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Viernes, 25 Enero 2013 23:21

La primera tarea del hablado por la poesía

Escrito por Kevin Jones

Hace más diez años, Michéle Petit enunciaba por primera vez el objetivo mayor de la mediación de lectura: Democratizar la lectura. Desde entonces hasta aquí se han sucedido diversos debates en torno a cómo debe llevarse a cabo tal empresa, ….

Hace más diez años, Michéle Petit enunciaba por primera vez el objetivo mayor de la mediación de lectura: Democratizar la lectura. Desde entonces hasta aquí se han sucedido diversos debates en torno a cómo debe llevarse a cabo tal empresa, en qué medida esto es coherente en un mundo que es en muchos aspectos aún menos democrático que en el de la lectura, por qué asumir la lectura como prioridad o al menos como asunto importante en nuestro trabajo como militantes. Las líneas que siguen apenas son una nueva justificación de la artesanal tarea de democratizar la lectura, halladas en una mañana seguiense.

Leer en un/desde un territorio

Quizás podría comenzar diciendo que es Enero. Pero sería necesario decir que es Enero en Seguí, que no es lo mismo que lo sea en cualquier otro sitio. No es nada nuevo que el pedazo de tierra donde uno ha nacido siempre logrará diferenciarse del resto del mundo, como si por fuerza de una rara magia ese lugar fuera, a nuestros ojos y solo a nuestros ojos, un lugar diferente.

Se trata además de una identidad primera, de la cual es difícil cuando no imposible, desapegarse. ¿Dejo de ser seguiense cuando cursó en Humanidades en Santa Fe? ¿Dejo de ser un habitante de pueblo chico cuando vivo en Paraná? Y la pregunta que más quiero profundizar hoy, ¿dejo de ser un seguiense, -y, en última instancia, un entrerriano- cuando leo?

La paradoja de la lectura literaria implica que en tanto uno más se aleja de su mundo al aceptar el juego de la ficción, más palabras adquiere para asirlo, para vivirlo. De forma que, de una manera rara y compleja, la lectura, cuando es plena, tiene incidencias sobre el mundo en que vivimos. En que vivimos nosotros. Y nosotros siempre implica una identidad. Y un territorio. Quizás uno de nuestros mayores errores ha sido hablar del Hombre en abstracto, así que pensemos ahora al hombre y el territorio: La lectura literaria de un entrerriano incidiendo sobre su territorio.

Hace un tiempo cuando escribí sobre El viento que arrasa de Selva Almada decía que es necesario a veces ir del paisaje hacia las cosas. Quizás ecos de esa lectura, sumada a la lectura de otros entrerrianos como Ricardo Zelarayán, Daniel Durand y una (re)visitación a Juanele y Emma Barrandeguy, me llevó a pensar cuan necesario es que como entrerrianos accedamos con un carácter de urgente al corpus de nuestra literatura. En tanto y en cuanto seremos habitantes a medias de este paisaje si no podemos nombrar el río de la forma en que lo hizo Juanele. Si a las pobrezas múltiples que sufrimos en el marco de una sociedad como la que vivimos, le sumamos una pobreza de palabras seremos menos sujetos, menos habitantes del mundo. Menos, aquí, habitantes de Entre Ríos.

Con estas ideas creamos un Grupo de lectura en Seguí, con el objeto de leer a algunos de estos autores desde la sensación. Observando qué sentimos cómo entrerrianos leyendo a entrerrianos. Esta tarea, pequeña y artesanal, implica pensar el esfuerzo que nos debemos como estudiantes, militantes y ciudadanos por democratizar nuestra literatura entrerriana.

Algunos obstáculos para pensar la literatura entrerriana

Hay una vieja fantasía optimista en torno a la lectura que debemos desterrar: Aquello de que leemos lo que queremos cuando queremos. Nuestras lecturas están sumamente vigiladas y controladas. La fantasía, dice Rossana Nofal, "estuvo y (lo que es aún peor) está bajo sospecha; es peligrosa porque está fuera de control, nunca se sabe bien a dónde lleva."

Muchos factores intervienen en este sentido a que esta situación se dé. Quizás valga la pena mencionar uno de los más importantes: Jamás hemos vuelto a abrir las lecturas que la última dictadura militar clausuró. Se nos cuenta, casi como algo mítico, que a comienzos de los '70 hubo una generación que vio en los libros un poder que, nosotros, como generación no hemos sido capaces de ver.

