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Jueves, 17 Noviembre 2011 20:21

Ellos de juerga, nosotros en huelga

Escrito por Daniel Tirso Fiorotto - Especial para Río Bravo

La huelga, un arma formidable para la lucha en paz, una abstención creativa, oxigenante… La relación de los gremios con el poder político-económico es una infidelidad naturalizada que hace mucho daño a los argentinos.


En nuestra familia tenemos dos perras distintas, Rencia y Puflita.

Rencia es una rubia hija de la calle con algún abuelo labrador y debe pesar treinta kilos. Pufli es una morocha de la calle también, con un abuelo caniche y debe pesar tres.

La misma especie. Se llevan de maravillas, juegan, corren, ambas cachorras todavía.

Se quieren como hermanas, se tienen por iguales a pesar de sus fisonomías: una decuplica a la otra en volumen, Pufli es chiquita, inquieta, mota y de colita alzada. Rencia es tranquila, paciente, lacia, un pan de Dios.

Hay que ver lo que se divierten, las cosas que comparten, lo bien que se lamen.

Llega la comida y a Rencia le basta un ademán para arrancarle a Pufli el huesito de la boca.

Todo bien, la Rencia se muestra como igual pero a la hora de los bifes…

Los seres humanos suelen pasar cosas de perros.

La presidenta y el gobernador se llevan de lo mejor. Comparten, juegan, se tiran flores y piropos, intercambian chistes, hasta que llega la hora de comer.

Para que no fuera así, para que el sistema se convirtiera en federal, para que las provincias sostuvieran su autonomía, para que en la Casa Rosada se bajara el copete, hubo miles y miles de muertos en los campos de batalla.

Padres de familia, muchachos y chicas con todo un futuro truncado en defensa de altos ideales como el federalismo que aprendimos de José Artigas, y de las mujeres y los hombres que acompañaron aquella gesta.

¿Cuántos jóvenes murieron con una bala en la cabeza, una lanza en el pecho, en defensa de las autonomías, contra el atropello de la metrópolis y el imperialismo?

Pero la dictadura que volteó a Hipólito Irigoyen y luego la corte suprema inventaron un sistema de coparticipación que nos hizo harto dependientes, y más tarde cada gobierno añadió desde Buenos Aires una nueva excusa para exprimir a las provincias y romperles los atributos.

A qué viene todo esto

Estamos de acuerdo con la huelga de los docentes.

Estuvimos muy de acuerdo con las huelgas de los maestros y profesores en los distintos gobiernos nacionales y provinciales, de diferentes signos partidarios. Y hoy lo mismo.

Es cierto que las huelgas no han logrado instalar a la educación en su lugar por ahora. Sigue siendo un servicio deficiente, un barco que hace agua, un edificio con cimientos de arena, pero la huelga no es la causa sino la consecuencia.

No hay razones para ver en la huelga el origen de los males cuando es tan evidente que los males tienen como efecto la huelga.

En verdad, la huelga fue parida por dos madres: la injusticia del régimen y la conciencia obrera.

¿Es culpa de los docentes que las huelgas no logren sus objetivos de inmediato o en forma plena? El estado de cosas es responsabilidad de las patronales, en principio, y también de los padres de los estudiantes (nos incluimos) que no estamos organizados, y no logramos una real conciencia de los daños que provoca la patronal en nuestros hijos. O mejor, el sistema, porque habría que ver cuánto nos bancaríamos todos, los avatares de un cambio necesario.

Los gobiernos y muchos padres juegan a la educación. Hacen como que. Y no lo vamos a negar: también algunos docentes hacen como que.

Es un juego de balde, o como dicen en el barrio: de angaú. Decía que… Decía que nos educábamos.

Pero aquí nos estamos refiriendo a las luchas del colectivo, a los docentes agremiados y conscientes de su clase obrera y su rol en la comunidad. Ese es el mundo que deseamos poner en foco.

