No todas son malas noticias, entre las familias de menores recursos. Un grupo de jóvenes y no tan jóvenes con historia comunitaria en los minifundios de La Paz están dando cátedra de organización para resistir al éxodo rural.Y si esa es una noticia alentadora, más entusiasma saber que profesionales, catedráticos y responsables de diversos organismos los escuchan y se muestran dispuestos a protagonizar este cambio de actitud.Fuera quejas, fuera mala onda: entre los microemprendedores se impusieron encarar la lucha, explicar su situación, reclamar derechos. Enfrentaron a autoridades y les recitaron de memoria sus propios discursos, para argumentar la justicia de los requerimientos y señalar también todo un abanico de oportunidades que se les abrirá.Por ahí fueron escuchados. Cuesta, porque tanto en Buenos Aires como en Paraná, los técnicos y los funcionarios suelen ver las cosas como quien mira desde el escritorio, y planificar con criterios demasiado urbanos lo que requiere otras miradas. Cuando no proyectan según las conveniencias de tipo electoral, o fundados más en punteros partidistas que en protagonistas genuinos.
El empujón solidario
Esos mismos minifundistas paceños no olvidan que, si vieron una salida en antiguos oficios algodoneros y rubros compatibles en sus pequeñas parcelas (no soja, claro), fueron familias muy pobres del Chaco las que primero cooperaron, y les facilitaron las semillas.Fue un empujón espiritual inolvidable, y un compromiso a la vez. Y al cabo de pocos años, los resultados ya son alentadores aquí.Increíble: en una provincia con tantos sectores poderosos, como la de Entre Ríos, los minifundistas resultaban ayudados por hermanos chaqueños muy humildes, muchos de ellos pertenecientes a pueblos originarios marginados por siglos. ¡Qué lección! La concurrencia de pequeños productores, estudiantes, ingenieros agrónomos y responsables de distintas organizaciones, para desatar de una vez por todas un verdadero movimiento productivo, en el centro norte entrerriano; un movimiento hecho carne en los lugareños, gestado en sus propias experiencias, necesidades y convicciones, y que pivotea sobre el algodón pero no se agota allí: todo eso se mostró a pleno el jueves pasado en Oro Verde.Que la fibra anda bien aquí, que este año batieron un récord local de rendimiento en una parcela, que los precios son aceptables y compiten con ventajas incluso con la soja, que urge la investigación para mejorar rendimientos, son datos que ofrecen los trabajadores y los profesionales que apuntalan el proyecto.Algunas informaciones específicas sirven a los propios interesados, que buscan afianzar la movida con un desarrollo tecnológico para competir en el mercado con márgenes, con ciertas garantías. Pero lo que aquí nos importa principalmente es la gestión social, es subrayar las convicciones de los minifundistas que no se sentaron a llorar, y de los profesionales que salieron de las cuatro paredes y de las recetas de los libros, pusieron los pies en el suelo, y advirtieron que las familias los necesitaban para un desarrollo sistémico, integral.
La organización vence
Este desarrollo sostenido sobre la cooperación requiere de los profesionales esos conocimientos específicos adquiridos en las aulas y afianzados en la experiencia, pero también otros conocimientos y aptitudes para el trato humano, social, que más de una vez son menospreciados (hay que decirlo) en la formación universitaria. El arraigo de la familia rural no es sencillo, porque exige una variedad de atenciones que no siempre pasa por los cultivos, los fertilizantes, las cantidades, los precios, sino también por afectos, oportunidades de desarrollo espiritual, convicciones, conciencia de obligaciones y derechos.La iniciativa nació de los microemprendedores de La Paz y Feliciano, jóvenes de familias empujadas al éxodo que tenían un antiguo oficio casi perdido en el cultivo del algodón.La organización fue la clave: se reunieron, se contaron los problemas, las inquietudes, las metas: pidieron asesoramiento, obtuvieron tecnologías, semillas, información, y constituyeron la Asociación de Productores del centro Norte Entrerriano –Aprocener-.Como la movida venía seria, con estudiantes y profesionales comprometidos que los alentaban y orientaban (no habría que menospreciar los méritos de algunos profesores también), encontraron eco en la Facultad de Agronomía, e incluso en organismos del gobierno que ya, de una u otra manera, colaboraron con la adquisición de dos máquinas cosechadoras en la tecnología denominada “surco estrecho”, de plantas sembradas más cerca que lo acostumbrado.