En este marco, gran parte del corpus de textos entrerrianos se nos pierde, se nos va de las manos. Y hablo de Corpus porque quizás no podamos usar otro término por el momento para designar al conjunto de textos que entrerrianos han escrito desde la conformación política de este territorio hasta aquí. Ese Corpus, ese cuerpo, se puede asemejar al cuerpo imaginario o el aura de nuestra provincia. Aquí está el primero de nuestros problemas, no podemos ver ese aura completa aún. La vemos de a pedazos, hay muchos huecos. Hay cosas que se pierden. Hay desaparecidos que nadie buscará al parecer -como Tilo Wenner-; hay un Juanele que se nos ha sido vedado, y nos hemos conformado en cambio con la imagen simplista y estereotipada de él; hay un Zelarayán por allá todo oscuro, y más acá, hay un Durand que pasa desapercibido. Hay ediciones de Emma Barrandeguy que quizás nunca recuperaremos, hay cientos de nombres que pasan por las FLIA's de nuestra provincia y que al parecer nadie intenta, al menos, observar.

Muchos escritores entrerrianos leen a estos autores, muchos círculo académicos les prestan la debida atención. Pero aun así, eso no cambia el carácter minoritario que tienen estos autores por lectores. No hay esfuerzos públicos, políticos e intelectuales, por quitarnos la venda. Hablo de una Biblioteca Popular paranaense que compra libros solo en la Feria del Libro Oficial eludiendo a muchos autores que hoy día están escribiendo, editando y leyendo en las Ferias del Libro Independientes y (A) de nuestra provincia. Hablo de académicos que eligen (y elegimos) quedar(nos) en nuestros claustros, en las bibliotecas de Facultad y aquellos territorios bien seguros.

A esto se sumo la falta de una política educativa concreta que plantee el mayor acceso a una literatura entrerriana a partir del cuerpo de la literatura, es decir, de los libros. La obra de Juanele no deja de costar más de quinientos pesos y la de Durand no deja de tener prohibido su ingreso a la secundaria porque dice concha. Obviamente, existen esfuerzos y grandes trabajos en estos temas. Pero, nuevamente, dependen de la militancia activa de individuos, de la vocación de docentes e intelectuales. Esto no quita la necesaria petición de cuentas al Estado.

Moscas y canillas, Palabras.

La primera tarea del hablado por la poesía ha sido nombrar las cosas, las cosas que no son las cosas sin las palabras. Pienso que el realmente hablado por la poesía es el que sigue y seguirá nombrando las cosas, es decir cambiándolas, transformándolas continuamente. La poesía es renovación, subversión permanente. Ricardo Zelarayán, Posfacio con deudas

Ricardo Zelarayán (foto) nació por la década del veinte en Paraná. Y fue antes que nada un entrerriano, luego salteño y tucumano hasta la muerte según definiría luego. Su obra es la de un escritor de culto que permanece oculta a la gran mayoría de los lectores. La influencia de su primer poemario "La obsesión del espacio" (1972) sobre la poesía de los '90 es contundente.

Empezamos lo primeros encuentros de nuestro grupo de lectura con este autor. Hoy por la mañana estuvimos leyendo su Posfacio con deudas, ubicado al final del poemario que mencionamos. De allí está extraído ese párrafo de arriba.

Él dijo con especial hermosura que no existen los poetas, sino los hablados por la poesía. Y comparó a las poesías con moscas que en un verano de cuarenta y cuatro grados en un pueblo de Santiago del Estero se disputan una canilla reseca. Las moscas, dice, "hubieran dado todo por una gota de agua. Así es, los llamados poetas se disputan las canillas, pero el agua no les pertenece...ni la tierra, ni el aire, ni nada ¡Hay que conformarse nada menos que con las palabras!" Hoy cerramos nuestro encuentro hablando de esto. Hablando de cómo las palabras son antes que las cosas. Cómo hemos necesitado nombrar el mundo para habitarlo. Cómo ha sido la tarea de Zelarayan, en tanto hablado por la poesía, nombrar las cosas. Y cómo nosotros, si no accedemos a esos nombres, si no tenemos palabras para nombrar este territorio en que vivimos seremos menos habitantes de él. Menos sujetos, al fin y al cabo.

Por eso escribí todo esto. Para contarles que en una mañana de Enero, cuatro personas leyeron a Zelarayán en un pueblo chico y conservador. Que les gustó. Y que se divirtieron mucho recortando y pegando figuritas para ilustrar sus poemas. En fin, que se fueron de ahí con su mirada un poco trastocada y –lo que es aún mejor- con ganas de contarles que en este asunto andamos mal, pero que sí, que podemos andar mejor.

Publicado por Río Bravo el 25 de enero de 2013.

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