Este domingo 6 de marzo, apenas abrí los ojos, me encontré cara a cara con la tristeza. Mi “tía” había muerto. Me dijeron que esa mañana al llegar su hijo del trabajo, la encontró muerta en la cama. Ella ya casi no podía mover las piernas. Cuando andaba por su casa, solía encontrarla sentada en una sillita de madera medio desvencijada, con un par de rueditas puestas en la patas traseras, tomando mate junto a la ventana. Según los médicos, murió como a la una. La noche anterior, había empezado a vomitar sangre. Tenía un problema: le daba al vino. Y no había forma, me decía su hija, de que lo dejara. Más o menos la controlaban.
El diagnóstico de muerte fue cirrosis hepática, “la enfermedad de los alcohólicos”.
Sí, me dije para mí. Ya sé de qué murió. Murió de pobreza y de tristeza.
Escribir es una manera de luchar, una de las formas que encontré de liberar aquellas penas que de otra manera, me matarían. Por eso, hoy mismo escribo mientras lloro. Y por ella. Por ella escribo estas páginas. Por ella sí me pongo el crespón negro, por ella sí mi doloroso luto. Por ella doy mis respetos y silencio. Por ella sí me debo a sus deudos con toda el alma. Porque en ella se agolpan los padeceres de miles de mujeres, de las que no nos rendimos y de las que bajan los brazos. De las que marchamos en cada Encuentro Nacional y de las que no pueden o no se animan a hacerlo. Ningún funcionario se pondrá la mano en el pecho y se golpeará acongojado por su muerte, como no lo hacen por ninguno de “los ignorados”.
Ella era una de los “nadies”. Era de abajo, era del barrio, era del pueblo.
Mi tía no era mí tía, no teníamos parentesco alguno. Desde antes de que naciera, vivió a una cuadra de la casa de mis viejos. Me cuidó cuando era niña, lavó mi ropa. Ayudó a mi madre con las cosas de la casa, mientras mi mamá trabajaba en la escuela y mi papá en la municipalidad. Y fue una madre sustituta cuando lo necesité. Me curó las rodillas raspadas con “mentiolate”, me consoló cuando no tenía consuelo, estuvo en todos mis cumpleaños de niña, y también me retó cuando fue necesario. Cuidó además a mi hermana y a mi hermano menor. Y siempre, hasta la última vez que la vi, tuvo para mí una sonrisa, un abrazo listo, siempre una palabra para decirme cuánto me quería, para preguntar cómo estaban mis hermanos y la familia, para decirme que la visitara más seguido, que fuera a tomar unos mates. Siempre contenta de verme.
Murió en la humildad de su piecita, que antes era el taller del tío Hugo, su marido. Él tenía allí su taller de zapatero. De chica me encantaba ir a verlo trabajar. Recuerdo que tenía pósters en la pared de “Los hermanos Cuestas”, y siempre había música folclórica saliendo de una radio. Me parece ahora mismo sentir el riquísimo olor de las suelas, verlo a él martillando algún zapato…
Él se fue de repente, era joven todavía. Y ella se derrumbó, se dejó estar, se abandonó y ya no pudo levantarse. Mientras el tío vivió no eran ricos, pero no pasaban miseria. El tío en el taller, y ella siempre limpiando casas, cuidando los hijos de otros. La tristeza, el abandono, el alcohol y la miseria hicieron lo suyo. Mi tía se fue muriendo de a poco. Finalmente, ella también nos dejó.
Y me senté a llorarla preguntándome porqué no fui más seguido a visitarla, porqué no la ayudé más…porqué traté de evitar tantos años ver la realidad. Sí, es que dolía…dolía ver, dolía la impotencia, dolía mi propio dolor. Me reventaba el alma como me revienta cada vez que escucho de otro femicidio, que siguen llenando las páginas y los minutos de los medios de masas, mientras quienes deben hacer algo, “miran para otro lado”, como dijera alguien en una conversación. ¿Perdón? ¿Qué, eso no lo oyen, eso no lo leen, de eso no se enteran?
Claro que lo oyen, por supuesto que lo leen, seguro que se enteran. Pero no es su problema. Menos que menos en un año electoral. Su problema es “cuidar los garbanzos”, en palabras de Aníbal Fernández. Porque las que mueren son, primero pobres, y después mujeres.
“Ay, pobrecitas”, dirán. “Hay que terminar con la violencia contra la mujer”. “Sí, hagamos una campaña mediática contra esos psicópatas”. Como si una campaña mediática en sí misma, o una ley, pudieran erradicar la pobreza, meter a la cárcel en forma efectiva, inmediata y perpetua a cada asesino, a cada violador, a cada golpeador, a cada abusador.
Como si una campaña pudiera curar todas las heridas, todos los tipos de violencias, todas las enfermedades sociales, toda una cultura herida, construida y basada en el poder de una clase sobre otra y en el poder del varón sobre la mujer.
Entiéndase. No quiero desdeñar las buenas voluntades de quienes confían en el sublime poder de las campañas de concientización. Soy comunicadora, sé de la fuerza de las imágenes
del lenguaje visual o audiovisual. Sé del poder de los mensajes, de las palabras, del discurso, de la enunciación. No estoy en contra de las campañas, bienvenidas sean. Pero sé también, por experiencia, que ninguna campaña sirve si no va acompañada de educación. Bueno sería que las acompañaran también políticas oficiales, educativas y financieras que en verdad, seriamente y de una vez por todas, asumieran el deber de cambiar las cosas.
¿Qué es lo que hace que una mujer se derrumbe, que no le encuentre más sentido a su vida, que se lastime a sí misma cuando pierde a su compañero…¿Es simplemente el amor? ¿Quién se traga esa quimera? Cabe preguntarse si no será la forma en que nos educan, en que nos forman durante gran parte de nuestra vida para ser mujeres o varones (y nada más), para seguir modelos de Ser que nos imponen la idea del amor eterno, apasionado y loco como la única forma posible de amor, y nos enseñan a convertirnos en entes desdichados, enfermos, caídos, vencidos, capaces de cualquier cosa (“como en la guerra”) si perdemos ese amor, de la forma que sea.
Si algo aprendí en el camino, es que el dolor se puede transformar en lucha. Si una tiene ese sostén necesario, esa amiga que te dice las cosas de frente, esa compañera que te sacude de la inercia de tus dudas, tu autocompasión y tus miedos, esa hermana, esa vecina, esa madre, esa mujer que te dice “no te rindas”… Si una tiene aunque sea una de esas mujeres nomás, el coraje le gana al dolor.
Hoy derramo mis lágrimas porque no supe ser esa mujer para mí tía, porque lo empecé a ser demasiado tarde. Hoy derramo mis lágrimas y zapateo mi bronca, porque murió como mueren los pobres.
Acompañamos sus restos en la humilde salita municipal, y caminamos lentamente, tras el cajón, hasta el cementerio.
Mi tía murió como mueren los pobres. No la mató el alcohol. La mató el ser pobre y ser mujer.
Dedicado a la memoria de mi querida “tía Elba”.
Publicado en Río Bravo, el 08 de marzo de 2011.

