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Martes, 13 Mayo 2014 20:52

Para enfrentar a los mercaderes de la muerte

Escrito por Ignacio González Lowy

El psicólogo social desarrolló un taller en la Facultad de Ingeniería de la UNER. Las adicciones, particularmente entre los jóvenes, y la necesidad de  estrategias preventivas para la problemática, en una mirada comprometida y crítica.


Horacio Tabares es psicólogo social y trabaja en Rosario, investigando, interviniendo y militando, en centros comunitarios de salud mental, y autor de un libro imprescindible “Sobre consumos y violencias”.

El pasado lunes 12 de mayo concurrió por segunda vez a la casa de estudios de Oro Verde, invitado por la cátedra de Salud Pública, para abordar el complejo problema del crecimiento de las adicciones de diverso tipo entre adolescentes, jóvenes y en general en Argentina; y del rol que deberían y podrían jugar el Estado, las escuelas, los trabajadores de la salud y los psicólogos sociales al respecto. No se queda en consideraciones médicas ni técnicas: analiza y critica el sistema mediático cultural (que define como el “marketing” de las drogas) que siembra y esparce la idea de que diferentes sustancias adictivas son inocuas y hasta recomendables.

Pandemia social

Tabares sostiene que vivimos una “Pandemia social de consumo de sustancias”, una epidemia descontrolada. En los hechos, hay una curva ascendente de los consumos, registrada por el Observatorio Nacional de Drogas del Sedronar.

En este sentido, precisa: hay dependencia de alguna sustancia cuando uno no puede más autorregular su consumo, aunque sepa que ese consumo es dañino (de su salud, vínculos familiares, etc.). La ecuación sujeto / objeto de consumo se ha convertido.

Pasando lista, la primera sustancia adictiva consumida en el país es el alcohol. El 70% de la población de 13 a 65 años lo consumió al menos una vez el último año. Sostiene Tabares que hay un proceso de alcoholización de la sociedad, con una fuerte base e impronta cultural. De esa masa, una minoría ingresa a la patología del alcohol (conocida como alcoholismo), aunque el número igual asusta: entre dos y tres millones de argentinos tienen una relación conflictiva con el alcohol.

El 45% consume nicotina, pero casi todos los que fuman son adictos a la misma (fase de dependencia), al revés (en la relación proporcional) de lo que ocurre con el alcohol. Por ello las tabacaleras buscan introducir en el consumo a los adolescentes, para tener una población activa que fume antes de los 16 y 17 años, edad en la que el adolescente vive en condición mágico omnipotente (ausencia de noción de los riesgos). La nicotina es una sustancia psicoactiva legal, cuyos efectos lesivos se registran tarde. De hecho, al año se producen 25 mil muertes evitables que tienen su origen en la nicotina (“125 cromañones silenciosos”, dirá Tabares).

La marihuana, en crecimiento

Una sustancia que viene cabalgando hacia los primeros lugares en la lista de los consumos principales, con gran rating en el marketing (mediático y cultural), es la marihuana. Hace pocos años el promedio era de 8 a 10% de consumidores, pero entre los jóvenes de entre 17 y 24 años de edad la tasa era del 17%. En escuelas de clase media baja de Rosario, un testeo actual dio más del 30%. A esto se agrega que la marihuana está conformada por unos 400 componentes químicos, de los cuales unos 60 son cannabinoides, de entre los cuales hay uno que es el THC, que produce los efectos más serios: alucinógenos (deforma la percepción de lo real), y puede provocar hasta crisis sicótica. Bien: la marihuana hace 30 años tenía, en promedio, un 4% de concentración de THC, actualmente tiene entre 15 y 18%.

Las consecuencias que se han registrado en pibes consumidores de marihuana varían según la cantidad que se consume, la persistencia en el consumo, el grado de concentración de la sustancia y la persona que consume (edad, estado clínico…). De todos modos, se han registrado crisis sicóticas, erosión de la memoria inmediata (aprendizaje), con el paso del tiempo hasta síndrome a-motivacional, y afectaciones de la glándula de crecimiento y el desarrollo toráxico en los gurises consumidores… Más discusión hay respecto de si ataca o no las neuronas (sí lo hace el alcohol, la cocaína y las anfetaminas).