Teoría y práctica
El encuentro de diversos sectores es una feliz noticia, y mejor todavía porque nace de la voluntad y la creatividad de los propios vecinos del norte, y porque su esfuerzo y su insistencia abrió puertas que en principio parecían cerradas.El ingeniero Pablo Benetti colabora en esta movida desde que era estudiante. El viernes, ante centenares de estudiantes de agronomía, señaló que en los aledaños de La Paz ya hay jóvenes que piensan en quedarse a producir en vez de emigrar. Todo un logro. Productores y profesionales trabajan no sólo en buscar tecnologías apropiadas, en reclamar parcelas para sus labores (dado que la propiedad de la tierra se fue concentrando en pocas manos y eso se traduce en expulsión de habitantes), y en organizarse con criterios solidarios para facilitar compras, ventas, uso de herramientas y productos: también trabajan sobre las necesidades integrales de las familias, a veces tan importantes como el sustento económico o más. Un ejemplo: la reactivación de un club deportivo.
El gran desafío
Vida al campo que se está deshabitando. Vida a las chacras. Diversidad productiva. ¿Podrán las autoridades ver allí las energías de un pueblo que se resiste a morir? ¿Podrán escapar de la tendencia tan nuestra a bastardear las fuerzas colectivas, a frustrarlas si no se ponen al servicio de fines electoralistas? ¿Podrán los políticos escapar ellos mismos de sus miradas estrechas, y valorar sin más esta bocanada de aire fresco que esta vez nos sopla del norte?Es incipiente, claro. Todo muy incipiente. Pero es. Hasta hace pocos años uno podía olfatear allí algo nuevo, una energía venida desde abajo, pero el jueves pasado pudimos comprobar en Oro Verde que el proyecto está claro. Hay familias que fundan sus expectativas en este encuentro de voluntades. Y pudimos comprobar cómo los productores se hermanan con los profesionales, qué maravilla, en una meta común. Ingenieros hablando de deporte, educación, salud, vida social. Ingenieros hablando de producciones diversas para dar un lugar a los más pobres, para extirpar esa temible enfermedad llamada resignación. Ingenieros hablando de economía sustentable.Dos expertos de Santiago del Estero aseguraron que el desarrollo con algodón es perfectamente posible y aconsejable, admitieron que el algodón sigue siendo el cultivo de los pobres, aunque en su provincia lo cultivan algunos grupos concentrados también. Advirtieron que los entrerrianos, considerando su clima húmedo, tienen que encontrar las fechas propicias para la siembra, realizar cultivos rotativos, y estar atentos a los riesgos de enfermedades, pero de hecho aquí ni siquiera tenemos una plaga como el picudo algodonero, que en otros sitios hace estragos en los capullos.
Del colectivo al campo
Los mismos productores alientan a los estudiantes y profesionales a acompañar la movida de los minifundistas y se muestran entusiasmados por los resultados de las últimas trillas. Sergio Kipler, presidente de Aprocener, recordó que él mismo manejaba un colectivo interurbano y en sus recorridas diarias podía palpar las necesidades de tanta gente empobrecida en el campo, y la emigración de las familias por la ausencia de oportunidades.A la hora de enumerar las necesidades de hoy, a Kipler y sus vecinos no les alcanzan los dedos de la mano. La tendencia a la concentración de la propiedad y el uso de la tierra, en las últimas décadas, y a la expulsión de familias dedicadas a la producción, puso a todos los minifundistas y microemprendedores en el umbral del éxodo. Entonces unos necesitan tierras, otros maquinarias, otros agua, otros capacitación. Pero la sola posibilidad de volver a arraigar a las familias, de frenar y hasta revertir el éxodo, los llena de ánimo. A lo que se agrega la expectativa social generada por este tipo de organizaciones desde abajo, desde el pie como dice la canción de Zitarrosa: hoy ya son decenas las familias que quieren participar de los encuentros para hacerse un futuro con la producción, y como las expectativas ya están vivas, los profesionales mismos se muestran alentados hacia los infinitos caminos que abre la diversidad productiva. Principalmente en estos tiempos tan volcados a la uniformidad, esa misma uniformidad que por un lado lleva a batir récord de producción y por otro a batir récord de expulsión de habitantes del campo y de los caseríos que ayer fueron florecientes y hoy son pueblos fantasmas (Entre Ríos los cuenta por decenas, lamentablemente).
