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Lunes, 20 Diciembre 2010 14:39

Los cuerpos de la historia

Escrito por Martín Tactagi
Por Martín Tactagi - La historia social de la Argentina se ha escrito con hombres y mujeres nacidos acá, con inmigrantes, con muertos que no callan, con luchas que no cesan. Es inútil hacerse el distraído, más temprano que tarde la sociedad nos interpela para que demos cuenta de qué lado estuvimos en los días en que la historia, se escribía con sangre.

 

 

Inmigrantes


Hace muchos años, mi bobe solía contar cómo había sido su llegada a la Argentina, los padecimientos de haber viajado oculta en un saco de papas, junto a siete hermanos también ocultos, en un barco que parecía haberse quedado estancado en el océano. Contaba de sus primeros hambres y para ponerlo en anécdotas, de un hermano suyo que tenía un palomar y al que un día su madre tuvo que pedirle algunas palomas para alimentar la familia. Todo esto, en boca de mi bobe, servía de prefacio para contar la otra historia, el motivo de su orgullo, el pan que logró hacer ella con una harina malograda por su origen; trigo ruso, yerto y judío. Eso era mi bobe cuando llegó; trigo ruso, yerto, pequeño y judío. Y logró amasar un pan con esa historia; casarse con Mauricio, mi zeide, un peletero que llegó en su mismo barco pero en condición de pasajero, tener tres hijos, nueve nietos, un negocio que fue próspero, que le permitió tener su casa y acceder a la tan mentada movilidad social. Este pequeño trigo que fue ruso y se hizo argentino, contaba con orgullo su experiencia pero nunca se olvidó de su origen. Tuvimos que comer las palomas de mi hermano, primero algunas y al final fueron todas…

 

Mi bobe llegó en 1920, junto a una gran oleada de inmigrantes europeos (italianos, judíos, españoles, etc) que escapaban del hambre de la primera guerra mundial. La sociedad argentina está construida por inmigrantes de distintos lugares del mundo que han venido a nuestro territorio a forjar destinos nuevos. En su gran mayoría son trigo yerto, pequeño, judío, italiano, español pero también hay hojitas de coca, secas, sudorosas y bolivianas o yuyos guaraní, todos pequeños porque llegan a un lugar que no conocen, con los huesos y las carnes como las tengan, maltrechas o no, como único medio de sustento. 

 

La historia de la Argentina se construyó así, con los que venían huyendo de alguna hambruna y se integraban a una sociedad siempre en las trincheras. Desde la FORJA en adelante, arrancándole primero a los ganaderos un pedazo de tierra para cultivar, después un poco de derechos laborales como en la Patagonia rebelde, otro tanto de justicia en la semana trágica, el 45, los protagonistas del Cordobazo y todos esos "azo" en la década del 60, que habrían de repetirse en otras condiciones en los 90, y que se multiplicó con el Argentinazo, y habrá de repetirse tantas veces como sea necesario. Como en Formosa y Villa Soldati, repetirse porque así como aprendimos a usar músculos y tendones para el trabajo; también aprendimos para defender nuestros derechos, a usar los músculos y tendones de la cabeza.

 

De esto se trata la historia pasada y presente de la Argentina, de aprender a leer la sangre que recorre, gota a gota y letra a letra, los nombres de los caídos para que nadie olvide que se escribe con cuerpos. Como los Tobas de Formosa que la vienen escribiendo hace 500 años, con la voz desgreñada ya por tanto contar, una y otra vez, a sus descendientes quienes fueron y quienes son ahora.  


Ayer y Hoy: necesidades parecidas, hambres parecidos.

 

La Argentina del 2001 se escribió con los cuerpos de muchos que le peleaban un retazo de piedad al hambre. En eso estaban José Daniel Rodríguez, Eloísa Paniagua y Romina Iturain, en las jornadas de aquel diciembre inolvidable. Por eso se levantaron y fueron fusilados los trabajadores de la patagonia o fueron deportados los inmigrantes anarquistas, tironeados y apaleados por la bella liga patriótica, una exhuberancia de la época que hoy supieron reemplazar, con menos estilo, los barras bravas. Las grietas de la Argentina están llenas de estas historias que resultan antagónicas a la hora de analizarlas, porque encierran por un lado la historia dolorosa de nuestros muertos pero también enseñan que esas vidas no fueron en vano ¿hay otra manera de parir la justicia social? ¿alguien se imagina a Soros o Benetton entregándole tierras a los Tobas de Formosa para que las trabajen o a los hermanos Bolivianos y Paraguayos para que construyan sus casas? ¿No hay acaso una conexión directa entre aquellos anarquistas y socialistas españoles e italianos que pelearon por mejores condiciones de trabajo en las primeras décadas del S XX y la posibilidad de que mi bobe saliera del saco de papas a amasar un pan de tres hijos? 

