La respuesta es que sí, todo bien. M.J. no se queja ni una sola vez. “¡Siete! ¿Y estás bien?” Le respondo con incredulidad, cuando me dice que ya van siete contracciones. Ella va sentada tranquilamente y sonríe. Entonces descubro que cuando está teniendo una contracción, hace una mueca en el rostro y aprieta sus manos con firmeza. Pero no se queja ni una vez. De alguna forma hay que mantener la dignidad.
Vamos camino a Paraná porque en el hospital local (de Diamante) siempre falta algo. No hay médicos por falta de “presupuesto”. Si llegara a complicarse y hubiera que hacer cesárea, no hay anestesista. Tampoco hay colchón, nos dicen. En el Hospital San Roque, la cosa no está mejor.
La “redistribución de la riqueza” no se percibe por ningún lado. Quién sabe por qué, si en los discursos de los gobernantes, presidenciables o no, la educación pública está bárbara y la salud está genial. Quién sabe cuántos millones habrán invertido en el camisón de harapos que tiene que vestir M.J. Pienso en esas palabras “mágicas” de los discursos mientras le ayudo a atarse la tirita de un lado con una hilacha que cuelga del otro y no sé dónde diablos meterme la rabia, dan ganas de gritar. Pero en el área de maternidad nos atienden bien y la cosa no da para andar a los alaridos cuando mi pobre amiga, después de estar esperando en un banco por más de media hora a que se desocupe un lugar y con ocho de dilatación, está tendiéndose la cama ella misma (con las sábanas limpias que le han dejado), mientras yo entrego “los papeles” que piden y están ahí, en el bolsillo de la mochila. El personal, aún en un ambiente bastante estresante, es cordial, excepto que uno no cumpla las reglas. Pero sus ropas también dan lástima. Todo está limpio, los camisones y las sábanas, los carritos con ropa lavada y materiales descartables pasan delante de mí. Pero la desidia y el abandono de la salud pública estallan de vergüenza y rabia en todos los intersticios.
Una chica de unos veinte años, que va por su tercer hijo, me cuenta que tuvo al último, un recién nacido de tres días, en la silla de ruedas. “Tuve que esperar un montón porque no había lugar, y cuando me llevaban empecé a tener contracciones y bue…, nació ahí”, dice. Por ahí se oye el grito de una enfermera de uniforme azul impecable. La tensión se le nota en el rostro, se mueve con una rapidez increíble de aquí para allá. “Si no necesitás nada más yo me voy a otro lado, ¿sabés?” Le dice a M.J. “Ahí te dejo una toallita. Acá hay alcohol para limpiar el ombligo y éste es alcohol en gel para limpiarse las manos.” “Usted señora, ahí debe haber alguna silla desocupada para que se siente”. No alcanzo a buscarla que ya me la trae. Le doy las gracias y se va volando. No hace falta abrir la boca, me doy cuenta de que hace lo mejor que puede.
M.S. nació el 31 de Enero después del mediodía en un hospital público argentino. En las dos horas que aproximadamente estuve esperando fuera del “área restringida por razones de exceso de demanda” (1) , nacieron entre 7 y 10 entrerrianitos. Nacieron con hambre y en la pobreza, en algunos casos extrema, de mamás de piernitas flacas y desnutridas. Nacieron mientras Kristina ofrecía un almuerzo “de honor” a Dilma Rousseff en la Cancillería, mientras se llenaba la boca con palabrería grandilocuente, vacía y entreverada, mientras Kristina hablaba de “integración productiva”:
“Si algo nos identifica a ambas es saber que el crecimiento económico es bueno si puede llegar a todos los hombres y mujeres de la nación”, dijo la presidenta. Y nació un bebé en el hospital.
“El desarrollo y crecimiento” (de Argentina y Brasil) “no puede estar desvinculado de la situación social que viven nuestros pueblos”, dijo la presidenta. Y nació otro bebé en el hospital.
“No puede haber contradicción en unir el esfuerzo de ambos países con mayores PBI de la región” dijo la presidenta…
¿Hace falta volver a hablar de doble discurso? ¿Hace falta recordar que este gobierno escribe con la mano y borra con el codo? ¿Hace falta preguntarse y entonces adónde carajo está el fruto de nuestro esfuerzo, la coparticipación, la distribución de la riqueza del PBI, del crecimiento económico y la integración productiva? No. Ya no caben esas preguntas. Después de alabar a la presidenta de Brasil “como mujer, como política, como madre y como sujeto histórico de América del Sur”, la presidenta argentina dejó en claro que tal integración apunta a los “sectores privados” (2). Claro, ella no tiene que parir en hospitales públicos, se atiende en clínica privada. Tampoco mandó a sus hijos a escuelas públicas y uno de los mayores PBI de la región ya sabemos dónde lo “distribuye”.
* En la foto, Urribarri junto al ministro de Salud de la Nación, “don Manzur”, en un acto realizado en julio del 2010, en el que agradeció “la enorme consideración que tiene Nación con Entre Ríos. Este ha sido el gobierno que más ha ayudado a nuestra provincia en la historia de la democracia argentina”.
Notas:
1. En el Hospital Materno Infantil San Roque, según cifras brindadas por el personal, se producen unos 200 nacimientos por semana. Muchas madres llegan desde el interior de la provincia, donde los hospitales locales no pueden cubrir las necesidades mínimas.
2. Cristina Fernández de Kirchner, declaraciones a la prensa del 31/01/11.
Publicado en Río Bravo el 05 de febrero de 2011.