Y vamos a decirlo con todas las letras: si estos docentes decidieran ir a una huelga por tiempo indeterminado no podríamos sino aplaudirlos. En la medida que sus objetivos fueran claros y hondos, que no se agotaran en sólo uno de los muchos lados del problema.

Huelga, hasta que los gobiernos (nacional, provincial, municipales), y los padres, las corporaciones, las instituciones de todo tipo, adviertan la magnitud de la crisis educativa y no sólo eso: que digan que están advertidos y obren en consecuencia.

Que advirtamos de una buena vez que nuestra sociedad está parasitada por grupos concentrados de poder económico, algunos de ellos acreedores truchos, y condicionada por el centralismo de la metrópolis, y es esa la razón por la cual nuestros hijos reciben un servicio educativo malo y empeorando, más allá del voluntarismo de tantos y tantos docentes.

La educación entrerriana está en estado reservado. Los paros no afectan el panorama crítico, ni hacen mella, porque cuando no hay huelgas esta estructura tiene mil razones para no dar clases, para dar clases deficientes o sacándonos del contexto, o para entretenernos con la idea de que una computadora resolverá lo que no logra el hombre.

Los principales responsables de la debacle de la escuela en materia de salarios y otras inversiones deben buscarse en la Casa Rosada y también en la Casa Gris. Hemos sostenido lo mismo en todos los gobiernos sin excepción. Incluso hemos polemizado con gremialistas por eso, dado que solían señalar sólo a Moine, sólo a Montiel, sólo a  Busti, sólo a Urribarri, y pasaban por alto el gravísimo problema argentino: el centralismo, el modelo unitario lamentablemente naturalizado por muchos, no sólo por los políticos.

Es cierto que el patrón directo es el gobierno provincial. Sin embargo, no es coherente cuestionar a la patronal directa, la provincia, y recostarse a la patronal mayor, el gobierno nacional, que se queda con la parte del león y distribuye en forma arbitraria (cuando lo hace). Los economistas acusan al gobierno de quedarse en el presupuesto de 2012 con el 74 % de las recaudaciones, y dejar apenas el 26 % para las provincias. La ley exige el 34 % como mínimo. Podría ser mitad y mitad, pero llega sólo el 26%.

Luego reparte, claro, pero en forma no automática sino discrecional. Eso es el unitarismo: la arbitrariedad sentada en la Casa Rosada, ¿qué más?

(Aún así, hay que decir que el aumento de las recaudaciones permite, con el mismo modelo actual, mejorar los sueldos).

Teníamos problemas con el pago de salarios docentes (un problema entre decenas de problemas de la educación) cuando sembrábamos 600 mil hectáreas en la provincia, hoy sembramos dos millones de hectáreas y seguimos con la misma cantinela. Teníamos problemas cuando los granos valían diez centavos de peso, hoy valen mucho en dólares en el mundo y las autoridades insisten conque mañana tal vez.

Nos ufanamos de los récords de producción, récords de recaudaciones, pagos de deudas fraudulentas, ¿y los docentes para cuándo?

Ahora bien: hasta que los trabajadores no hallen otro modo más eficaz, están en su derecho a la huelga. Es una obligación del resto de los trabajadores respetarlos, acompañarlos, y cuando la cosa se ponga peliaguda, estar con ellos en la calle.

Con creatividad se buscarán otras maneras. La creatividad es siempre fuente de cambios positivos. Pero en tanto, la huelga.

Entre los trabajadores, el problema de la falta de resultados no debe buscarse en la huelga de los docentes que luchan, sino en el vicio oficialista de la mayoría de los gremios, y en la tibieza de algunos trabajadores que dejan hacer. No está en los que luchan sino en los que arreglan.

El poder recibe el impacto de los que luchan, y arregla con los permeables para escofinar a los que luchan.

Así, los permeables sacan provecho. Siempre en términos gremiales. Y hasta se dan el lujo de hacer bandera con su “diálogo”. Si no existieran los que luchan, los permeables constatarían su verdadero (ruinoso) estado.

