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Viernes, 06 Enero 2012 21:11

La tempestad

Escrito por Martín Tactagi

Hacia 1611 Shakespeare propone una visión diferente de lo que significó la colonización llevada adelante por la Inglaterra Isabelina. Recientemente llevada al cine con cuidado de los textos originales, la historia nos propone parte de un pasado que no podemos ignorar, sobre todo en horas donde urge pensar en nuestras islas Malvinas ocupada por el Imperio Inglés.


Algo de historia

Shakespeare produce la obra en un contexto de profundos cambios sociales y políticos. Isabel asume el mando del país tras la guerra de las dos rosas, con la alta nobleza casi aniquilada, la amenaza constante del retorno a la guerra civil por diferencias religiosas entre la iglesia Anglicana y la Protestante, la hacienda en situación desesperada y una política exterior inestable. En virtud de este escenario, Isabel favoreció en todos los aspectos la economía capitalista, principalmente la empresa privada que obtuvo un respaldo fuerte desde la corona en materia de legislación. Esto puede apreciarse en El Mercader de Venecia, pieza que ha sido llevada al cine en el 2004, protagonizada por Al Pacino, cuya trama presenta por un lado el lugar social de los judíos y por el otro la figura del nuevo espíritu burgués. El período isabelino está signado por la aburguesamiento de la nobleza, el éxodo de los campesinos hacia la ciudad y la concentración de tierras por parte de la nobleza feudal. Periodo en que comienzan a aparecer manufacturas en Londres, y en el que la ciudad se transforma por el ingreso del campesinado sin tierra produciendo una aglomeración urbana desconocida hasta entonces. Este nuevo habitante encontrará divertimento en dos lugares. Las Molly houses, prostíbulos de entonces, y en el teatro, donde habrán de congregarse a mirar las funciones de pie, a los gritos, jugando a las cartas, comiendo, y haciendo todo tipo de groserías junto a la aristocracia que miraba las obras sentada en las gradas.

En el plano internacional, Inglaterra se lanza a la disputa del mundo con Francia y España a través de la expansión marítima. En este período Isabel subvenciona grandes corsarios para que asalten los barcos españoles que llevan a España el oro y la plata extraídos de América.

La  Obra

Shakespeare sitúa la pieza en Milán donde Próspero, duque legítimo, es traicionado por su hermano Antonio y es obligado a exiliarse junto a su pequeña hija de tres años, en una precaria barcaza con algo de agua y sus libros de magia, hacia una muerte segura. El destino le permitirá recalar en una isla encantada, lugar de destierro de la bruja Sycorax, cuya muerte acontecida dos años atrás, ha dejado por descendencia a su hijo Calibán, un monstruo rojizo mitad hombre y mitad pez, y a un genio encerrado en el interior de un pino por negarse a participar de sus malignos hechizos. Próspero enseñó a Calibán su lenguaje y la Gran luz, sin embargo éste utilizó las palabras como insultos e intentó violar a Miranda, hija de Próspero, por lo cual fue condenado a vivir entre las rocas y a servir como esclavo.  Ariel, tras ser liberado por Próspero del árbol al que había sido condenado por Sycorax, ejecuta los hechizos mágicos que éste le ordena. A través de esta magia, Próspero desata una tempestad sobre el navío del rey de Nápoles y su corte, entre los que estaban Antonio, hermano de Próspero, y los hace naufragar en la isla. Aquí comienza la venganza de Próspero contra aquellos que lo traicionaron y su plan por recuperar el Ducado de Milán.

La obra se ha prestado a distintas interpretaciones a través del tiempo. Resulta inevitable la interpretación irónica que propone Shakespeare sobre la colonización. Que el personaje colonizador se llame Próspero, llevando su prosperidad a los salvajes colonizados, y que el habitante de la isla sea un monstruo salvaje de nombre Calibán, neologismo de caníbal, que desprecia las enseñanzas de su colonizador pero al que se ve obligado a servir, es una metáfora genial del dramaturgo inglés. En tiempos de colonización y expansión imperial, Shakespeare está señalando esa relación que se produce entre el imperio y los países invadidos, en el choque de culturas, en la imposición de la lengua, de costumbres, de la esclavitud a la que fueron sometidos los colonizados.

Rodriguez Monegal, el crítico y ensayista Uruguayo, construye un escrito acerca de las distintas lecturas que se han propuesto sobre la obra. Lecturas que incluyen al psicoanálisis, realizada por el psicoanalista francés O. Mannoni, quien salva a Calibán de la burla y lo ubica en el lugar de víctima, señalando que los pueblos subdesarrollados sufrían del complejo paternalista debido a que los sociedades primitivas habían enseñado a sus pueblos a obedecer y reverenciar a los ancianos, es decir, a la autoridad. Por esto estaban más preparados para aceptar la esclavitud y la colonización. E interpreta que en Próspero se evidencia un complejo de inferioridad que lo ha obligado a abandonar su tierra natal por no poder enfrentar una sociedad desarrollada para convertirse en amo de una tierra subdesarrollada. Otra de las interpretaciones que cita Monegal es la que realiza el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, director de la revista de Casa de las Américas, en un artículo titulado Calibán, notas sobre la cultura de nuestra América, en la que el poeta ubica en el contexto latinoamericano a Calibán y, citando al Che Guevara, llama a los profesores cubanos a “pintarse de negro, de mulato, de negro, de obrero y de campesino para bajar al pueblo”, ser como Calibán. Pero Monegal, despreciando el panfleto de Retamar, prefiere trabajar la idea que ha propuesto el  escritor uruguayo Rodó, que piensa en  Ariel como figura ejemplar para los jóvenes latinoamericanos y ubica a Calibán como representante de los peores aspectos de la democracia: el materialismo y el utilitarismo.

Las lecturas que se pueden hacer de la pieza son múltiples, no sólo porque cada quien tiene sus propia interpretación de la obra sino porque está atravesada por las diferentes ideas que existen sobre lo que nos ocurrió como colonizados que fuimos y que somos. Resulta irónico cuando no indignante (los dos son válidos) leer la colonización que sufrieron los pueblos del siglo XV a la luz del S XXI, en el que el mismo imperio continúa con impunidad ocupando nuestras Islas Malvinas.

Publicado por Río Bravo el 6 de enero de 2012.

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