Es un trabajo que debe hacerse con actitud responsable, cuidando a sus protagonistas, desde una concepción diferente. Desde el advenimiento de la democracia, que sostiene que los derechos humanos son para todos y todas, no deben existir diferenciaciones territoriales. Debe preservarse a las víctimas del discurso público, negador, patriarcal o machista como comúnmente se llama, discurso internalizado tanto en varones como mujeres.
Ni una menos, hace referencia a la muerte, que es el punto final de la violencia familiar, ahora ampliada en sus conceptos como violencia de género. Hay una ley que aún no ha sido reglamentada y que plantea una serie de recursos que, puesta en funcionamiento, permitiría contar con abogados, médicos psicólogos, asistentes sociales y hasta un plato de polenta, porque tanto el hambre como la violencia son primas hermanas.
Pareciera que otro de los objetivos, además de la visibilización, es concentrar diversas acciones que promueven representaciones teatrales, marchas, dibujos, papelitos de colores, frases, que caído el sol, se diluirán hasta el año próximo.
Desde hace unos días se observan en los canales de tv de aire, como elementos motivadores, las peleas de artistas que luego son analizadas por actores sociales que pregonan que la violencia es una enfermedad. No es así, es un aprendizaje. También dicen que está mal meterse, que los padres y las madres no son buena gente, discursos unilaterales, con sus escondrijos, antidemocráticos, donde lo que importa es ser funcional al poder y oponerse a todos aquellos que confronten con ese poder que ha prometido, a modo de recompensa, alguna dádiva que será olvidada una vez que el atardecer caiga.
“Ni una menos” ha sido la constante de muchas mujeres a lo largo de la historia. Mujeres que, debido a las abusivas situaciones de alcoba, han muerto de depresión, de locura, de sida, de golpes, causadas por líderes o simples varones violentos, abandónicos. Asimismo no debemos olvidarnos de algunos “líderes” que a su muerte fueron puestos en el bronce, tan solo por haber sido fieles a una ideología patriarcal y machista.
La democracia trajo como gran noticia una forma de vida que permite articular acciones entre los distintos grupos que trabajan por la paz. Esto sigue siendo solo el sueño de unos pocos, porque siempre está presente la tentación de integrar el círculo íntimo del poder, cuestión que es muy bien aprovechada para que los que tienen el antipoder (las mujeres, según Foucault) solucionen las problemáticas que debe resolver el estado.
A pesar del trabajo y las movilizaciones de mujeres, es notorio como el colectivo femenino es atravesado por un modelo patriarcal que selecciona a sus representantes femeninas, les amplía la grieta con sus pares y las entusiasma para que continúen con la exclusión que ellos proponen.
Es notorio observar que algunas organizaciones que defienden los derechos de la mujer esgrimen expresiones de participación amplia, pero al lado del poder, terminan siendo empleadas sin sueldo. No dirán nada nuevo, utilizarán las mismas estrategias del poder y se conformarán con lo mínimo. Tratarán de achacar a la justicia de todo desorden e inhabilidad, sin reconocer que el poder tiene que tener en su agenda el destierro de la violencia de género.
CEIM (Centro de estudios e investigaciones de la mujer), en sus 23 años de actuación, capacitando y abriendo caminos en distintos territorios, con diversos espacios educativos, muchos de ellos avalados por el Consejo General de Educación, sabe que el camino de la articulación entre los pares no puede ser dirigido por un drone. Tampoco puede hacerse desde la mentira, el desprecio, el olvido o la selección arbitraria del poder patriarcal que divide el trabajo entre las buenas y malas mujeres según convenga.
Estamos orgullosos de haber liberado temas como el de los varones golpeados conteniendo desde hace 23 años a muchos varones. La sexualidad, la homosexualidad, la droga, el sida, el embarazo adolescente, situaciones encaradas por una red profesional técnica, con personas sensibles a los planteos.
Ni una menos es un grito diario que debería estar en nuestros corazones para erradicar las discriminaciones a las que son sometidas las víctimas, en todas las edades y condiciones de vida. Hay femicidios que se dan en la vejez y nadie los computará, porque sería una carga demasiado pesada para el poder y la sociedad.
El poder político, social, económico y religioso, encarnados en modelos patriarcales y exclusores, nos muestra que causan demasiados dolores y que son los artífices de una grieta que utilizan las acciones de muchos y muchas, para aquietarlos o moverlos según convenga. La educación es la salida. Ocupémonos de ella.
En nosotros esta darnos cuenta cada día.
Por Prof. Mevia María Carrazza – Coordinadora del Centro de Estudios e Investigaciones de la Mujer.
Publicado por Río Bravo el 3 de junio de 2016.

