mayor con un profundo corte hasta el tendón, además de tener los tejidos destrozados. Pese a esto, ahora podemos decir que fue, si cabe la expresión, “una desgracia con suerte”. Luego de ver la placa los profesionales de la guardia llamaron inmediatamente al médico traumatólogo al que le correspondía cubrir la guardia y le describieron la situación; lo hicieron por teléfono ya que él no se encontraba en el Hospital (dijeron en ese momento que porque estaba de guardia pasiva); así que derivaron al muchacho al quirófano a esperar que llegara el doctor para que lo atendiera.
El accidentado estuvo sentado en una silla, afuera del quirófano una hora y cuarenta minutos, esperando a que llegara el doctor Jorge Capurro, el médico traumatólogo en cuestión. Está demás describir el dolor del paciente y la preocupación de la familia, que no estudió medicina, y que supone por mero sentido común que cuanto más tiempo pase peor es para la curación de la lesión si hay tendones y huesos comprometidos.
Como casi nunca ocurre, un amigo de un amigo le pasó al papá del paciente el teléfono del Dr. Hugo Gorla, director del Hospital Centenario, y éste lo llamó para preguntarle qué hacer frente a la ausencia del doctor Capurro ya que el tiempo transcurría y las efermeras no podían hacer más que acompañar en la espera al muchacho; le manifestó su preocupación ya que su hijo estaba muy dolorido e hizo hincapié en que lo hacía de manera respetuosa a su persona porque nadie estaba en condiciones de responder qué hacer, solo le decían que había que esperar.
Cerca de las 20 horas llegó el doctor Capurro y comenzó a atender al joven. Luego de hacerlo, llamó al papá y le dijo que tenía que ponerle clavos, etc en uno de los dedos y demás explicaciones específicas que no vienen al caso; Y entonces comenzó el reto: “Pero con paciencia, ya le expliqué a su hijo; porque esto de llamar al director del Hospital, de hacer denuncias, de la gente que critica todo el tiempo, de hablar en la radio me tiene cansado”. Frente al elevado tono de voz, el papá del muchacho trató de explicarle que estaba preocupado y por eso comenzó a ver qué hacer para que atendieran pronto a su hijo, pero no había caso. Y me consta que el doctor Capurro le gritaba al hombre porque esto ocurría en la ante sala del quirófano y dos puertas luego, desde la galería del hospital, yo escuchaba los gritos. Pero más allá del autoritarismo y la falta de respeto, lo que me preocupó fueron algunos términos empleados por el doctor Jorge Capurro: “Este es un hospital público y tiene que esperar para que lo atiendan; vaya a un hospital del conurbano bonaerense y por esto lo hacen esperar dos días y nadie se queja” “Yo no soy un prestador de servicios suyo”, entre otras frases que considero “poco felices”.
Y sinceramente, siento que no decir nada habiendo escuchado las palabras de Capurro, aunque sea de la humilde manera en que lo hago en este momento, sería hacerme cómplice de esa “naturalización” de determinadas situaciones que no tienen que ser bajo ningún punto de vista “naturales”.
Entonces me surgen varios interrogantes: ¿Este médico trabaja ad honorem? ¿Nos hace un favor al atendernos en un hospital público? ¿Tiene derecho a maltratar al paciente y a los familiares del paciente sólo porque le reclamaron a las autoridades del hospital la presencia del médico traumatólogo de guardia en su lugar de trabajo? ¿Cuánto tardan en ser atendidos los ciudadanos que no tienen el celular de Hugo Gorla?¿Qué ocurriría si a todos nos ausentáramos de nuestros puestos de trabajo?¿ Que nos dirían aquellos a quienes les debemos nuestros servicios nada más y nada menos que porque los cobramos? ¿Cuál sería la actitud de Capurro si hubiese ganado un premio Nobel de medicina, considerando que ésta es la actitud que tiene siendo nada más que un profesional matriculado con una trayectoria seguramente respetable? ¿Donde cursó sus estudios Capurro? Seguramente se formó en una universidad pública, solventada por el estado del que somos contribuyentes todos los ciudadanos, inclusive los que nos atendemos en el hospital público, los que lo esperamos a que llegue a cumplir con su guardia pasiva. ¿No estaría bueno darle jerarquía a la atención en el Hospital para que no sólo acuda la gente “porque no queda otra”, “porque no tengo obra social” o “porque no tengo plata para pagar en otro lado”? ¿No estaría bueno que elijamos el hospital y colaboremos con él porque nos tratan con respeto y con calidad? ¿Está mal cuestionar para mejorar, hacerse estas preguntas? ¿Esta bien que la gente del conurbano bonaerense espere dos días para que le reconstituyan una mano, o lo que fuera? ¿A ese modelo de atención debemos aspirar como hospital público? Mientras me surgen todos estos interrogantes, Recuerdo aquella reflexión de la Petty en la radio: “¿La nueva construcción del Hospital Centenario implica en sí misma que mejore la calidad en la atención de la salud para la población de Gualeguaychú?”.
Saludos cordiales
Una lectora de Río Bravo
Publicado por Río Bravo





