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Miércoles, 25 Mayo 2011 19:27

Pedro Páramo: sueños de un continente feudal

Escrito por Santiago Joaquín García

Una novela de Juan Rulfo que nos permite mirarnos de cerca. El campesino, la autoridad, los sueños, el Estado, la familia, la pobreza... Analizamos una obra indispensable del llamado “boom latinoamericano”, por su asombrosa actualidad.

Los personajes y los escenarios de esta novela breve, de apenas ciento cincuenta páginas, parecen una descripción de algunos pueblos de la provincia. La acción transcurre en Comala, que bien podría ser como Pueblo Liebig. Un pueblo casi abandonado, donde las huellas de un pasado esplendoroso, se aparecen como fantasmas de los que supieron poblar las tierras. “Muchas de las taperas que se ven fueron casas”, dice una vieja vecina de Colonia Elía, que es nuestra versión de Eduviges, uno de los personajes de la ficción. También tenemos nuestros señores feudales, que tienen tanta “tierra como se puede abarcar con la mirada”, al decir de Rulfo. Algunos de los nuestros son gringos, pero tienen igual derecho a pernada que Don Pedro Páramo, el omnipresente protagonista de la novela. Cuántos se nos aparecen en la mente, al conocer su carácter autoritario, su forma indigna de enriquecerse, y su desprecio por el pueblo del que es dueño y señor.

La discusión estilística sobre si se trata del neobarroquismo, de un realismo mágico, o tantos otros motes que se le han otorgado a las obras de nuestro continente durante el siglo XX, se la dejamos a los críticos. En principio, sería interesante partir por no acomodar todas las obras al molde europeo clásico que identifica a qué estilo debe pertenecer cada obra. De todos modos, la influencia del surrealismo, por la presencia protagónica de los sueños, es innegable. También se observan muchos recursos que después retomará García Márquez en Cien años de soledad, como la supuesta inmortalidad de ciertos personajes, y la consecuente fusión de lo sobrenatural y lo cotidiano en diversos tramos. Dejemos que el libro hable un poco por sí mismo:

Aquello (Comala) está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija”. En ese pueblo “sin ruidos” el narrador busca a su padre, Pedro Páramo, que es un poco padre de todos. Y aunque no queden casi habitantes, “el reloj de la iglesia (da) las horas, una tras otra, una tras otra, una tras otra, como si se hubiera encogido el tiempo”. El padre Rentería se muestra preocupado, porque “de los pobres no (consigue) nada; las oraciones no les llenan el estómago” –explica con acierto. Todo esto parecen reminiscencias del pasado, porque el pueblo “está lleno de ecos”, a tal punto, que tras una conversación uno se siente “solo en aquellas calles vacías”.

Pero esta desolación tiene su origen en la propia riqueza de Pedro Páramo, y en su manejo del gobierno y la justicia, con minúsculas muy pequeñas. Eso, entre otras cosas, es lo que el lector va descubriendo con indignación a lo largo de las páginas. Definitivamente, esta historia es un espejo sin tiempo de lo que los caprichos del capitalismo, se llamen las vacas gordas o el imperio de la soja, han hecho con enormes poblaciones campesinas. Escrita con un registro familiar, que retoma mucho de los modismos del pueblo, y sin palabras de más. Si lo quieren leer, en bibliotecas públicas y en internet se encuentra fácilmente.

Publicado por Río Bravo el 25 de mayo de 2011.

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