Se nos vino encima la helada, que no perdona bichos ni cosechas. Tanto se llenaron la boca con la falta de frío en otoño, que el invierno llegó pechando. Marcela se fue a cuidar al viejito en medio de un ventarrón, y por suerte doña Isabel llegó antes que saliera Gervasio. No está para andar paseando al Tomasito con estas temperaturas, porque todavía “no tiene las defensa’ formadas”, explica con sabiduría la iaia.
La otra abuela, Lorenza, recuperada ya de su depresión otoñal, se mandó un locro para toda la familia, o para un batallón, que para el caso es lo mismo. Que las patitas de chancho, que la panceta, que el cuerito y el chorizo colorado, que el choclito y los porotos. Un plato de semejante poder, levanta un muerto y evita gripes y resfríos. Por supuesto, que nadie se lo perdió, y todas las dietas quedaron suspendidas hasta nuevo aviso.
Mientras comían en la larga mesa hecha con tablones, los abuelos Evaristo y Roque intercambiaban miradas de resignación. Ellos solos saben lo que están subiendo los materiales, y el sueño de terminar la casa de sus hijos se les está esfumando. Sin embargo, Gervasio comprendió todo lo que esas miradas representaban, y pensó si debía decir algo o callarse. La verdad es que se sentía muy incómodo, pero conocía a su padre y a su suegro, y sabía que tal vez no sería prudente charlar estos temas delante de todos.
Y entre tantas cosas, se pasó el día de la bandera. Nosotros tenemos la propia, con la banda roja y el federalismo que siempre vuelve, como Artigas. “¿Qué sabrán esto’ malandra de patria?” –reclama el tío Jorge entre puteadas a la transmisión del acto oficial. Le pesa el tema, porque en Malvinas defendió la celeste y blanca y después volvió escondido en un camión como un delincuente. “La única patria de los carnero’ es la billetera” –se suma Evaristo. Beto no dice una palabra, porque le toca defender los colores del oficialismo. Agacha la cabeza, y sigue morfando locro.
Cecilia, mientras tanto, a pesar de sus desvaríos con la astrología, tiene los pies muy bien plantados. Es la otra que entendió la mirada entre los abuelos del Tomasito, y piensa que llegó el momento de dar una mano a su hermana Marcela, y a su cuñado Gervasio que son tan buenos con ella. “La plata del juicio se la podría prestar para que terminen la casa” –piensa entre dientes. Son un puñado de pesos que sacó en un juicio laboral contra un taller clandestino en el que trabajó en su excursión por Buenos Aires. Cuando sea el momento indicado, lo va a hablar con su padre, que seguro se pone contento.
Afuera el viento domina la escena. Una caja de cartón da vueltas carnero, y las hojas del árbol que está junto al cesto de la basura van de una esquina a la otra, saltando y arrastrándose. Una espesa oscuridad contrasta con el chisporroteo de la salamandra, que tiene leña cortada por el tío Hugo especialmente para la ocasión. Algunas personas hacen tantas cosas con su silencio, que dejan mal parados a los que profanan palabras sin mover un dedo.
Publicado por Río Bravo el 27 de junio de 2011.

