“Puta que resultó traicionera esta lluvia, que no nos deja avanzar” –le dijo Don Roque a su consuegro Evaristo. “Tranquilo compadre, que lo único que no tiene remedio es la muerte” –le retrucó el padre de Gervasio. “No se me amanse tanto compadre, que va a terminar adobao” –sonó el quiero vale cuatro. Y así sucesivamente se burlaron del mal tiempo que les frenaba la obra en construcción, que encaraban por el futuro de sus hijos.
Gervasio y Marcela, mientras tanto, seguían saltando de changa en changa, mitad langostas, mitad golondrinas. “Se están pasando los viejo” –le dijo nuestro amigo a su mujer, pensando en esos dos jubilados que pegaban ladrillos con un entusiasmo contagioso. Lástima que nuestro amigo sigue sufriendo la explotación de una cooperativa de construcción trucha, que le paga menos de la mitad de lo que debería ganar por el convenio de la construcción, trabajando muchas más horas.
El pequeño Tomasito, hijo de nuestros amigos, nieto de los viejos leones, por suerte se mantiene al margen de los vaivenes. Entre la abuela Lorenza y la “iaia” Isabel lo cuidan, lo sobreprotegen y no le dan tiempo a enterarse cómo es el mundo pantanoso al que le tocó venir. “¿Quién es el gurí lindo de la abuela?” -pregunta Lorenza y nadie le contesta todavía. “¿Quién es la cosita bonita de la iaia?” –averigua Isabel, pero Tomasito sigue sin poder. Cuando este chico hable, sus deseos serán órdenes.
Y los tíos hacen de las suyas también. “¿Viste qué bolazo lo de Bin Laden?” –le pregunta Beto a Cecilia, con el único objetivo de charlar. Podrían matarlo si se enteran su hermano y su cuñada, pero siempre le gustó la hermana de Marcela. Aunque es un tiro al aire, Beto sabe que es para quilombo. En realidad, el principal obstáculo es que Cecilia no lo registra, y no quiere nada a pesar de estar separada y sin perspectivas. Por eso, y porque siempre sospechó los sentimientos de Beto, le contesta de forma cortante: “Ni bola le doy a eso” –desviando la mirada hacia el horizonte amenazado por las nubes negras.
El tiempo pasa rápido como a la vuelta de los viajes lindos. En un par de semanas Evaristo y Roque se pusieron de acuerdo, juntaron sus pesos con los que tenían Gervasio y Marcela, y compraron el terreno. A pesar del precio barato, el loteo es mediano, y con imaginación entran dos casas. La idea es construir una con espacio para una huertita. “Unos pimiento’ y unos tomate’ no pueden faltar” –ordena Lorenza, que de supervivencia sabe mucho. “Hasta el perejil sale un ojo de la cara, en la verdulería” –agrega Isabel. Mientras todos opinan, los abuelos ejecutan. El que nace obrero, aunque se deje las uñas largas, no se olvida del oficio.
Mientras dura la claridad, todos miran al cielo. Ancestral costumbre de la gente de campo, de recurrir al pronóstico más infalible de todos: el ojo de buen cubero. De toda la familia, el más infalible es Gervasio. Tiene una sensibilidad, una percepción para adivinar las lluvias, que cuando la cosa se pone enrarecida todos lo llaman para confirmar sospechas o rectificar errores.
Publicado por Río Bravo el 15 de mayo de 2011.

