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Domingo, 05 Junio 2011 12:26

Para el periodista, mate con paico y sopa de ajo

Escrito por Daniel Tirso Fiorotto – periodista

A la madrugada vamos a verlo y allí está, tieso, con su mochila de muerte. El marandová parasitado nos recuerda, como el desmodus de los palmares, el estado del periodismo. Aquí aportamos un diagnóstico y dos remedios.


Ha pasado otra noche en la soledad más absoluta y sostiene clavados en su espalda, en su agonía, en su silencio y bajo la lluvia, cincuenta y cinco globitos como huevos que delatan a los hijos de su peor enemigo metidos en su cuerpo, en una embestida fatal.

Es el marandová parasitado y nos expresa bien. Su agonía cruel es también un espejo del periodismo.

El periodismo está como está la sociedad. Lo escindimos para el estudio, nada más.

Está como están la medicina, la enseñanza, la agremiación, el comercio, el trabajo: en crisis.

Así en Entre Ríos como afuera, pero aquí podemos más o menos describirlo.

No nos rasgamos las vestiduras: el periodismo nació entre las columnas de propaganda guerrera de Trajano y los avisos clasificados de Génova, y nosotros nos empecinamos en que sea otra cosa pero cada tanto el oficio busca ahorcarnos con las espirales de su información genética.

Como el ejercicio pleno del periodismo costó a algunos nada menos que la vida, el ADN del periodismo incorporó ya al héroe. De modo que en la descendencia puede hallarse una cosa y la otra, de todo un poco.

El bien y el mal, el todo y la nada. El periodismo es una gota que refleja al universo. Y nosotros llevamos el ADN completo.

Los occidentales (nosotros) decimos: “uno de nosotros mintió”, “uno de nosotros se corrompió”, “uno de nosotros claudicó”. Los tojolabales (nosotros) diremos: “uno de nosotros mentimos”, “uno de nosotros nos corrompimos”, “uno de nosotros claudicamos”.

La correspondencia de los tojolabales parece más adecuada. Nos compromete, nos hace parte, sea en los aciertos o en los errores. Somos con otros cuando triunfamos, cuando estamos derrotados, cuando nos expresamos en el arte, cuando matamos, cuando nos matan. “Uno de nosotros matamos”, “uno de nosotros morimos”.

Asumimos como propios las faltas de otros (a quienes no ponemos enfrente sino al lado), pero también somos Rodolfo Walsh. Uno de nosotros denunciamos, nos jugamos, fuimos secuestrados, morimos.

El periodismo que nosotros llamamos periodismo (el que anhelamos) exige siempre una actitud de resistencia a los poderosos de las finanzas, a los guerreros que atropellan el mundo, a los poderosos de la política (carne y uña con aquellos en nuestro sistema), a los poderosos de las creencias, del electoralismo, de las corporaciones; resistencia al imperialismo, a los brazos del imperialismo, y resistencia también a nuestras propias desnutriciones en materia de valores (flaquezas que nos invitan al tropiezo diario), metidos como estamos en el consumismo.

Si enfocamos Entre Ríos veremos que predomina la difusión de lo que los grupos poderosos quieren que se difunda. Ellos ponen los límites y en general se los respeta. Lo cual equivale a decir que esa difusión que la sociedad suele llamar periodismo está en las antípodas del periodismo. Es una máscara. Engañapichanga. Placebo.

Crueldades de la naturaleza

Cada 25 de Mayo, cada 7 de Junio, y desde hace algunos años, aparece en nuestra casa un fenómeno natural que nos angustia y nos vuelve a abrir los ojos. Amantes de la naturaleza como somos, como parte, no deja de asombrarnos la crueldad de la naturaleza. 

Nosotros nos comemos los pollos, las vacas, los peces. Lo hemos naturalizado, y es terriblemente cruel.
Bueno: sobre una enramada de bignonia nacen todos los años en el patio y para el otoño pequeños marandovás que engordan rápido gracias a un esfuerzo y unas destrezas incomparables en el arte de comer. La ciencia llama a la especie manduca sexta.

Los bichitos necesitan estar pipones, lustrosos, porque luego se entierran y allí consumirán esas energías mientras se convierten en pupas y con el paso de unas pocas semanas serán bellísimas mariposas nocturnas. Las esfinges.

