Horacio Verbitsky lo dice explícitamente: “
De la Rua tiene razón: fue un Golpe de Estado”. El resto de la orquesta “
nacional y popular” (compuesta por diarios, canales de televisión, radios, etc., adictos a la billetera oficial K, como antes lo fueron con Menem, antes con Videla y antes con Uriburu, por ejemplo) lo dice a coro, a veces de un modo no tan explícito.
El objetivo, no por implícito, oculto, escondido, deja de ser obvio: ocultar la participación del pueblo en las jornadas de diciembre de 2001 en Argentina. Ya entonces, poquito después, a comienzos de 2002, mientras sociólogos de otros lares viajaban a nuestros pagos para conocer y entender el grado de participación popular que por estos pagos inundaba las calles y las plazas de muchísimas ciudades y muchos pueblos del país, acá ya se estaba montando una campaña de propaganda destinada a hacernos creer y hacerle creer al mundo que lo único que quedaría de aquellos días era la tragedia, la crisis, el quilombo, el desconcierto, la anarquía. Como suelen hacer, intentaban barrer bajo la alfombra las fotos más masivas, las cacerolas unidas con los piquetes y los piqueteros, las consignas más justas, la increíble lucidez de un pueblo que mostraba haber pasado en limpio los apuntes de más de una década de resistencia contra (principalmente) el menemismo y su entrega más rancia y abierta de todo lo que fue y debe ser nuestro.
Las causasSuele desacreditarse el estallido social de diciembre de 2001 con la expresión liviana de que “
fue la clase media que saltó cuando le tocaron el bolsillo”. Independientemente del gorilismo crónico y contumaz que encierra la expresión, como si uno no tuviera derecho a defender los ingresos con los que va a resolver sus necesidades y las de su familia durante todo el mes, además es mentirosa. Oculta, por lo menos, dos cosas.
La primera de ellas es que casi todos los muertos por la represión, 39 compatriotas a quienes podemos tomar como íconos de la rebelión y de la consiguiente respuesta represiva por parte del Estado, eran pobres. Además de tener 25 años como promedio de edad (con Romina Iturain y Eloísa Paniagua, de Paraná, entre las menores), eran pobres. Pobres de toda pobreza; tanto los que cayeron buscando qué comer o qué vender entre los escombros de los supermercados en diferentes provincias, como los que fueron asesinados en Plaza de Mayo en Capital Federal: si estaban caracterizados por algo no era por aquello que, económicamente, les sobrara.
El otro gran ocultamiento suele ser el hecho de que el detonante de la explosión final no fue el corralito (decretado semanas antes) y ni siquiera las bajas salariales (que venían desde meses después de asumido el presidente). La chispa final fue la declaración del Estado de Sitio. El discurso de De la Rua, hoy tan fácilmente comprendido por Verbitsky y sus amigos, impertérrito, sintiéndose impune, avisándole al pueblo argentino que, como si nada hubiésemos aprendido desde la época de la dictadura, tenía que bancarse un nuevo Estado de Sitio; generó la revuelta más grande. De a miles los argentinos coparon las calles, haciendo sonar cacerolas, bocinas y lo que a mano estuviera, para decirles al presidente y sus secuaces que No, que basta, que a ésta no se la perdonaban ni se la dejaban pasar.
LeccionesEl Argentinazo, la rebelión popular que echó a patadas de la Casa Rosada a un gobierno entreguista y hambreador, no nació de un repollo ni murió en aquellas navidades.
Tomó lecciones de las experiencias previas: años y años de cortes de ruta, luchas organizadas, estallidos en diferentes puntos del país (desde el Santiagueñazo hasta Cutral Có, desde Libertador hasta Corrientes), resistencia a las represiones más violentas desde el final de la dictadura, impedimentos de remates de tierras y ocupaciones; todo ello no había caído en saco roto. Los argentinos sabían cómo juntarse, amucharse, enfrentar a la policía y reagruparse tras la dispersión. Los argentinos lo sabemos, sin haberlo leído en ningún manual bajado de Internet. El paro nacional convocado por las centrales sindicales y los movimientos de trabajadores ocupados y desocupados en aquel diciembre furioso, es uno de los tantos datos que se suelen ocultar en el relato de lo ocurrido.
Pero además, obviamente, el Argentinazo dejó lecciones para el después. La imposición inmediata del cese en el pago de la deuda externa y la creación de millones de subsidios para los trabajadores desocupados, no fueron un regalo ni nada más que un paliativo de urgencia: fueron una conquista de quienes lucharon, incluso hasta dando sus vidas en las calles, para ponerle un coto a políticas que venían matando hace rato, de hambre, violencia y con la destrucción de la salud pública.
El hecho de que luego del Argentinazo ya ningún gobierno podría gobernar igual (con cinismo, burlándose de todos, propagandizando la entrega y el remate de nuestros recursos), como consecuencia de que ya el pueblo no se bancaba más vivir como muchos creían que estábamos acostumbrados a hacerlo; hoy está más vigente que nunca. La famosa “
repolitización” de la sociedad, que según los yuppies de la Cámpora y su periodismo adicto fue un invento de Néstor Kirchner; es hija directa de la efervescencia de aquellos días, y su correlato en las asambleas barriales, las fábricas ocupadas, los clubes del trueque y la autogestión de tantos emprendimientos populares…
AsesinosLos gobernantes de aquellos días y sus cómplices, y los que los encubrieron entonces y después, todavía tienen cuentas más que abultadas por pagar. Nos lo exigen los 39 muertos en Argentina, 4 de ellos entrerrianos (además de las mencionadas Eloísa y Romina, fueron fusilados por la policía José Daniel Rodríguez, miembro de la Corriente Clasista y Combativa, y el militante social Pocho Lepratti en Rosario). Sus vidas fueron terminadas por las balas de los mercenarios (de uniforme y de civil) que buscaron sostener el sistema que permite a unos pocos enriquecerse a costa de millones, desde hace cientos de años en la Argentina.
El “
Ni olvido, ni perdón” nos exige, además, seguir pateando hasta que se hayan modificado las condiciones sociales y económicas que generaron, hace diez años, aquella rebelión, y que hoy estructuralmente siguen intactas. Hoy, en cada villa, en cada rancho, en cada comedor escolar, están las semillas de la injusticia que parió la rebelión de diciembre de 2001.
La calma aparente que el gobierno actual nos vende por la televisión, no es tal; y, si lo fuera, no sería eterna. A los que seguimos de pie nos queda la obligación de redoblar los esfuerzos para que nadie nunca pueda pensar que las muertes de diciembre de 2001 fueron en vano. Mientras hayamos tomado nota de que nada bueno cae del cielo y que nadie nos hará libres, sino nosotros mismos, y así obremos en consecuencia; los que cayeron en aquellos días estarán vivos, marchando y gritando, aquí con nosotros.
Publicado por
Río Bravo el 20 de diciembre de 2011.