Finalizó el Mundial de Brasil 2014 y se lleva con él las ansias, la euforia, los festejos, la ilusión y la desilusión. Amaina la embriaguez y sobreviene la nostalgia. ¿Qué hacer ahora? Apuntes sobre un fenómeno que sacó a un pueblo a las calles, calles que se mantienen calientes con la respuesta popular a la política de un gobierno que ajusta, haya o no haya mundial.
Ya está. Ya terminó. Transcurrió, pasó, culminó. Ya pasaron Bosnia, Irán, Nigeria, Suiza, Bélgica, Holanda y la tan respetada, renombrada, pero con tanto orgullo enfrentada, desafiada, casi humillada, Alemania.
Ya sufrimos, lloramos, temblamos, cantamos, gritamos, gozamos, reímos, vibramos, especulamos –vamos, ¿quién no? la llegada de Angelito a la final, la frustrada disputa de la Copa en el Maracaná con Brasil…-, puteamos, alentamos, festejamos, comimos, bebimos, dormimos, trabajamos, transitamos los 28 días intensamente vividos desde el domingo que debutamos contra Bosnia hasta el pasado 13 de julio al calor del honroso, histórico desempeño de la Selección en el Mundial.
¿Y ahora? ¿Qué hacemos con el vacío, con el asomo de aburrimiento, con el atisbo de nostalgia, con los intentos de la artera angustia, colada a quien nadie invitó a esta fiesta, de inmiscuirse en nuestros ánimos, que poco a poco intentan volver al ritmo normal, a las pulsaciones esperables para una rutina cotidiana generalmente estable? ¿Qué hacemos?
¿Bajamos la persiana, listo, ya pasó el 2014, qué lástima, nos vemos en el 2018 y hasta tanto si te he visto no me acuerdo, querida Selección argentina? ¿Intentamos ilusoriamente hacer que Brasil 2014 perdure en el día a día, los resúmenes de los partidos en la grilla deportiva de la televisión, las mejores jugadas en Youtube? ¿Seguimos organizando los asados domingueros pero para ver los mejores goles que el más fanático (reticente a aceptar que la cosa terminó) del grupo recopiló?
¿Seguimos proponiendo chascarrillos sobre las indudablemente infinitas virtudes de Masche? ¿Estiramos los balances, prolongamos sin sentido el estudio de las características de cada jugador? ¿Le echamos agua mientras podamos a la sopa del análisis del desempeño argentino, para que dure hasta que la nostalgia se diluya y de pronto Brasil 2014 pueda pasar al estante de los recuerdos mundialeros sin sentir que nos arrancan una parte que se nos volvió propia durante el último mes? ¿Cómo procedemos ahora? No vendría mal un Manual de Estrategias Superadoras del Mundial que se Termina.
Pero es mejor cobrar valor, respirar hondo, en todo caso morderse los labios, y decidirse a seguir, como luego de todo proceso intenso vivido que se termina, reservándonos el derecho a guardar los recuerdos más placenteros, que pasarán a ser pasado, y a mantener en auge lo que merece quedar presente.
¿Qué nos queda?
Cada uno resguarda su lo-más-placentero, tanto de lo propiamente futbolístico como del folklore que lo rodea: el desborde transversal de Lío a lo largo del área de Bosnia, los bosnios chocándose entre ellos en la infructuosísima tentativa de retener, siquiera golpear, al maravilloso chiquitín, la bola colándose al ladito del poste; las calles, veredas y plazas de todo el país desiertas a la hora de cada partido, el inhóspito silencio callejero y los bulliciosos y exaltados livings de cada hogar que congregaba al grupo de familiares y amigos. La impredecible, inexplicable comba del zurdazo del 10 que demostró a los iraníes que, por más anti-fútbol que sea el planteo, la belleza y la magia de los mejores siempre encuentran cómo vacunar; los intrépidos grupos de futboleros que partían, alocada procesión a La Meca del fútbol mundial, rumbo a las tierras de la samba, amuchados en autos y combis, incluso vendiendo toda clase de pertenencias en ridículos remates con tal de juntar las guitas para la nafta, y allá se verá qué se come…
El juego que pudo desplegarse ante los nigerianos y ese hermoso tiro libre que él, sí, nuevamente él, el mejor del planeta, clavó en el ángulo del resignado arquero africano; el desahogo de Angelito Di María rompiendo el cero personal y el colectivo en ese trabado, difícil partido contra Suiza; el himno nacional antes de cada contienda, no cantado (malditos organizadores) pero sí entonado con ese inconfundible fonema “oh” de las hinchadas argentinas, que logra conmover la fibra más interna del espectador, tanto dentro del estadio como a través de la TV. Las imponentes fortaleza y estabilidad argentinas contra Bélgica y la emoción, por un lado, de saltar tras cinco mundiales el cerco de los cuartos, y por el otro, de enfrentar nuevamente a los holandeses, los malditos holandeses, en las semis; las tan pretenciosas como infundadas observaciones sobre el rendimiento de Messi, el planteo táctico de Sabella o el despliegue defensivo del ocasional rival, por parte de ciudadanos de la familia de los “paracaidistas del fútbol” que graficara una publicidad, amateurs pero confiados analistas que podían encontrarse en colectivos, kioscos, programas de radio o en cualquier parte…
Ya en instancia semifinalista, la consolidación de Él, aquél ser inconmensurable que dejó chiquito al animal de Robben, los 120 minutos que fueron prueba cabal, exhaustiva, de la supremacía mascheraniana por encima de las demás especies de la naturaleza, y esos dos penales atajados por Chiquito Romero que dejaron afónico y afónica a todo argentino y argentina con algo de temperatura en sangre; los esperados, ansiados, detalladamente planificados mitines para ver a la Selección, fernet, vino, cerveza, mate o el tentempié que sea mediante, cada argentino se retrotraerá a las suyas, el redactor por su parte recordará siempre esa planta baja de Alameda de la Federación, la cabulera disposición de las cosas y las personas en los mismos lugares, hermético feng shui mundialista, y el catálogo de palabras prohibidas de pronunciarse a riesgo de perpetrar mufa o quemar un gol.