Y bien: en este preciso instante, a dos metros del teclado de esta computadora vive un marandová, un bello gusano verde manzana con líneas violetas que semejan costillas, y está paralizado. Ha pasado cinco, seis días así.
Unas avispitas (tal vez “cotesia congregata”) colocaron en su cuerpo cincuenta y cinco huevos, y en el mismo instante en que desovaron en la oruga, mientras acribillaban su espalda, le inyectaron también un virus que anestesió al marandová.

Gracias al virus, el marandová no reacciona, no responde a la agresión. Es que el llamado bracovirus depositado por la avispita le atacó el sistema inmunológico, lo desarmó.

Entero, podría cabecear, sacudiría el estorbo, enfocaría con su artillería de defensas los huevitos que le introdujeron. Atontado, vegeta.

Se deja estar nomás, y vivirá unos días más, si eso es vivir, prendido de una hojita, hasta caer exhausto. Allí, sobre su cuerpo aún vivo se irán desarrollando y nacerán las nuevas avispitas por decenas.

Es cierto que debemos dejar que la naturaleza obre, pero qué difícil cuando uno se encariña con una mascota.

Hay que decir aquí que los productores tabacaleros del norte argentino usan esas avispas para librarse del marandová de modo “natural”. Control biológico. Porque el marandová es tan malo que se come las hojas del tabaco, de modo que si atacamos al marandová podremos usar esas hojas para secarlas, picarlas o enrollarlas y cumplir con nuestra decisión de suicidarnos luego lentamente.

Aquí está, quieto y altivo el marandová. No dice que sí ni que no. Solito se va muriendo, parasitado y sin protestas.

Algunos que lo han visto suponen que carga en su espalda a los de su propia especie, pero no: está agonizando y hasta se diría ¿satisfecho? ¿Es que naturaliza la oruga el parasitismo?

Hay una impresionante simbiosis exitosa entre la avispa y el virus. El bracovirus tiene su genoma en el ADN de la avispa, y solo aparece en el aparato reproductor de la hembra, de la avispita que parasita a la oruga.

El marandová tiene que vivir cinco, seis días, para que la gestación de los parásitos se desarrolle plenamente. Todo se da a la perfección, y el aturdimiento de la oruga colabora. No es producto del pacifismo la quietud del marandová, es por el narcótico. Está enfermo.

La mochila extraña

A esta altura dudamos que haga falta abundar, sobre la relación del estado del marandová con el estado del periodismo entrerriano, de la sociedad entrerriana naturalizando el parasitismo de los grupos concentrados, de las multinacionales y sus aliados, del reino del capitalismo financiero chupándose todo.

El periodismo sigue en Entre Ríos como adormecido, y con el paso de los años no habíamos encontrado aún el antídoto contra el parasitismo. Hoy veremos que las soluciones estaban a la vuelta de la esquina.

Digamos de paso que las excepciones son honrosas, podríamos detenernos varias páginas en las excepciones que nos dan aliento, pero gotitas en el mar.

El poder político y económico que gobierna la provincia desde hace muchos lustros, con matices pero siempre más o menos el mismo color, logró con el tiempo anestesiar al periodismo y lo tiene allí. El poder no quiere que este periodismo muera. Lo necesita así, con una apariencia de vida. Placebo.

El marandová precisa energía para sepultarse. No es exitista, se da su tiempo. Luego de unas semanas bajo tierra florecerá en una bella mariposa tornasolada. ¿Qué hace la avispa parasitaria? Lo toma de rehén unos días gracias a la colaboración del bracovirus, antes de cumplir el ciclo de alimentación. Lo captura gordito, lleno de vida, y le absorbe esa fuerza.

Los parásitos nos quieren plenos, brillosos, coloridos, sabrosos. En el periodismo, como en la política, los parásitos buscan figuras presentables, con energía, creíbles, jóvenes y bellos si fuera posible, para depositar sus huevos, para minarnos desde adentro.

Ahora, ¿qué creés que hace la petrolera con nosotros, esa petrolera que monopoliza el proceso desde el pozo hasta el tanque de nafta y tiene un aliado principal en el gobierno y como si fuera poco maneja también el dinero de los entrerrianos? ¿Qué hace la firma de telecomunicaciones también amiga del poder político? ¿Qué hacen los híper, las exportadoras, las dueñas de patentes, amigas del poder político; las propietarias de semillas y transgénicos e insumos y agrotóxicos?  ¿Qué hacen los banqueros, los terratenientes, los pooles que entran sin golpear a la oficina del jefe político porque son hermanos? ¿Los importadores, los grandes frigoríficos, las grandes corporaciones, las cámaras que arreglan licitaciones truchas con gobiernos permeables porque están casados? ¿Qué hacen esos poderosos parásitos a la luz del día, a sabiendas de que ya tenemos inyectado el virus que nos adormece? ¿Qué hacen sino violarnos?