Hay que ver esto: las huelgas no fracasan. La patronal las muestra como un fracaso y, para eso, usa a los blandos, amigables, que les hacen el juego (a veces sin querer), y a los que encuentran atajos para recostarse más o menos al calor del poder.

Tampoco hemos visto aquí huelgas torpes, en el sentido de errar en la hora y el objeto de la lucha y la capacidad de resistencia.

Pero si ante la arremetida patronal los demás trabajadores y sus gremios retroceden, si los demás no están a la altura de las circunstancias, entonces la lucha trastabillará, será pesada, difícil. Eso dignifica a los que luchan y deshonra a los que tranzan.

Hay trabajadores que optan por el camino de no actuar. Ese es otro cantar. Ahí puede haber también una resistencia pasiva que alumbre.

Pero aquí estamos refiriéndonos a los que actúan. Los que luchan, por un lado, y los que se recuestan al poder por otro. A veces con la peregrina idea de que el poder puede ser amigo de Cargill y el obrero a la vez. De Monsanto y el obrero al mismo tiempo. Amigo de Barrick Gold y el obrero, de Repsol y el obrero, de la patria contratista y el obrero, de los pooles y el obrero, de Telecom y el obrero, de Ledesma y el obrero, de Walmart y el obrero… ¿Dónde se ha visto un solo punto compatible? Los monopolios, la multinacionales, el capital financiero que domina el mundo no es siquiera la clase de los ricos, no forma parte de la detestable oligarquía argentina, brazo del imperialismo la mayoría de las veces. Son el imperio mismo, sin intermediarios, que trasciende los problemas humanos para dominarlo todo. Y pulverizarlo si eso le da energía, como hoy quieren pulverizar el planeta (y el territorio argentino en particular) para chuparle shale gas y shale oil, y seguir en su fiesta.

El que parte y reparte

El gobierno nacional es unitario. En Buenos Aires hemos escuchado a dirigentes, “pensadores”, periodistas, menospreciar al sistema federal. Hemos constatado en los miembros de ciertas élites porteñas que primero son porteños, luego de izquierda, de derecha, progres, lo que fuere, pero por razones de conveniencia (y a veces de convicción, que es peor), están seguros de que Buenos Aires maneja mejor los dineros que los “feudos” provinciales.

Los que tenemos razones para decir exactamente lo contrario no podemos siquiera debatir, porque en su soberbia no conversan. Se burlan. Lo hacían hace 150 años, lo hacen hoy. La metrópolis es así.

Los argentinos padecemos el monólogo de Buenos Aires. La Capital, el conurbano, lo mismo. Allí se asentó el poder financiero, político, electoral, mediático, sea estatal o privado, y lo demás es cuento. Los provincianos somos poco menos que notas de color, y caemos en ese agujero negro para el hacinamiento. La Argentina sufre una hipertrofia que distorsiona las relaciones.

Claro, por un lado los entendemos: en la política de subsidios a la energía y el transporte desarrollada por la nación, a cada ciudadano de Buenos Aires le toca 2.100 pesos y a cada entrerriano 170 pesos. En la ciudad más rica del país, 2.100 pesos, en las provincias pobres, menos de 200 pesos por persona en el año.

En la provincia de Buenos Aires 1.500 pesos, diez veces más de lo que le toca a cada entrerriano… ¿Querrán las empresas, los candidatos de allí, perder los privilegios que los sostienen en el poder de uno u otro modo? Ellos señalan con el índice los feudos provinciales que huelen como el arroyo La Santiagueña (de Paraná), y tratan de no ver a sus propios feudos que huelen como el Riachuelo.

El presupuesto de los argentinos es uno, pero en Buenos Aires todas las escuelas tienen gas natural y en Entre Ríos ninguna.

Veamos esto: ¿cuántos de los 1.200.000 entrerrianos viajaron en Aerolíneas Argentinas en el último año? Bien, digamos un número, ¿mil?

¿Soportaremos los entrerrianos el pago de 8 a 10 millones de pesos diarios que nos cuesta Aerolíneas para beneficiar a mil personas de altos recursos que viajan en avión?