Y a lo último, como ápice de 28 días exactos de euforia colectiva y popular, de haber atravesado por todos los estados de ánimo que el fútbol pueda provocar en sus adeptos y en los no tanto, esa histórica final contra la máquina alemana, los pibes argentinos contra los robots teutones, los gurises de la celeste y blanca interponiéndole al triunfo germánico un partidazo, un enorme esfuerzo que la soberbia alemana subestimaba, 120 minutos de sacrificio y temple, de una contienda apasionante que bien podría haber terminado con el uno en el arco del cojonudo de Neuer (ese que casi noqueó al Pipita para quedar como víctima ante los ojos del –perdón por corrernos del léxico de la nota- sorete del árbitro tano) y podría haber hecho que la Copa, esa hermosa Copa, viaje por tercera vez hacia tierras argentinas.
¿Y qué hacemos?
Evidentemente, el hecho más trascendente, notorio, que nos deja el Mundial 2014, por fuera de lo futbolístico, es la presencia popular en las plazas de todo el país, el apropiamiento de las ágoras urbanas y pueblerinas por parte de un pueblo urgido de encontrarse y celebrar.
El clásico oportunismo kirchnerista no dubitó a la hora de enmarcar, arrogarse, más aún explicar este fenómeno a partir de los logros que, en sus análisis, la “década ganada” trajo a la Argentina. Por los paneles de sus inefables bocinas propagandísticas desfilaron intelectuales y politiqueros intentando hacer pasar consignas como “esta selección es un resultado del estado actual de la sociedad”, o cayendo en contradicciones como al afirmar que “los buitres de la comunicación esperaban la derrota para hacer un uso político”, como si el gobierno nacional y el arco kirchnerista no hicieron el mismo uso por su parte, en todo caso de las victorias, más o menos soslayado pero real en fin.
Lo que sin dudas pudo sentirse en cada uno de los festejos fue un estado de algarabía y emoción fundado obvia y principalmente en el motivo futbolístico que implicó cada paso adelante de la Selección en el certamen. No obstante, desatento e incluso ingenuo resultaría ignorar el potencial de movilización que posee el pueblo argentino, tantas veces motivado por causas políticas y probado en verdaderas batallas que forzaron el avance en nuestros derechos. Es el potencial que enorgullece ver expresado en la conmoción que recorre el canto del himno, o en la euforia con que cada garganta grita “el que no salta es un inglés”, latente pero fervoroso sentimiento antiimperialista de un pueblo que no acepta ver flameando la bandera pirata en nuestras Malvinas.
Dejar atrás esas concentraciones en las plazas, que pueden ser algunos de los principales recuerdos que nos deje Brasil 2014, también genera nostalgia. Pero ¿por qué dejarlo atrás? Tal vez podamos evitar la queja y la simplificación de frases como “nos acordamos de que somos argentinos y nos ponemos la camiseta sólo para los mundiales” y pasar a pensar y discutir el tema más en serio y en profundidad.
El trapo pirata en las Malvinas sigue bailando impune al viento, todos los 2 de Abril lo denunciamos; la década ganada no es tal ni mucho menos, al menos para la mayoría de los sectores populares del país, más allá de lo que propagandicen los pregoneros de la mentira oficial; se mantienen inalterados de fondo prácticamente todos los motivos que llevaron tantas veces a los ignorados y los oprimidos de la Argentina a ocupar esos espacios públicos durante nuestra historia de lucha como pueblo…
Entonces, ¿por qué dejar de ocupar las, nuestras, plazas? Todos sabemos cómo se sienten la alegría y la fuerza de encontrarnos como pueblo. Ahora que pasó Brasil 2014, ¿esperaremos hasta Rusia 2018 para volver a hacerlo?
Publicado por Río Bravo el 17 de julio de 2014.





