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Domingo, 17 Julio 2011 14:56

Diario de un escritor entrerriano

Escrito por Román Ortiz

Vacaciones de invierno para gurises, la casa que otra vez avanza y la tristeza del Jorge.

La casa de los abuelos se llenó de vida, con el receso de los gurises. Tienen dos semanas “pa’ dormir hasta tarde y pasear por el centro”, dice Nico a sus dieciséis años, uno de los hijos de Luisa. Agustina, la más chiquita, empezó primer grado a todo vapor, y dice que va “a extrañar mucho a la seño Laura” durante los próximos quince días. Lorenza hace cuentones de milanesas para los chiquilines, pero no deja de hacerse tiempo para su pequeño Tomasito, el nietito más chico que todavía no va a la escuela. Gervasio y Marcela siguen laburando sin parar, pero “por lo menos está amainando la helada”, para nuestro amigo que sale tan temprano.

Isabel está en la misma porque Jacinto y Laureano, los hijos de Hugo, se la pasan con la “iaia” durante el receso. Le piden que haga “el estofado de los ñoqui”, que les compre las galletas con chicharrón (que vienen calentitas de la esquina), y hasta un regalo de vez en cuando. De todos modos, la competencia sigue firme, por lo que Tomasito también pasa sus buenas tardes en la casa de los padres de Marcela. Roquecito es el tío joven que da el mal ejemplo. Compra chocolates antes de comer, saca a todos a andar en moto, juega a la lucha en la cama grande y les regala unas monedas en secreto a todos los gurises. La unión entre las dos familias es tan firme, que Roquecito no distingue entre sobrinos enteros o medios sobrinos.    

Mientras tanto, Evaristo y Roque siguen estirando los pesos como si fueran de goma, para terminar la casa lo antes posible. Cecilia puso sus ahorros, “para ayudar con el último empujoncito”. En un primer momento, Gervasio no quiso saber nada, pero convencido por su mujer, terminó aceptando de mala gana. De por sí, le parece mucho lo que hacen sus padres, construyendo la casa. Que ponga plata su cuñada, es demasiado para su espíritu laburante. De cualquier forma, mejoró el clima y las rodillas no duelen tanto. Precisamente, esa es una de las cosas más destacables de estos dos veteranos de tantas batallas. Están grandes para semejante obra, e igual le dan “pa’ delante como pingo ciego”, dice el padre de Marcela, que gusta de inventar sus propios dichos.

Y así como muchas veces tío Jorge tira para adelante, esta vez anda medio bajoneado. Es que se le fue un amigo, de Chajarí, que fue uno de los pocos que no le dio vuelta la cara cuando volvió de Malvinas. Los milicos y sus cómplices de todos colores, lo hicieron andar en un colectivo “tapado con diarios, ¿podés creer?”, le contó a Lorenza. Pero hubo un grupo pequeño, entre ellos el Enri y sus compañeros, que lo fue a visitar para ver cómo estaba. Y eso no fue todo, porque siguieron conmemorando el 2 de abril, en épocas que no era útil políticamente, y enfrentaron la desmalvinización que impulsaron todos los gobiernos hasta el actual. A ese amigo que se hizo en la lucha, que lo ayudó a salir del pozo, fue el Enri. Ahora le toca despedirlo. Sin lágrimas. Solamente, con el compromiso de no bajar nunca las banderas.

Publicado por Río Bravo el 17 de julio de 2011.

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