Chacra e industria
El ingeniero Carlos Retamoza, técnico de Aprocener y coordinador entre esta entidad, la Facultad de Agronomía y otros sectores, puso de relieve la decisión de la Alta casa de estudios de lanzar un proyecto de extensión que pivotea sobre el algodón, y el compromiso asumido por profesionales del INTA de Paraná y Santiago del Estero, para apuntalar a los productores. También señaló que hay expectativas pro el acompañamiento que podrán brindar el gobierno municipal de La Paz, el Inta de La Paz, el gobierno provincial y otros organismos.“Es un modelo de desarrollo local distinto. Una chacra mixta, con uno de sus ejes en el algodón, pero también horticultura, apicultura, ganadería bovina y ovina, pollos de campo, cerdos… Lo que buscan las familias es un desarrollo integral de la zona, y en algodón queremos que el área evolucione hacia una fibra de calidad, cerrando el circuito con la producción y la industrialización en convenio con los obreros de la fábrica Ejemplar”, explicó.Para Retamoza no deben despreciarse los aportes realizados en distintas épocas por profesionales, productores, e incluso dirigentes políticos del radicalismo y el peronismo que vieron una salida en el algodón, para campesinos del centro norte. “Podemos explotar las condiciones favorables desde el punto de vista ecológico, una región libre de plagas como el picudo, la organización de los productores que es un valor inapreciable, y la coordinación del trabajador, el INTA, la universidad, las organizaciones de campesinos y responsables de diversas áreas para posibilitar un desarrollo estratégico”, insistió.
Hablan los especialistas santiagueños
Los ingenieros Oscar Peterlin y Mario Mondino, expertos del Inta Santiago del Estero, brindaron a los productores, estudiantes y profesionales entrerrianos una serie de datos sobre la importancia estratégica del algodón en el mundo y en la Argentina en particular. Apuntaron las ventajas del cultivo en surco estrecho, la necesidad de proteger a las plantas de una plaga como el picudo, los modos de acceder al programa de calidad algodonera que quiere implementar el ministerio de Agricultura de la nación, e hicieron referencia al modo de comercializar el algodón. Hablaron de las semillas modificadas genéticamente, de la siembra directa, la necesaria rotación de los cultivos (con sorgo, maíz), y el aprovechamiento de las condiciones ambientales.
El secreto: conocer los reguladores
“El lote récord de este año le dio al productor casi 9.000 pesos, pero nos está faltando tecnología”, dijo el productor Sergio Kipler, alma mater de la movida social del norte entrerriano.“A un productor le da 4.800 kilos por hectárea y al de al lado 2.500, y el defecto está en que no sabemos usar los reguladores”. Para el presidente de Aprocener, hay que estudiar y con ayuda de los profesionales, porque la planta no responde igual en Entre Ríos que en el Chaco o en Santiago.“Los reguladores son la última tecnología del algodón: hacen parar la planta, cortan el crecimiento y mandan la fuerza a las ramas para que produzcan flores y capullos. Es el secreto de la nueva tecnología. Hemos visto rindes de 6.000 kilos por hectárea en zonas más secas que Entre Ríos, podemos llegar a eso pero todo está en cómo usar los fitoreguladores”, insistió.Es un asunto técnico, pero Kipler y los profesionales apuntan al arraigo, y por eso subrayan la necesidad de dar a los productores una variedad de rubros productivos: una chacra mixta, y una vida social plena, con educación, salud, deportes. Buena movida, necesaria, creativa.
Publicado originalmente en el diario UNO, Paraná





