Imprimir esta página

Diputados 845x117

Domingo, 01 Mayo 2022 20:46

¿Reducimos daños o prevenimos e incluimos?

Escrito por Pablo Landó*

A partir de la polémica por el volante de la municipalidad de Morón, se reedita un debate en el que aparece mucho cinismo y doble discurso desde distintas veredas de la discusión. Aquí, un aporte al análisis sobre las políticas públicas sobre drogas que pone foco en lo que se puede hacer para no dar por perdida la lucha contra las adicciones.

El debate se reedita. Esta vez, la polémica se abrió por la campaña de propaganda desplegada en un evento cultural de la juventud por parte de la municipalidad de Morón (pcia.de Bs.As). La misma se centraba en brindar información y educar para el consumo de drogas. Estas iniciativas responden a un enfoque de abordaje de la problemática denominado “reducción de daños”.

La polémica es urgente y necesaria porque la población es plenamente consciente de la gravedad de la problemática de los consumos de sustancias psicoactivas (legales e ilegales); así lo sufre de manera directa e indirecta. Y, ante el fracaso de las políticas públicas sobre drogas aplicadas durante años, de perseguir penalmente a consumidores y no al negocio del narcotráfico y/o de leyes como las de “narcomenudeo” que tuvieron, ambas, el resultado de duplicar la población carcelaria cuando el negocio sigue más rentable que nunca y los niveles de consumo exponencialmente aumentados.

El concepto que orientaba esta política fue, durante décadas y por imposición de intereses de los Estados Unidos, el de “guerra a las drogas”. Sabemos discernir los intereses ocultos detrás de ese concepto bélico que tanto se utilizó. Pero, vale reflexionar, ¿alguna vez se tomó la decisión de enfrentar el negocio del narcotráfico? No, porque la estructura dependiente de nuestro país (fuertemente disputado por países imperialistas) y el Estado a su servicio, alentaron “blanqueo de capitales”, se “desradarizaron” fronteras y desmantelaron controles en los puertos y en la vía de navegación central del país y el continente, como es el río Paraná. Las fuerzas federales cumplen un rol de “control social” ¡y tránsito vehicular! en las grandes ciudades y están comprometidas seriamente con el delito del narcotráfico. Estas causas construyen un “pacto de silencio” entre los sectores de poder para que las denuncias sean desestimadas y lograr impunidad. En los casos más trascendentes se vieron reveladas complicidades políticas, legislativas, de seguridad con el negocio del narcotráfico.

¿Por qué nos oponemos a la reducción de daños como política pública?

Porque este enfoque teórico-práctico significa resignarse a la transformación de esta desesperante realidad sufrida por millones. Es rendirse antes de pelearla. Y es importante polemizar porque, a pesar de su presentación “democrática” y “progresista”, se constituye como una estrategia altamente conservadora.

Frente al fracaso de las políticas de “guerra a las drogas” y el agravamiento del cuadro socio-sanitario, brota la resignación y el escepticismo como conclusión. Si no se puede, hay que convivir con esta realidad y evitar “mayores daños”. Así comenzaron a desarrollarse teorías que, apelando a una defensa de los derechos individuales de las personas, han diseñado a la “reducción de riesgos y daños” como política pública indicada.

Este enfoque, comete el grave error de secundarizar el análisis de los “efectores adictivos” (quienes producen, distribuyen y comercializan las sustancias); es decir, los cárteles, las redes de narcotráfico y su relación con el Estado. Subestima el principal problema: el enfoque político.

Cuando decimos resignación es porque ya no se trabaja en prevenir ni se apunta a señalar el deterioro en la salud del consumidor (a quien denominan como “usuario” y no se señala los riegos de transformarse en alguien que abuse de sustancias y quede atrapado en la adicción). Termina fomentando una cultura “individualista”, propia del neoliberalismo, para incentivar la relación sujeto-sustancia que no necesita de otro, del “encuentro”, de “ser parte de un proceso grupal”, de “solidaridad”, de “organización y prácticas colectivas”.

