Luego de dos años sin aumentos salariales, cobrando en promedio unos miserables $4.200 (mientras en Santa Fe, acá a unos pocos kilómetros, los trabajadores del mismo rubro se llevan casi el doble), con condiciones laborales que podrían servir de ejemplo para explicarle a un gurí lo que es la explotación (30 empleados para atender las demandas y necesidades de 50 mil usuarios); los trabajadores de Redengas S.A. en Paraná, representados por la APJ Gas, dijeron basta.
La empresa monopólica de distribución de gas natural en la ciudad se encontró con la resistencia firme, convencida, de sus 30 trabajadores prácticamente en unanimidad. Su respuesta inmediata fue la brutalidad a la que están acostumbrados quienes creen que, desde la patronal y seguramente con unos cuantos amigos en los ministerios necesarios, pueden llevarse por delante el mundo y a quienes tengan la mala suerte de estar allí dentro. Suspendió a todos los que participaron de la asamblea del jueves 19 de septiembre y despidió a uno de los que identificó como “responsables” del conflicto. Tres días después, la empresa no sólo no había aflojado un tranco sino que los despedidos eran dos más.
Remar contra la corriente
Las cartas no parecían estar marcadas a favor de los trabajadores, que ya el lunes 24 estaban decididos a no retomar sus tareas (de las que además estaban suspendidos) hasta que se consiguiera el aumento salarial y la reincorporación de todos y cada uno de los despedidos y suspendidos. Para empezar, cargaban en su memoria con una historia de traiciones: el Sindicato de Empleados de Comercio, tradicional “representante” del colectivo, los había abandonado a la deriva pocos años antes, en el medio de un conflicto, con cinco despedidos como saldo. Por su parte, la patronal parecía inflexible y dispuesta a todo: un solo trabajador quedó “activo” (no suspendido ni despedido), en guardia por cualquier accidente, escape, que de más está decir no en todos los casos pueden ser atendidos por una sola persona. El drama de los 22 argentinos muertos en la explosión y derrumbe de Rosario, hace tan poco tiempo, no parecía pesarles fuerte en los hombros a los empresarios que decidieron poner en riesgo a todos los paranaenses sin importarles ni las consecuencias ni el qué dirán. La empresa publicaba solicitadas en los medios, adjudicando el conflicto a una “interna gremial”, junto a avisos clasificados solicitando personal (para reemplazar a los huelguistas) y buscaba aparentar que ninguna bala le entraba.
A esto se suma (y no en forma secundaria) un discurso predominante que marca y remacha (en el “relato oficial” de los medios, “la política”, los jerarcas sindicales, etc.) que es imposible ganar una pelea en una empresa privada, encima monopólica, encima de servicios públicos, encima contratista del Estado, encima de capitales internacionales, encima con historias de traiciones sindicales, encima, encima, encima…
Remar con viento a favor
Pero había también muchas cartas en manos de los laburantes, que ellos tuvieron la inteligencia, la convicción y la decisión de marcar a su favor. En primer lugar, el acudir como sindicato a la Asociación de Personal Jerárquico de la Industria del Gas Natural, Derivados y Afines (APJ–GAS), en el marco de la CTA Nacional que conduce Pablo Micheli, referenciada en estos pagos en la CTA Paraná, en lugar del supuestamente “oficial” Sindicato de Empleados de Comercio, ya fue una decisión que los paró desde un lugar distinto. No estaban dispuestos a ser utilizados, pisoteados ni basureados. Habían sacado en limpio algunas páginas de su propia historia, y ésta vez querían ganar.
La apertura a recibir la solidaridad y el apoyo de otros gremios, que los acompañaron en la radio abierta del viernes y en las movilizaciones del lunes y el martes al Ministerio de Trabajo de la provincia, también los paró en un lugar distinto. Militantes de AGMER Seccional Paraná, de la UCRA (choferes) y de SECFER (empleadas de casas de familia), en el marco de la CTA Paraná, batieron redoblantes y palmas durante horas con los trabajadores suspendidos y despedidos de Redengas, priorizando la solidaridad de clase y la unidad en la lucha por sobre los intereses particulares y “cortitos” de lo exclusivamente sectorial.
Asimismo, la convicción los llevó a ir subiendo la apuesta: de la asamblea a la quema de cubiertas, a la movilización, al corte de calles. “No se puede abandonar el bote en el medio del río”, se escuchó varias veces. El último día de conflicto, el martes, durante cuatro horas los trabajadores cortaron calle Buenos Aires, en pleno centro de Paraná, generando un caos vehicular como hace mucho tiempo no se veía durante un tiempo tan sostenido.