Si los argentinos consideráramos que estamos ante un servicio básico para el desarrollo soberano, bien: podemos pagar y pedir otra administración. Habría que ver. Pero, ¿qué tal un vuelito a alguna ciudad entrerriana?

Bancamos entre todos los más de 2.000 millones de dólares que nos está costando (con mayoría de empleados en Buenos Aires pagados por todo el país), ¿tanto déficit para que ni Paraná ni Concordia ni Concepción del Uruguay ni Gualeguaychú ni La Paz, por decir, tengan un mísero vuelo de nuestra carísima empresa Aerolíneas? ¿Qué somos, socios en las pérdidas, y ajenos en el servicio? Dicho en buen porteño, ¿somos giles?

Fútbol: ¿cuánto dinero puesto por los obreros y las pymes entrerrianas embolsan los carísimos empleados estatales de la Argentina en el rubro “jugadores de fútbol” en Buenos Aires?

Veamos otra: sólo en 2010, los entrerrianos resignamos 680 millones de pesos coparticipables en manos de la Casa Rosada para un déficit previsional inexistente. Se estima que en 2011 resignamos más de 900 millones de pesos. Abandonamos el 8 % del gasto provincial sin motivos, ¿no estamos ante una suma de despropósitos? ¿Nos sobra la plata y la rechazamos? ¿Con qué cara las autoridades que aceptan este despojo enfrentan luego al docente y le dicen que no hay, que venga otro día?
Siempre hay tiempo pal después/ cuando es del otro la espera”, dice el poeta.

¿Y cuántas obras hechas en la región son en realidad para las empresas de las metrópolis? ¿Cuántas rutas para el tránsito entre Brasil y Buenos Aires,  cuando nosotros, es obvio, pondríamos como prioridad los 25.000 kilómetros de caminos naturales, para dar oportunidades a nuestros pueblos y evitar el flagelo de la expulsión?

La herencia que sí vale

Están los recursos, falta una distribución justa. Sobra el dinero, pero se va en el pago de la deuda externa fraudulenta aún sin el juicio que la historia exige; se va en los juegos financieros de los poderosos, en el parasitismo de los pooles que controlan la producción, el comercio interno, las exportaciones, los servicios. Y se va en arbitrariedades del poder instalado en la metrópolis.

Las provincias subsisten estranguladas por Buenos Aires, y por eso necesitan no una subvención sino otra cosa. No sirven a los intereses de la argentina profunda los ánimos falderos.

Rencia y Pufli no son iguales, Rencia se queda con el hueso.

Pufli pierde el hueso y al ratito mueve la cola, se muestra simpática y amigable con quien la está esquilando. Se entiende, es la ley del perro.

Trasladada esta relación a los seres humanos, lo que no podemos aceptar es que después de hacerse la graciosa en la cucha de Rencia, después de intercambiar lamidos, la Pufli que perdió el hueso vuelva y encare y toree a los gatitos.

Los poderosos agachan la cabeza en la metrópolis, y se vuelven soberbios con los hermanos del pueblo, como la Malinche. Allá mueven la cola, acá torean.

Estos gobiernos han malgastado el tiempo de ingresos abultados, no aprovecharon esta etapa para un cambio profundo de las perversas estructuras económicas. Consolidaron los resortes de la economía en pocas manos. Así, la próxima crisis encontrará a los obreros, y en particular a las enfermeras, a las maestras, con sueldos menores que el mínimo, debajo de la línea de pobreza, y aún así se les volverá a ajustar el cinto.

Y bien: hemos expresado nuestra visión respecto de las huelgas. Gran instrumento para la emancipación, atacado desde la patronal, erosionado también desde abajo, pero siempre genuino, digno, de alto vuelo.

La huelga, un arma formidable para la lucha en paz, una abstención creativa, oxigenante.

Lamentablemente, en estas luchas no faltará quien nos señale por un supuesto apoyo a tal o cual sector gremial. No tenemos problemas en afrontar los calificativos y hasta las descalificaciones, pero al mismo tiempo subrayamos nuestro derecho a opinar, y a reclamar a los que piensan distinto que fundamenten.

