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Miércoles, 22 Julio 2026 11:38

La derrota duele, pero también enseña

Escrito por Leandro Gillig

Entre el vértigo de las redes sociales y las teorías conspirativas, Gillig nos propone parar la pelota y pensar en lo que el fútbol representa, significa y (debería) enseñarnos. En el país de los potreros, el país irreverente y que incomoda; asumir que el esfuerzo no garantiza siempre la victoria y que admitir la superioridad circunstancial del otro no implica renunciar a la identidad propia, es parte de la dimensión humana de un deporte que sobrevive, más allá del espectáculo y los algoritmos.

Hay derrotas que duelen por el resultado. Y hay otras que además nos obligan a preguntarnos quiénes somos.

La final del mundo dejó una imagen extraña. Mientras España celebraba un título merecido, en buena parte del ecosistema digital argentino comenzaba otra competencia: la búsqueda desesperada de una explicación alternativa. El arbitraje, la FIFA, los intereses económicos, las presiones políticas, la supuesta necesidad de que Europa volviera a conquistar el mundo. Las teorías aparecieron con una velocidad llamativa, como si aceptar la derrota resultara más difícil que inventar una conspiración.

Sin embargo, quizá la explicación sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de aceptar: España ganó porque jugó mejor.

España llegó a este Mundial siendo, probablemente, el equipo que mejor interpretó hacia dónde va el juego. Este seleccionado español no es una casualidad ni una generación espontánea. Es la síntesis de un proceso. Un equipo capaz de combinar la vieja tradición de la técnica y la posesión con una intensidad física y una verticalidad que durante muchos años parecían incompatibles con su identidad futbolística, España no ganó solamente porque tuvo grandes futbolistas. Ganó porque construyó una idea: tuvo mecanismos colectivos, ocupó mejor los espacios, presionó mejor y entendió mejor los momentos del partido. Y eso también merece ser dicho.

En ocasiones, el reconocimiento del mérito ajeno parece vivirse como una forma de traición propia. Como si admitir la superioridad circunstancial del otro implicara renunciar a la identidad propia.

Y tampoco se trata de negar algo evidente. Argentina incomoda. Históricamente ha incomodado. Incomoda cierta irreverencia latinoamericana, incomoda una manera de vivir el fútbol desde la pasión y no solamente desde el espectáculo, incomoda una identidad que muchas veces se muestra desafiante frente a determinados poderes.

Las reacciones que generó la bandera de Malvinas exhibida por los futbolistas luego del partido frente a Inglaterra son una muestra de ello. Para algunos, aquel gesto deportivo y político resultó inadmisible. Porque el fútbol, aunque muchas veces se intente presentarlo como un espacio neutral, sigue siendo un territorio profundamente simbólico donde se disputan sentidos, memorias e identidades.

Existe, entonces, una mirada crítica y en algunos casos prejuiciosa hacia la Argentina. Negarlo sería tan ingenuo como convertir esa realidad en la explicación de cada derrota.

La Argentina de Scaloni merece exactamente el mismo reconocimiento que antes de la final. Porque los procesos no pueden evaluarse únicamente por un resultado. Desde aquel ciclo iniciado institucionalmente por César Luis Menotti en la AFA, con la recuperación de determinadas ideas sobre la formación, las selecciones juveniles y una identidad de juego, hasta la consolidación de un grupo humano y futbolístico extraordinario bajo la conducción de Lionel Scaloni, el fútbol argentino construyó uno de los procesos más importantes de su historia.

Un Mundial, dos Copas América, una Finalissima y otra final del mundo disputada. Muy pocos seleccionados en la historia reciente pueden exhibir semejante continuidad competitiva.

Entonces, ¿por qué nos resulta tan difícil aceptar una derrota?

Tal vez porque las redes sociales han modificado nuestra relación con la realidad.

Las plataformas digitales premian la exageración, la indignación y la sospecha permanente. Una explicación razonable genera poco interés; una conspiración genera millones de visualizaciones. El algoritmo necesita emociones intensas y rápidas. Necesita enemigos, culpables, escándalos, y poco a poco terminamos confundiendo la viralización con la verdad.

Pero el problema más profundo no es futbolístico. Es pedagógico, no les estamos enseñando a nuestros gurises a perder y perder es una parte esencial de cualquier proceso de aprendizaje.

Quien no aprende a perder difícilmente aprenda a tolerar la frustración, a reconocer el mérito ajeno, a revisar sus propios errores y a volver a intentarlo. Si cada derrota requiere necesariamente un culpable externo, entonces desaparece la posibilidad de la reflexión.

El deporte educa, entre otras cosas, porque enseña que el esfuerzo no garantiza siempre la victoria. Que existen días en los que el rival juega mejor. Que hay frustraciones. Que hay injusticias y también derrotas merecidas, y que aun así vale la pena volver a empezar.

Quizá allí radique la mayor enseñanza que deja esta final.

Porque si algo ha demostrado históricamente el fútbol argentino es una enorme capacidad para sobreponerse a las adversidades. Lo hizo después de derrotas dolorosas, de crisis institucionales, de frustraciones deportivas y hasta de tragedias sociales. Lo hizo porque detrás de cada selección existe algo mucho más profundo: una cultura futbolera construida durante décadas en los clubes de barrio, en los potreros, en las canchas de tierra y en miles de dirigentes, entrenadores y familias que siguen entendiendo al deporte como una herramienta de encuentro y de formación.

Allí, lejos del vértigo de las redes sociales y de la necesidad permanente de encontrar culpables, todavía persiste una enseñanza fundamental: que a veces se gana y que a veces se pierde.

Que la derrota duele, pero también enseña, que reconocer el mérito del otro no disminuye el propio recorrido y que volver a intentarlo es, quizás, una de las expresiones más nobles del deporte.

Y acaso la mejor enseñanza que podamos dejarles hoy a los más chicos no sea la de buscar conspiraciones para explicar una derrota, sino la de mostrarles que perder también forma parte del camino.

Porque en los clubes de barrio, en esos lugares donde el fútbol todavía conserva buena parte de su dimensión humana, se aprende algo que ningún algoritmo parece dispuesto a enseñar: que las derrotas pasan, que la pelota siempre vuelve a rodar y que, después de cada caída, siempre existe una nueva oportunidad para empezar de nuevo.

Publicado por Río Bravo el 22 de julio de 2026. 

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