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Domingo, 19 Diciembre 2010 22:18

Las banderas del Argentinazo

Escrito por Santiago García

Por Santiago García - Oficialistas y opositores lo presentan como una tragedia. El miedo a las multisectoriales, los piquetes junto a las cacerolas, y sobre todo, al “que se vayan todos”, les hiela la sangre. Nueve años después de nuestro Argentinazo, balances y perspectivas de la gran pueblada nacional.

"hemos acordado temerle, más que a la muerte,
a esta vida amarga que llevamos"

(Bertolt Brecht)

La objetividad es un mito, o una “fría caricatura fotográfica de la vida”, al decir de Gramsci. Sin embargo, hay momentos en los cuales uno es más ecuánime que en otros. Generalmente, cuando vemos que los vencedores ponen todo su énfasis en ocultar hechos, menos reparo tenemos en ponernos en la trinchera de la verdad. Quizás ese sea un buen ejemplo de periodismo militante, y no los abultados sueldos de la agencia Télam, el programa 6-7-8, o el diario Página12. Respecto a las jornadas de diciembre de 2001, definitivamente, se trata de uno de los temas que con más consenso es tratado por los miembros del statu quo periodístico y político. Desde el pseudo progresismo hasta la derecha recalcitrante, repiten que esas “trágicas jornadas” no deben volver a repetirse. Veremos a qué se debe esta coincidencia.

 

Las puebladas: esa bendita costumbre

 Nuestro país tiene una tradición de puebladas que tuvieron su primer hito en el Cordobazo. Sin embargo, este fue precedido por un Rosariazo, un Correntinazo y muchos “azos” más. Los que rescatamos esa historia, a la emblemática rebelión de diciembre de 2001 la denominamos Argentinazo, sobretodo, por su magnitud y alcance nacional. Sólo la dictadura pudo frenar momentáneamente aquel auge, derramando muchísima sangre y destruyendo los vestigios de independencia nacional, en base a una política de entrega total al imperialismo de turno. Con el retorno democrático, continuó ese sistema perverso que con la deuda externa y el latifundio a la cabeza, condena a millones de personas al hambre en un país que produce alimentos para más de trescientos millones de personas. Lógicamente, el pueblo argentino, con su riquísima experiencia de combate que se remonta a las invasiones inglesas, no se iba a quedar de brazos cruzados.

 Cuando todos dijimos basta 

Tanto el Santiagueñazo, como Plaza Huincul y Cutral Có, fueron el renacer de los piquetes y las asambleas. El incendio intencional de los edificios públicos y las casas de los funcionarios corruptos, cuestionaba la legitimidad de un sistema que aún hoy sigue cayendo en los mismos vicios de exclusión. Mientras gobernaban Alfonsín y Menem, alcanzaba con vivir en democracia, pero el pueblo le fue tomando el gustito a eso de la libertad. De la Rúa ganó con un discurso de honestidad, y el apoyo de gran parte del progresismo que hoy nutre las filas del kirchnerismo. A pesar de ello, la careta no le duró nada, ya que reprimió en Corrientes apenas asumido, convocó al nefasto Domingo Cavallo, aprobó leyes anti obreras con la Banelco, e hizo todo lo que el FMI le indicó que hiciera. Finalmente, el “Corralito” y el Estado de Sitio, hicieron explotar esa olla a presión, y los piquetes y las cacerolas se fundieron en un solo puño.   

 Tanta agua para tanto fuego

 A lo que le temen los escribas y ñoquis del sistema es a la democracia directa. Saben que desde el 2001 las multisectoriales, asambleas y piquetes le demostraron al pueblo que no necesita de intermediarios tan nefastos. En ese sentido, uno de los objetivos fundamentales de las clases dominantes, ha sido dividir a las capas medias de las bajas. Esto tuvo tres tácticas fundamentales. Por un lado, el desprestigio de los movimientos piqueteros, vía cooptación/ridiculización/radicalización (Perro Santillán, Castells, Quebracho). Otro aspecto importante es la utilización política de determinados discursos progresistas que sirven para mantener abombados a muchos intelectuales. En este mismo orden, se inscriben las “borocotizaciones” que se dieron en la izquierda, fruto de la infinita caja que maneja el Gobierno, gracias a los 7 años de crecimiento económico que no han servido para bajar considerablemente los índices de pobreza y exclusión. Finalmente, es digno de destacar el plan de “recuperación de las calles”, iniciado en el interinato del “bombero” Eduardo Duhalde (Kosteki y Santillán), y continuado durante el kirchnerismo, gracias a los más de 5.000 luchadores procesados (incluidos los ambientalistas de Gualeguaychú), y la tercerización de la represión (barras bravas, patotas sindicales). Ni siquiera toda esa ofensiva restauradora, ha podido frenar el auge de luchas que sigue ofrendando vidas, sin que ningún responsable vaya a la cárcel.   

Banderas en alto

 El mejor homenaje que les podemos hacer a nuestros caídos, es recoger sus banderas y mantenerlas en alto. Esta frase que por repetida no pierde vigencia, pone en aprietos a muchos encantadores de serpientes. ¿Cómo les decimos a Eloísa y Romina que el hambre es progresista? ¿Qué opinaría “Pocho” Lepratti de la plata que reciben los comedores escolares? ¿Se habrá enterado José Daniel Rodríguez que volvió el FMI que nos llevó a la ruina? Aunque nos acusen de derechistas, oligarcas, gorilas o marcianos, seguiremos estando del lado del pueblo. Ahora también se lo debemos a Mariano Ferreyra, a los compañeros de Baradero, Bariloche, y a los hermanos Quom de Formosa. Ojalá no tengamos que seguir levantando más banderas del suelo.

 

Publicado en www.riobravo.com.ar el domingo 19 de diciembre de 2010.

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