Y cada vez que la Marcela le cuenta que pagó siete pesos por cuatro tomates, Gervasio piensa que los gurises se alejan como si fueran a caballo por el llano. Así no se puede tener familia, porque no vale la pena repetir el error y que sufran como él y sus seis hermanos. Pero la sangre tira, y sabe que tampoco le quedan muchos años para andar especulando.
A veces me promete cosas de puro atolondrado. “Un día de estos me la mando, sin pensar nomá”-me cuenta en secreto. Claro que hay que ver lo que dice la patrona, porque no es de las que se dejan mangonear. Una vez enojado le amagó un golpe, y se le puso como una yarará. En el fondo, debe pensar lo mismo, que si lo pensás muy de en serio, nunca es buen momento para tener un hijo. Dudando y dudando se amontonan los días.
La obra marcha normal. Hay un capataz que se hace el kapanga, pero se la tienen jurada. Donde pise el palito le van a caer con todo. “Lo estamos bichijiando hasta que se mande una. Le gusta bastante la botella, así que no va a tardar en caer, el muy hijueputa”. Es la única forma que tienen de arreglarlo, porque ahí no hay delegado, ni sindicato, ni nada. “Tené que ser como Tarzán, cuando estás en la selva”-me explica contento con la metáfora. Aunque no está bien que así sea, me da pena de a ratos.
Hace mucho que no anda por el pago chico. Gervasio nació en un campo, cerca de Gilbert, donde vive la familia que no se fue a Buenos Aires. Aunque es un apellido extranjero, todos le dicen Gilber, acentuando en la “E”. Cualquiera que pregunte de otra forma, se sabe que no es de ahí. No es sólo una cuestión de idiomas, porque no se vayan a pensar que son analfabetos en el pueblo. Ser de un lugar, pertenecer, implica aceptar algunas costumbres y tradiciones, y tratar de cambiar otras. Al igual que pasa en muchos otros lugares, el nombre no se negocia.
Si acaso la Marcela llega a conseguir un trabajo cambia mucho la cosa. Pero está lleno de vivos. Que trabajo en el interior, que mesera en un boliche, y todos los caminos conducen al quilombo. Ya nadie discute que vivimos en una provincia donde la trata de mujeres está naturalizada. Allá por la ruta 14 hacen desastres, ante la mirada indiferente de la justicia. Mirá si van a hacer algo, si están metidos los poderosos también. “A veces pasan con unos autos enorme, y despué se desaparece alguna gurisa. Si los llego a ver haciendo algo, les vuelo la chaira de un escopetazo” –amenaza Gervasio. Pero los tipos son vivos, y esperan el momento justo.
Publicado por Río Bravo, el 16 de febrero de 2011.

