A Cristian Alarcón, periodista y escritor, le llegó un comentario sobre una historia interesante para contar. Pero lejos de los expedientes judiciales, fue y vino durante dos años a las villas del tercer cordón del conurbano bonaerense para relatar la vida de un pibe asesinado por la policía. En su libro “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, editado por primera vez en 2003, describe desde adentro la vida de los pibes chorros. El libro me pareció motivo de una nota por dos cosas: primero, para conocer, comprender, un mundo que es el que ya está y se viene cada vez más en las principales ciudades de Entre Ríos: la violencia, la muerte ahí nomás, la falopa, la desidia, la aventura, las agallas, así como la solidaridad de clase, el amor y las traiciones, chorros vs. transas. El denominador común de miles de pibes sin oportunidades. Y también la pérdida de todos los códigos que hasta el principio de la década pasada se resguardaban en el ambiente ilegal. Segundo, porque enseña un modo de contar una historia desde adentro, no desde el balcón. Lo que ahora en investigación periodística se llama periodismo de inmersión.

El 6 de febrero de 1999 Víctor Vital fue acribillado por un policía de la bonaerense en una casilla de una villa de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Había robado y corrió por uno de los pasillos, pero esta vez no logró que los de azul lo perdieran de vista. El uniformado, Héctor Eusebio Sosa, gatilló varias veces y argumentó que fue para defenderse del caco. Según las pericias, Sosa debería medir tres metros con 30 centímetros, altura que no tiene. Víctor estaba arrodillado, y desde abajo de una mesa les dijo: “No tiren que me entrego”. La autopsia determinó que, por las heridas de bala en las manos, se cubrió la cara cuando le dispararon. Después le plantaron una pistola 32 con seis balas.
La noticia tardó segundos en llegar a todos en la villa: “Mataron al Frente”. María lavaba la ropa, Laura dormía, Sabina Sotelo, la madre de Víctor, estranguló a la agente hasta que le confirmó lo que se decía. Una pueblada llena de odio se alzó contra la policía en el campito. Manuel estaba preso en la comisaría primera y vio todo por Crónica TV. A los tres días, el sepelio en la cocina de su casa fue multitudinario. El cortejo partió en un precario vehículo bajo una lluvia a baldes. “Una salva caótica de balas hacia el cielo despidió a Manuel El frente Vital”, describe Cristian Alarcón. Aunque años después un tribunal absolvió al cabo Sosa, desde entonces, aseguran, comenzaron los milagros.
Publicado por Río Bravo, el 10 de enero de 2011.