 

Los asesinatos del 2001, mil veces dolorosos, no han sido en vano para nuestra historia, porque con esos cuerpos estamos escribiendo un presente y futuro distinto. Porque sus nombres aunque asociados al dolor, también estarán asociados al levantamiento de un pueblo que gritó a garganta descosida y humareda, basta!. Y en ese grito, entre callejas humeantes y cacerolas, también estuvo el grito de los asesinados, torturados y desaparecidos en estas últimas décadas. Se equivocan los que piensan que los muertos no hablan. Quedan los cuerpos pero siguen las voces en otros cuerpos, los nuestros, portadores de las palabras que nos precedieron y nos forjaron. La historia brota desde el fondo con sus huellas imborrables y las hace hablar. Se equivocan quienes piensan que el viento y el polvo habrán de borrarlas.   


Tierra y origen.


Trigo ruso, yerto, pequeño y judío, eso fue mi bobe antes de convertirse en trigo argentino, sin dejar de ser lo que el pasado escribió en su cuerpo. Trigo yerto, en una bolsa de papas, como un animal, con otro idioma, en un barco que anduvo océanos y meses antes de recalar. Todo esto debió padecer por un pedazo de tierra en la Argentina. José Daniel Rodríguez nunca tuvo siquiera un pedazo de tierra donde hacer una quinta, y cuando lo tuvo, fue finalmente para enterrar sus propios huesos ¿La habrían tenido Romina y Eloísa, de 14 años, una vez adultas? Los Tobas murieron y mueren dando pelea por su tierra, en el 2008 miles de pequeños campesinos se alzaron en la lucha agraria en defensa de su tierra, y en los últimos días, los asesinatos de bolivianos y paraguayos que peleaban por viviendas, ponen en evidencia las carencias que sufre la población. Tierra.

 

Pero la propiedad privada vale más que las vidas ¿será porque “estas vidas” son públicas? ¿públicas porque puede hacerse con ellas lo mismo que hicieron con José Daniel , Romina y Eloísa? ¿público porque el latido de su sangre vale menos que la privacidad de los hipermercados? En rigor, la ley manda cargar las pistolas, afilar los cuchillos y aceitar las cadenas. En esto, los asesinos llevan siglos practicando en hacer cumplir la ley. Los nombres del comisario Falcón, Videla, la oligarquía, Menem, De La Rúa, Montiel, sirven de ejemplo para la interminable lista. Los muertos son tan “nuestros” como los asesinos son tan de “ellos”. Hoy Cristina Fernández de Kirchner como Mauricio Macri tienen las manos manchadas de sangre, y no habrán de quitársela ni con discursos ni con decretos, manchadas como las tuvo Duhalde, con los gritos de la historia. 

 

Entre los asesinos y los muertos hay una línea que nos divide y nos enfrenta, un alambrado hecho de huesos que ellos quieren correr para achicarnos el campo y que nosotros empujamos para conseguir nuevas conquistas. Hay quienes se confunden de qué lado están, y producto de la ceguera y la xenofobia, se encuentran empujando junto a los asesinos. Mi bobe hablaba de los pogroms con cierta tristeza; no eran las garras del zar sino los vecinos quienes cargaban palos y cadenas para matarnos y robarnos. Todos aprendemos de la historia y espero que esos que ayer se encontraban apedreando y apaleando a los “ocupas” del parque Indoamericano, comprendan que se han equivocado al inscribir su nombre junto a las patotas, los Macri – Kirchner, y más atrás, a los Julio A. Roca, de campaña por el desierto. Que miren en su propia sombra, a ver si no eran ellos quienes gritaban en el 2001, junto a los hambrientos de ayer “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.

 

Yo por lo pronto, cuando me siento confundido, me acuerdo del trigo ruso, yerto y judío, del parecido con la hojita de coca, boliviana y sudorosa, de las yerbitas guaraníes, de los José Daniel, de las Romina y Eloísa, y miro hacia a los costados a ver si están. A veces me cuesta encontrarlos entre la multitud, pero es cuestión de tener paciencia, para escuchar a poco sus antiguas voces en los reclamos del presente. Y no es de extrañar que cada tanto, entre las mujeres que empujan el alambrado, vea a muchas madres cargando sobre sus espaldas, criaturas envueltas en sacos de papas, como trigo yerto y pequeño, preparándose para hacer su mejor pan. 

 

Publicado en www.riobravo.com.ar el lunes 20 de diciembre de 2010.

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