Un frío que trajo mucho más que la emponchada. La tristeza de Lorenza, y la salvación menos esperada.
A doña Lorenza se le dio por llorar. Esta lluvia y este frío pegan más con los años. Es que anda extrañando las idas al campo, vaquilla con cuero, y la tranquilidad del monte, “
rendido al pulso de la vida”, como dice Tirso Fiorotto. Lo ve al Gervasio que le pechea lindo a la gripe. Sabe que no le queda otra, porque con este trabajo en negro no se puede andar enfermando uno. Lo ve a su marido, que tiene sus achaques grandes, pero igual le mete mano al terreno de su hijo, y el gesto la enternece, la vuelve a enamorar. Aún así, la visita la encuentra puchereando.
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Ay, nena, se me caen los lagrimone’, como si fuera una gurisa” –le cuenta a su nuera Marcela que vino a buscar al pequeño Tomasito. A pesar del parentesco marcado para la discordia, se llevan muy bien. Ninguna de las dos busca saña con la otra, y las dos lo quieren tanto al Gervasio que se alegran de que la familia sea tan buena. “
No se haga tanta mala sangre, doña Lorenza, que lo único que no tiene remedio es la salú” –la tranquiliza Marcela, y se aguanta la angustia que se le hizo contagiosa.
Hasta que llega el Jorge, el hermano de Lorenza que volvió de Malvinas de puta casualidad. Entonces se pone seria de golpe, obligada por la situación, y contenta por la visita. Refugiado en la literatura para zafar de los fantasmas, y sostenido por los parientes para no caerse, son pocos los rastros de la guerra. Uno de los más significativos, es esa nostalgia crónica, y esa sensibilidad difícil de superar. Como siempre, viene lleno de papeles, donde escribe sus poesías, y anota cosas que le gustan. Tiene una biblioteca en el Centro de Jubilados, que es la envidia de todo el Departamento.
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Te traje una poesía, Nesita mía, porque me contó un pajarito que andá’ llorando a moco tendido” –le sonríe abriendo una hoja. Lorenza se alegra con sólo escuchar Nesita, que es la forma en que le dicen sus hermanos, quienes de chicos no podían decir Lorencita, allá por los años setenta. Y entonces le recita:
(…)
“
Sueños errantes de la brisa
En sus ramas enreda
Y con sus propios sueños abriga
Mientras días de luz madura espera.
Antiguo rostro de intemperie
Y alma de primavera;
Bajo el huraño gesto te retoza
La bondad que entre espinas alimenta.
Sobre su copa ardiente y delicada,
Por entre zonas de violencia,
Con los fuegos del día se reúne
El corazón fragante de la tierra”.
(…)
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Está dedicado a los aromitos, y la escribió un panzaverde que se llamaba Marcelino Román. ¿Te acordás el lío que hacíamo’ bajo el aromito del campo?” –le pregunta Jorgito. Y así nomás, como quien no quiere la cosa, Lorenza fue recobrando color en sus mejillas. Mate va, risa viene, pan con chicharrón, guiso para la noche, y la rueda que sigue girando. Habrá que ver dónde nos lleva el viento, que pinta fiero por el norte.
Publicado por
Río Bravo el 10 de junio de 2011.