Sin dudas, todos estos elementos, sumados a una conducción nacional de APJ Gas que estuvo presente junto a sus representados en todo momento, acompañando la lucha y ayudando en la organización, influyeron en la necesidad, tanto de la patronal como del gobierno provincial a través del ministerio de trabajo, de darle un corte a la situación y una solución al conflicto, aunque no fuera la que los mandamases esperaban.
Un triunfo de la lucha
Seguramente la enumeración de lo conquistado, estipulado claramente en el acta firmada tras la audiencia de conciliación en el ministerio de trabajo (con los laburantes esperando y metiendo ruido en el corte de calle, ventana de por medio), no grafica cabalmente la importancia de este triunfo. El 25% de aumento salarial escalonado (el negado y postergado aumento); el sueldo básico mínimo de aproximadamente 5.500 pesos; la actualización de lo pagado por antigüedad; el aumento diferencial para los rubros fallo de caja, guardia activa y guardia pasiva; la “inmediata reincorporación de todos los trabajadores que fueron despedidos con motivos de las medidas de fuerza” y el quite de efecto a “todas las sanciones que se hubieran aplicado” a los trabajadores; el reconocimiento del 5 de marzo como día del trabajador del gas (no laboral); además del compromiso por parte de la empresa de comenzar análisis y negociaciones respecto de las condiciones de trabajo del personal destinado a guardias y mediciones; son los puntos incluidos en el acta acuerdo firmada por el secretario de Trabajo, Aníbal Brugna; el titular de Redengas, Alberto Gutiérrez; el titular de la APJ Gas, Rubén Ruiz; y el secretario general del Sindicato de Comercio, Daniel Ruberto. Como punto en contra, pero que hubo que negociar como costo menor en la disputa por la reincorporación de todos y el levantamiento de las suspensiones, la empresa no abonará los tres días de huelga.
“Ustedes van a vivir mejor”
La idea de que ninguno de los trabajadores que formó parte de esta experiencia de lucha salió de ella tal como entró era la que primaba en el festejo del martes por la noche. Rubén Ruiz, secretario general de la APJ Gas a nivel nacional, lo sintetizó de este modo: “Nada va a ser igual para ustedes a partir de mañana. Más allá de lo que se consiguió, que parecía tan difícil cuando esta lucha arrancó, ustedes levantaron la cabeza después de años de maltrato y de aguante, y ahora ya nada va a ser igual. Se van a mirar distinto entre ustedes mismos. Lo que compartieron y el modo en que enfrentaron la soberbia de la patronal va a hacer que ya no los puedan prepotear más. Estoy seguro de que van a vivir mejor.”
El llanto de algunos de los trabajadores en el propio corte de calle, luego de la lectura del acta, es una de las imágenes más fuertes que este cronista tenga en su memoria respecto de cómo se puede vivir, sufrir y experimentar una lucha de clase. Las historias son tantas que cuesta creer que los laburantes implicados no fueran más de 30. El “marido” que bancó el corte toda la mañana en “reemplazo” de la trabajadora del gas con un embarazo en su etapa final y con reposo obligado; el “papá” que cruzó el auto para reforzar el corte cuando la marea de taxis, autos y colectivos que se tenían que desviar se hacía demasiado intensa; el despedido que no le quiso contar a su esposa que había sido despedido para no arruinarle su cumpleaños, y que pudo soltar la angustia contenida en un llanto cuando el acta con su reincorporación ya estaba firmada; el delegado gremial que estaba haciendo sus primeros pasos en la materia (en una empresa acostumbrada a llamar uno por uno a los laburantes para “apurarlos”) y que en ningún momento dudó de que, si todos estaban unidos, la lucha se podía ganar; el laburante que al enterarse del despido de uno de los más antiguos en la empresa dijo basta, me voy con él afuera, y recibió su carta de despido también; el único trabajador no suspendido que consultaba con sus compañeros en el corte cómo reaccionar cuando era convocado ante una emergencia…
Son tantas y tan intensas las historias que se pueden contar de lo ocurrido en tan pocos días, que no cabrían las emociones y experiencias en una nota. Lo que está claro es que todos, los trabajadores de Redengas, pero también los docentes y otros laburantes que participaron de la lucha, aprendieron y crecieron con ella. La idea de que hay monstruos contra los que no se puede, quedará para muchos como una idea del pasado.
Y como dijo Ximena Rattoni, de la comisión directiva de la APJ Gas, “bienvenidos los avisos clasificados pidiendo nuevos empleos que publicó la empresa, porque hacen falta más trabajadores”. Ironías al margen, la idea es clara: en Redengas, el martes con la firma del acta, no terminó nada. Hay una parte de la historia de esos 30 laburantes, que en ese instante recién comenzaba.
Publicado en Río Bravo el 27 de septiembre de 2013.