Tal vez los que acusan a algunos gremialistas por una suerte de “intransigencia” no estén observando que esa intransigencia tampoco es causa sino consecuencia, y que si en algunos reclamos las cosas están por verse, sí hay logros luminosos en otros aspectos. Por ejemplo: la dignidad del que resiste a su manera y del que lucha y es consecuente resulta un valor que no se nota en el bolsillo sino en la conciencia, en el corazón, y ese capital sí debiera ser hereditario.

Si algunos subrayan el daño que provocan los descuentos en el salario, para cuestionar la huelga, ¿qué dirían ante las luchas que terminaron en sangre para conseguir las ocho horas? Ante la magnitud del conflicto no debiéramos confundir al prudente con el pusilánime.

Pero he aquí todo un asunto: los docentes tiene estabilidad y es un arma que deben saber usar con eficacia, con sabiduría, y preservar.

Respecto del salario, en verdad que es todo un tema porque los obreros somos muchas veces pescados también por los anzuelos de las góndolas de los hipermercados y vamos más fácil hacia un plasma que hacia los cien libros que ese plasma nos permitiría adquirir. Un plasma en vez de cien libros, ¿no es ese el signo de nuestra propia ruina personal, familiar, social, nacional?

Los que discuten la huelga (y lo hacen honestamente) tropezarán también a su hora con la misma desidia de los gremios y las confederaciones y las centrales nacionales que debieran ser solidarias y lo son, pero con el partido gobernante, cuando no con los patrones privados o con los panzones de la burocracia sindical corrupta. Tremenda degeneración de los sacrificios de nuestros obreros que ya en la guerra al Paraguay se sublevaron en Entre Ríos y en Corrientes hace siglo y medio para no colaborar con la matanza de hermanos, y dejaron una línea indeleble que dice: lucha decente sí, tranza no. Qué comentarían de la tendencia negociadora, de la tendencia a acollarar gremios y gobiernos, nuestros ángeles tutelares Ángel Borda, Ángel Jordán…

Se dirá que la educación es un rubro distinto, que no podemos dejar sin clases a los alumnos. Claro, no hay que dejar a los alumnos sin clases dignas.

Si en verdad los padres tuviéramos a la educación en el lugar correcto lucharíamos por cada minuto en la escuela, pero la decadencia nos ha arrastrado también, y casi nos da lo mismo. En este camino, en este plano inclinado, moriremos todos cocidos en la sopa de la mediocridad. La huelga va por las clases dignas. La huelga no quita horas de clase, exige horas de clases de verdad. La huelga deja en evidencia la educación de mentiritas.

Los docentes pueden mejorar la organización de las huelgas, partir de una reflexión serena, saber con qué poco se cuenta en otros gremios no aliados a los obreros sino a la patronal. Saber que aquí no hay solidaridad sino obsecuencia en muchos gremios y grupos sindicales. Los sindicatos que podrían atacar de lleno al capital para apuntalar los grandes triunfos educativos están en manos de una burocracia sindical que da vergüenza ajena.

Los trabajadores, los gremios, las organizaciones de base, las instituciones intermedias, deben saber que cada peso puesto en la educación es una mejora sustancial, cualitativa, de nuestros propios salarios. Si un metalúrgico, un camionero, un almacenero, un empleado bancario, un campesino, un médico adhiere a la huelga docente estará luchando a la vez por su propio “vivir bien” (herencia aymara), porque sus hijos, sus vecinos, sus pacientes, sus clientes, sus amigos, tendrán mejor educación que redundará en el bien de todos, el bien común. (En reciprocidad, el docente atiende en sus asambleas y en la escuela la situación social de marginalidad, hacinamiento, ausencia de expectativas y vicios que destruyen a los niños y a los jóvenes, sus alumnos).

La solidaridad gremial hace rato no se manifiesta. La relación de los gremios con el poder político-económico es una infidelidad naturalizada que hace mucho daño a los argentinos.

