A pocas cuadras del microcentro de nuestra ciudad, pero al mismo tiempo lejos del cobijo urbano que ofrecen su barullo aturdidor y sus muchísimos edificios, se encuentra un reino conocido por no muchas personas pero que alberga secretos y verdades ante las cuales no muchos lograrían mantener la boca cerrada.
Emprenderemos un viaje, no peligroso pero sí emocionante, hacia las tierras del Rajá Medina, “Sultanino” para los que lo conocen, aunque para nosotros es “El Sultán de la Música”.
Para la travesía preparamos los menesteres que siempre deben acompañar al cronista: termo y mate son las provisiones, las armas, birome y cuaderno. Acercándonos a los territorios del Rajá notamos la evidencia de que vamos por buen camino: los acordes y contratiempos de “Decarissimo” del legendario Astor Piazzolla nos anuncian que estamos próximos a su palacio.
Finalmente llegamos a Monte Caseros 610. El sultán baja personalmente a recibirnos y, con su característica y amable tranquilidad, nos invita a acceder a sus aposentos. Su aspecto es inconfundible: una larga bufanda marrón desciende prolijamente sobre la tela negra y gruesa de un sobretodo que llega casi hasta el suelo, tapando a medias sus zapatos mocasines. Esto es lo que causa la impresión de que el Sultán, al caminar, se desliza por encima de la vereda, como a veces se lo ve atravesando la Peatonal, concentrado en su rápido andar y mirando fijamente el piso. Sus ojos negros son penetrantes y hay quien diría que hasta intimidan; sus pelo y barba entrecanos atestiguan con bastante generosidad sus casi 70 años, y el movimiento vertical de su prominente bigote acompaña graciosamente cada una de sus palabras.
Una escalera caracol al fondo de un garage nos conduce hacia el primer piso, donde Sultanino tiene su espacio de trabajo: una habitación grande y atiborrada de libros, discos y decenas de otros objetos que conforman un valiosísimo cachiquengue de reliquias culturales. El ambiente es un oasis de cultura, donde el Sultán guarda las mercancías que luego comerciará con sus clientes, protegido por su ejército de libros, servido por un séquito de revistas y acompañado por su harén de discos vinilo.
Tratemos de especificar la profesión del Sultán: ha sido etiquetado como librero, disquero, coleccionista, etc. Él mismo no nos proporciona una definición precisa de su oficio, por lo que acordamos utilizar cualquiera de aquellas nomenclaturas; en sí, es un poco de cada cosa. O todo junto. Sí nos comenta, por otra parte, acerca de su antiguo desempeño como empleado del correo y vendedor de ropa. El hombre, nacido en Villa Maza, un pequeño pueblo al sur de la provincia de Buenos Aires, comenzó a desenvolverse como mensajero a sus 14 primaveras, para unos años después pasar a vender ropa en un comercio paranaense. Unos años de ahorro y bonanza le permitieron adquirir su propio local de vestimenta masculina, aunque la malaria que sobrevino a la dictadura militar y que continuó con los gobiernos de Alfonsín y Menem, lo obligó a abandonar dicho comercio. Fue entonces que comenzó a vender sus valiosas pertenencias al público, y así nació el “sucucho barcelonés”, como él mismo lo denomina y que aún sigue atendiendo.
Desde sus inicios el negocio vio transitar entre sus pasillos a muchos compradores e interesados, inclusive provenientes de Rosario o Capital Federal (el Rajá nos cuenta que un día llegó a recibir la ilustre visita de Alejandro “El Negro” Dolina). Sin embargo, el caudal de clientes ha mermado muchísimo en los últimos años. Esto es causado principalmente por la nueva ubicación del local, que antes funcionaba en la Peatonal. “Los alquileres se han ido por las nubes”, se lamenta el Sultán reflexionando sobre la falta de visitas, aunque aclara que el aspecto económico de su oficio no lo desvela ni mucho menos. “Esto es más un entretenimiento que un lucro. Yo vengo acá a charlar con la gente sobre música o cine; plata no me deja, pero la guita es algo que nunca me interesó”, confiesa, diferenciándose así de ciertos comerciantes avaros que tanto abundan en nuestra querida ciudad. Y como último comentario acerca de su clientela, la caracteriza (aparte del público en general) dentro de los ambientes de la música y el profesorado. Ve a Paraná como una ciudad “poco lectora”, y agrega: “no se ve gente en las plazas leyendo, no hay un interés notable en la literatura”.
Adentrémonos en el laberinto de papel y música y recorramos en 30 segundos el local: Mahatma Gandhi escribe sus enseñanzas en “La base moral del vegetarianismo”; al lado, Billiken y Anteojito compiten con sus enciclopedias infantiles como lo han hecho siempre; a siete u ocho lomos de distancia descubrimos el serio semblante de Hugo Chávez en la tapa de una de sus biografías, y una sensación de relajación nos invade instintivamente al ver un cd de jazz de los ´50, pero desaparece un segundo después y un escalofrío se cuela en nuestra nuca: “Mi lucha” de Adolph Hitler. Seguimos la caminata y Martín Fierro nos saluda desde el lomo de su tobiano; un poco más y una fotografía del Rajá a los 35 o 40 años (el parecido con Salvador Dalí es sorprendente) y, cerrando el recorrido, “Cujo”, del genial Stephen King.
Mientras nos retiramos del negocio prestos a almorzar, pues (aunque ahí dentro el tiempo pareciera no correr) ya es mediodía, reflexionamos. Se puede decir sin dudas que “Sultanino” (a fin de cuentas tal es el nombre del local) es la librería, revistería y disquería más rica, completa y variada de la región. Pero se puede decir mucho más: “Sultanino” es él, es Rubén Medina, es ese personaje tan llamativo como intrigante que durante años ha formado parte, a su manera, del movimiento artístico de Paraná. Y se ha ganado con creces su lugar en la vitrina de sus personajes más queridos y conocidos. Larga vida al Sultán.
Por Ramiro García Valentinuz. Publicado en Río Bravo el 14 de marzo de 2011.

