Esta mañana se anegaron muchos establecimientos educativos de Paraná. Los pibes veían cómo sus escuelas se inundaban con el agua que entraba por los techos, por los vidrios rotos de las ventanas o por los sumideros que pasaron a funcionar de modo contrario a aquél para el cual fueron creados. Los docentes y no docentes no daban abasto con los escurridores y lampazos para tratar de evitar la inundación. Los aglomerados y terciados de los precarios muebles iban dejando que la capilaridad del material hiciera lo suyo y el agua absorbida pasó a estropear libros, cuadernos y materiales didácticos. Hubo escuelas que debieron correr a conseguir bombas de desagote.
No fue la copiosa lluvia; fueron la falta de mantenimiento, la imprevisión, la falta de control en las certificaciones, las obras sobrevaluadas y mal hechas, los que provocaron el desastre. Fue la política del mucho ruido y pocas nueces la que en pocos minutos convirtió aulas y galerías en un fangal. ¿Quién puede aprender y quién puede enseñar en estas condiciones?
Ahora habrá que acudir a la lavandina y el desinfectante que no hay en las escuelas -porque el estado no provee- para matar las bacterias que entraron con las aguas servidas. La comunidad educativa volverá a arremangarse y hacer colectas y campañas para recuperar el material didáctico estropeado. Y los trabajadores de la educación redoblarán una vez más la lucha para que haya educación pública escuelas dignas.
Publicado en Tire y Pegue – Río Bravo, el 02 de mayo de 2013.