Todo ello debe decirse en este marco: los maestros deben cultivar la conciencia también de su responsabilidad en materia educativa, porque hoy el problema no se resuelve poniendo mil pesos más en el bolsillo de cada docente, aunque eso es necesario. Hay un entramado complejo que ha puesto a la educación al servicio de otra cosa muy distinta de los hondos intereses de los pueblos del Abya Yala. Entonces nada sirve si el docente no se da su tiempo para la reflexión, para la lectura serena, para la organización, para el debate serio, en fin: para el conocimiento. Este tema es central. Más central incluso que el salario pero son caras del mismo asunto.

Entre Ríos es tierra de taperas, tierra de pueblos fantasmas, de expulsión, es la patria chica soñada por los desterrados. Y desde la escuela podemos ponernos al servicio del distanciamiento, de la banalidad, o echar raíces en nuestra región, hacerla carne, comprenderla en su maravillosa complejidad, desde una perspectiva universal, no localista y menos chovinista. Entonces las mujeres y los hombres, maestros y profesores, pueden ayudarnos a florecer desde el aula y pueden desde mil otras maneras aún inexploradas y necesarias. El aula es un lugar, no el único y quizá ni siquiera el mejor. No nos circunscribamos a las estructuras, salgamos de los casilleros heredados.

Desde la soledad

Así están las cosas. Algunos grupos que se gastan en reproches contra los gremialistas que están en lucha no logran advertir el grado de sumisión que alcanzaron las corporaciones gremiales. ¿Qué puede sacarse, de jefes gremiales que, ante la resistencia de algunos pocos contra la expansión de Walmart en Paraná, se pusieron del lado de Walmart con mil argucias y ni una sola razón, para desacreditar en público a los manifestantes?

Agmer, en cambio, prestó su sede para los encuentros contra la multinacional y sus cómplices. Ahí está la gran diferencia. Enorme.

Desde esa conciencia de la precariedad, entonces, sabiendo las debilidades, los docentes alcanzarán robustas huelgas, imbatibles. La historia del movimiento se los agradecerá, la educación será entonces no para el pasatiempo estéril de hoy sino para el conocimiento profundo y la emancipación.

La próxima gestión de Agmer, sea del signo que sea (no nos detenemos en divisionismos inconducentes y además no simplificamos las cosas desde la distorsión maniquea), nos tendrá a su lado con certeza a la hora de la reflexión y la lucha. Que para otras horas sobran voluntarios.

Pocos trabajadores hay, a los que les pidamos que coloquen en las prioridades de su agenda los salarios y también la “calidad” de su trabajo. Y que, además, acepten ese desafío.

A no equivocarse, pues: huelga es paz, es dignidad, y es compromiso. Las dos acepciones de huelga son igualmente nutritivas: no trabajar, y campo fértil. Es necesario distinguir entre holgazán y huelguista, no caer en trampas, aunque hallaremos también un punto de confluencia porque ambos pueden darse un respiro para tomarse unos mates y dejar que la conciencia obre.

Los eslabones de ayer y de hoy no deben ser menospreciados en la cadena de luchas obreras. Cuando alcancemos conciencia de la trascendencia de las luchas veremos que no inventamos nada, que ya otros ayer tenían conciencia de esa cadena y sabían que a nosotros nos llegaría la hora.

Ahora, el que no tenga un compromiso vigoroso con otra educación posible y con los derechos obreros ¿tendrá fortaleza para la gran huelga?

Holgar no es un delito, y menos cuando lo que hacemos es tomar aliento para dignificar el trabajo. Si de eso se trata, cuando en verdad estamos en eso, holgar, en cualquiera de sus formas, es sinónimo de alumbrar, en cualquiera de sus acepciones. Al fin y al cabo holgar y follar tienen el mismo origen y destino, contra la juerga (de igual fuente) de los de arriba.

La cosa es pues entre los poderosos y los trabajadores. Ellos de juerga, nosotros en huelga.

Publicado por Río Bravo el 17 de noviembre de 2011.

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