Una batalla (no sólo pero también) cultural

En tiempos en los que el consumo de marihuana crece a pasos agigantados entre adolescentes y jóvenes, crece también el debate entre especialistas y a nivel popular también. Las posturas son diversas: desde el paradigma que sobre el consumo de sustancias psicoactivas plantea que la intervención oficial debe limitarse a buscar la “reducción de daños”, hasta el planteo de que la batalla contra su uso masivo ya está perdida, planteo que esconde, con ingenuidad o hipocresía, que hasta ahora nunca ha habido realmente una “guerra” –por tomar el término que la versión oficial utiliza- contra el narcotráfico; por el contrario, las intervenciones militares de los yanquis y sus aliados siempre han sido en función de sus intereses geopolíticos estratégicos y no para combatir un narcotráfico del que en los hechos son parte y socios.

Desde la otra vereda, Tabares propone la prevención como práctica social transformadora, que busca modificar una realidad que afecta la salud de importantes sectores de la población. De optarse por esta estrategia (no es lo que nuestros gobiernos han venido haciendo), implicaría asumir, entre otras cosas, la necesidad de enfrentar con información real y fidedigna el fuerte marketing que llevó al aumento de la tolerancia social y la baja percepción social de daños de la marihuana y su consumo.

Efectivamente, el alcohol y la nicotina comparten características en las representaciones sociales más difundidas y trabajadas por múltiples mecanismos culturales y sociales, que incluyen, con contradicciones y génesis diversas, ramificaciones en la “cumbia villera”, el rock, el fútbol, entre otros consumos culturales populares. Las características referidas son:

- baja percepción social del daño;

- tolerancia social. Incluso el alcohol está asociado fuertemente a la idea y la posibilidad de la diversión.

La marihuana va en ese camino. Por ello es que las estrategias preventivas tienen que apuntar a esos dos elementos. La prevención, por ello, sólo puede (y debe) ser en redes con diversos actores sociales con inserción en el territorio, para que la modificación de los esquemas de representaciones sociales al respecto sea un producto social colectivo.

Efectivamente, el consumo de sustancias psicoactivas encaja a la perfección en diferentes parámetros, hábitos y estilos promovidos por la sociedad de consumo. El mismo aparece como recurso efectista para quien necesita huir de las presiones, angustias y dolores de la vida “líquida” a la que se refiere Zygmunt Bauman (y de las injusticias sociales, agregamos). Según Tabares, la adicción exacerba el individualismo que ya de por sí la industria cultural promueve: anula al otro y me encierra en mi burbuja. Los grupos de adictos son soledades amontonadas: todas las interacciones giran alrededor de la sustancia.

Estado, ausente o cómplice

Y ante esto, ¿qué estrategias o articulaciones se da el Estado para trabajar con esos índices? Allí es donde salta el gran problema de la falta de políticas públicas sobre las drogas. No hay estrategias preventivas ni formación de recursos humanos. En la provincia de Santa fe, por ejemplo, hay 4.860 establecimientos educativos; si existiera un centro de tratamiento de adicciones cada 10, debería haber 480 centros. Si los hubiera, no hay especialistas para cubrirlos.

Desde la mirada de Tabares, la educación es sustancial: el que no sabe, está indefenso, aunque con saber no baste. Debería esta problemática estar incorporada explícita y transversalmente en planes de estudio de las escuelas, pero para ello también debe haber una estrategia integral de formación para el conjunto de los docentes. El problema es que ello no reditúa en política (electoral) a corto plazo…

Y el problema, agregamos, es que todos los datos, las noticias, los hechos de estos últimos años, parecen confirmar que el Estado, como en los “90s”, no está ausente: está bien presente, como socio y cómplice de los mercaderes de la muerte. Allí, entre las bandas narco que asolan ciudades y barriadas por todo el país, gobiernos de distintos signos consiguen no sólo buenos negocios sino también mano de obra barata y segura para la realización de sus peores necesidades criminales.

Nadie puede decir a ciencia cierta si, como algunos aseveran, vamos “camino a ser Colombia o México” o no. Lo que sí podemos asegurar es que si los docentes, trabajadores de la salud pública, militantes populares, no toman como compromiso fundamental el de declararle la guerra frontal y definitiva a los mercaderes de la muerte que trafican, comercian y apologizan las drogas, será difícil que se modifique la realidad que cada vez más lastima, hiere y abunda en las escuelas, hospitales, calles y esquinas de nuestros pueblos.

La participación de Tabares y de decenas de estudiantes, docentes, trabajadores sociales y psicólogos sociales en este taller, nos alienta a pensar que hay con qué avanzar en este camino.

Publicado por Río Bravo el 13 de mayo de 2014.

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