Los parásitos de los entrerrianos nos han anestesiado. Y aquí viene otra advertencia: a los que osen denunciarlos, a los que los señalen, los tomarán entre ceja y ceja. El capital financiero internacional, el imperialismo con distintas banderas, no sabe de amores: sabe de competencia y de venganza. Los que enfrenten al capitalismo deberán observar, antes, si tienen los atributos bien puestos y si son lo suficientemente flacos para no explotar al primer pisotón. Muy pipones atraerán no sólo a la cotesia sino también al desmodus. (Sabemos que el principal vampiro del mundo, el desmodus rotundus, habita Entre Ríos, en las zonas de los palmares, aunque a diferencia de otros vampiros mejor ocultados se conforma con dos cucharaditas de sangre por día e incluso tiene esa virtud de la generosidad: cuando el hermano de al lado no pudo lamer la herida, le entregará un poquito de lo que pudo chupar para que no desmaye. Mal hacemos pues en tomar al bello y buen desmodus para hablar de los verdaderos vampiros).

Volvamos: ¿cuál es ese virus que anestesia para que no podamos sacudirnos los parásitos?

Tal vez sea la falta de conciencia del derecho de los pueblos a estar informados, del derecho de los pueblos a expresarse en libertad. Tal vez el desconocimiento de los antecedentes maravillosos de los periodistas en la región que supieron atravesar con dignidad momentos gravísimos y resistir por ejemplo a la guerra al Paraguay y sufrir por ello los ataques sin atenuantes del poder. Los paraguayistas, los yerbócratas, son nuestros modelos, y desconocerlos nos hizo desarraigados, permeables.

El virus que ataca nuestro sistema inmunológico quizá esté en simbiosis perfecta con el parásito, tal vez esté en su ADN. Tal vez la desinformación, la ignorancia, el ocultamiento, sean parte intrínseca de las multinacionales, de los grupos financieros, de los pool, de la economía concentrada y sus aliados que parasitan a nuestra sociedad, a nuestro oficio.

Hasta en la sopa

Tal vez la desidia de las organizaciones que conocen el estado del periodismo y dejan hacer porque el derecho a la información, el derecho a la libertad de expresión, no aparecen asociados a la libertad, a la dignidad; quizá esa desidia sea parte del complejo. Las organizaciones, digo, también parasitadas.

Los grupos concentrados, principalmente multinacionales, en connivencia con los gobernantes cumplen el papel de las avispas. Parasitan. Con nombre y apellido, parasitan. Y la sociedad misma, ignorante de sus derechos, se auto anestesia o se es permeable a ese plus del capitalismo: la desinformación.

La sociedad queda así como drogada, como satisfecha, como resignada.

El caso es que la oligarquía anda cebada, y seguro no querrá que demos ese paso de consecuencias impredecibles: no querrá que tomemos conciencia.

O mejor, no querrá que los periodistas panzaverdes pasemos del popular aliento a mandarina, al más popular olor a ajo. ¿Parásitos hasta en la sopa? ¡Tres dientitos de ajo, como decía la nona!

Nuestras abuelas sí que sabían con qué combatirlos. Y bueno, con riesgo de perder en amores (por el aliento) ganaremos en libertad.

O mejor, unas hojitas de paico en el mate (con prevención las periodistas, porque hay otros riesgos).
Dice Juan de Dios Muñoz, el grande, sobre el Chenopodium ambrosioides (paico entre nos): “en uso interno la infusión o cocimiento de la planta es  antiparasitaria; en uso externo es antisárnica y antiparasitaria del cuero cabelludo. Polvo de frutos y semillas contra parásitos, anquilostomas y lombrices. En el suelo es antipulgas”.

¡Paico, periodistas, cada 7 de junio! Paico en el mate contra los parásitos, un enjuague de tecito luego del champú, y sopa de ajo para aventar no solo estos parásitos sino también los vampiros (los otros vampiros que no saben de solidaridad). Al fin y al cabo, ¿quién dijo que no hay remedios?

Volver al DEBATE.

Publicado por Río Bravo el 05 de junio de 2011.

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