Por qué peleaban nuestros desaparecidos
Hay una historia en la argentina que se empieza a contar desde el Cordobazo, en mayo de 1969. Allí explotó, si se me permite el término, lo que venía creciendo como reguero de pólvora bajo las calles, entre la gente de trabajo y los estudiantes. Ese grito unívoco de miles de gargantas es el que vino a apagar la dictadura. Un grito cuyas consignas eran democracia, salarios dignos, independencia económica, que incluía el no pago de la deuda externa, antiimperialismo, reforma agraria, revolución, y tantos otros.
Todo esto estaba presente en las calles de la Argentina convulsionada. Y todo esto fue aplastado por el plomo de la dictadura. Con el advenimiento de la democracia, a las Madres y Abuelas de plaza de mayo que nunca dejaron de marchar, se les sumaron las organizaciones de DD.HH. y los partidos de izquierda. De a poco se fueron consumando las multisectoriales que levantaban la justicia, la verdad, la memoria, y que recogían las banderas de los desaparecidos. No sólo se peleaba por la aparición de sus cuerpos y por la justicia, también se levantaba la antorcha que los generales creían haber apagado y que sin embargo seguía encendida. Esa antorcha eran sus consignas.
¿Qué pasó?
Pasó que en el 2003 el gobierno de Néstor Kirchner hizo algo que no había hecho ningún gobierno hasta entonces. Bajó los cuadros de Videla y compañía, abrazó a las Madres y Abuelas de plaza de Mayo, e inició en términos discursivos una ofensiva contra los asesinos de la dictadura. Esto le valió el afecto y la adhesión más que entendible de una parte de los organismos de DD.HH. y artistas populares que los acompañaban.
Pero con el correr de los años el Kirchnerismo, a pesar de mantener una actitud discursiva (y en algunos casos de hechos contra los criminales de la dictadura) llevó una política que iba en contra de aquello por lo que habían peleado nuestros desaparecidos. El pago de la deuda externa, en especial al Club de París (contraída para la compra de armas para la inminente guerra contra Chile), la continuidad de las empresas privatizadas, plan de la dictadura llevado adelante por el Menemismo, un modelo productivo agropecuario basado en la concentración con los pool de siembra que costó la expulsión de 60 mil pequeños productores del campo, la mantención de una ley a favor de los monopolios mineros que le permiten envenenar a pueblos enteros apostados sobre la cordillera, por el mísero pago de una regalías que apenas si alcanzan para cubrir la enfermedad seguida de muerte de los pobladores; son ejemplos de esta contradicción. Mención aparte merecen los más de 5 mil luchadores procesados, la Ley Antiterrorista, el Proyecto X, y la represión que en un principio fue llevada adelante por las patotas, como ocurrió en el Hospital Francés o con los terciarizados del ferrocarril Sarmiento, que le costó la vida a Mariano Ferreyra, por mencionar sólo algunos casos. Pero en los últimos años la represión fue en escalada, no ya a través de patotas sino de policías locales y gendarmería. Los hechos más significativos son los que ocurrieron en Formosa contra los quom, en La primavera, donde perdiera la vida Roberto López, en Capital Federal contra la ocupación del Indoamericano, en Terrabussi, defendiendo al monopolio imperialista de Kraft, y el último episodio de la represión en Jujuy, en Ledesma, donde la guardia del ingenio de Blaquier fue quien condujo la represión, desoyendo las autoridades provinciales, como si se tratara de un feudo con los capataces al mando. Carlos Pedro Blaquier, el amigo de Cristina.
Exigen la justicia por Ellos mas no la justicia por la que Ellos dieron sus vidas
Los organismos de los DD.HH. que han permitido la coptación del oficialismo han abandonado la antorcha que dejaran como legado los Desaparecidos. La han abandonado por algo menos "utópico", que es la justicia, la cárcel a los genocidas. ¿Se puede hacer justicia si los responsables económicos siguen libres? Blaquier, hoy beneficiado por el modelo productivo del Kirchnaerismo, fue partícipe de la desaparición de obreros en Jujuy. Empresarios como Paolo Roca, dueño de Techint y Aceros Paraná, hoy socio del gobierno, creció por los beneficios de la dictadura. La sociedad Rural, cómplice de la dictadura, que se acoplara al reclamo contra la 125 como opositor, mientras hoy su director Biolcatti aparece en actos de Cristina; ¿nada de esto alcanza como argumento para mantener independencia de un gobierno que está lejos de las consignas de Nuestros desaparecidos? No, y no alcanza porque ya no pelean por lo necesario en términos de justicia sino por la justicia en términos de lo posible. Pelean por ver la cara de Videla tras las rejas (lo cual no es poco) pero no por ver a los Blaquier de la dictadura pudrirse en la cárcel por cómplices, o condenar el pago de una Deuda Externa firmada con la sangre de tantos argentinos de ayer y de hoy. En esto se equivocan, aún con el respeto que nos merecen, se equivocan porque la justicia para los desaparecidos exige la continuidad de sus reclamos: un país soberano donde la justicia social imponga el hambre cero, donde la represión no exista, en el que ningún chacarero tenga que padecer el destierro, donde el Estado sea el verdadero propietario de la producción y del comercio nacional e internacional.
Nuestros desaparecidos no murieron en vano, pero esto no alcanza con decirlo, hay que alzar las antorchas que Ellos nos legaron y llevarla como una luz que alumbre los caminos de la verdadera justicia. Esto es posible, tan posible como le fue a los hombres de mayo hacer posible la revolución de 1810, y a San Martín con sus granaderos conquistar la independencia. Así como fue posible en Cuba derrotar al imperialismo yanqui, o en Bolivia imponer un "indio" por presidente. Si a los protagonistas de estas gestas les hubieran preguntado si era posible tamaña epopeya, seguramente hubieran dudado, pero igual pelearon no porque fuera o no posible, sino porque era necesaria el cambio.
Abandonar las banderas de Nuestros desaparecidos es convertir en inútil su lucha. No aguantaron las torturas, las violaciones y al final la muerte, para que fueran condenados los culpables. Nadie entrega su vida para que su asesino sea castigado. Ellos murieron defendiendo una bandera, y es nuestro deber rescatarla del olvido y alzarla en lo alto de la historia para que ningún argentino ignore los motivos que llevaron a 30 mil compatriotas a entregar sus vidas. Ellos no son solo sus caras, también son sus consignas.
Publicado por Río Bravo el 27 de marzo de 2012.