Lo más grave de este enfoque es que no señala la creciente vulnerabilidad de la población y las escasísimas disposiciones internas que se tiene para relacionarse con sustancias cuando se carece de todo y se sufre la violencia de estar excluido. Subestima la realidad de millones de jóvenes, niñas/os adonde deben acudir las políticas públicas ¡de manera urgente con prevención del consumo, promoción de hábitos saludables y garantizarles a ellos y sus familias condiciones materiales de una vida digna!

Y parten de una defensa de las “libertades individuales” y no indagan en las nulas libertades que poseen los miles de jóvenes que han crecido en la desnutrición crónica, sin un techo digno, en barrios abandonados por el Estado, con abuelos, mamás y papás desocupados. Al desconocer la compleja trama económica-social de la población y observar una porción de ella, omiten las opciones de elección del sistema para millones: drogas, armas y muerte.

La magnitud de la problemática ha sido siempre una diferencia entre quienes deciden las políticas públicas y quienes trabajamos en la comunidad y el territorio. Siempre. Advertimos reiteradas oportunidades: diagnóstico equivocado lleva al error.

En la práctica, desarrolla una teoría funcional a elevar los niveles de tolerancia social al consumo y bajar la percepción del riesgo en la población.

La reducción de daños puede ser parte de un tratamiento integral para una parte de la población. Pero la urgencia de las políticas públicas pasa por la prevención, la construcción de redes de organizaciones que desplieguen la “prevención comunitaria” con el protagonismo popular y que exija respuestas a aquellas causas estructurales que empujan a situaciones de violencias, de consumos y de muertes a miles y miles de jóvenes que sufren en sus cuerpos y mentes el lucro con sus vidas y a quienes este sistema propone anestesiar la rebeldía ante tanta injusticia cotidiana.

Analizar y proponer

Desde nuestro trabajo social y comunitario nos interesa aportar el aprendizaje obtenido en torno a esta gravísima problemática de salud pública, considerada por no pocos profesionales como una “pandemia social de consumos”.

Si tomamos en cuenta las sustancias psicoactivas, legales e ilegales, la afirmación es exacta. El psicólogo rosarino, Horacio Tabares, lo utiliza luego de apelar a la epidemiología. Y va a decir que la pandemia (epidemia sin límites) se origina por una “ecuación adictiva” posibilitada por: efectores adictivos (narcotráfico), la vulnerabilidad social de la población y la cultura consumista propia del sistema capitalista. La pregunta es ¿qué hacer?; ¿cómo se desarticula la ecuación adictiva que detenga el avance de la pandemia social de consumos?

• Decisiones políticas que afecten a esa inversión necesaria para comprar drogas, transportarlas, distribuirlas, venderlas y lavar el producto de su recaudación.

• Atender y revertir la creciente vulnerabilidad, -material y simbólica-, de la población; este debe ser el desvelo de las políticas públicas: la inclusión social (crear empleo, el acceso a la educación y la salud, el deporte, la cultura). Construir oportunidades, desde estrategias inclusivas a la vez que preventivas de los consumos de sustancias psicoactivas.

• A la vez, construir redes de “prevención comunitaria” junto a clubes, vecinales, bibliotecas y centros culturales, organizaciones sociales, comunitarias y religiosas. Trabajando el protagonismo de los sectores populares en la lucha por revertir sus condiciones de vida.

Esta metodología habilita la elaboración de construcciones colectivas y solidarias que confrontan con la “cultura individualista”. Integrando a miles a prácticas socio-laborales, culturales, educativas y políticas. Necesitamos confrontar con esta cultura de los “consumos salvajes”, inherente a la sociedad de consumo que atravesamos que desprecia al que menos tiene, en tanto “yo” resuelvo mi vida.

En una población que aún se esfuerza en superar las consecuencias individuales y sociales de la pandemia de COVID-19; al individualismo alimentado por sectores de poder, a la “meritocracia” neoliberal propagandizada durante años; debemos oponerle construcción de igualdad, justicia social y desde ya, soberanía económica y política que decida nuestro destino.

Necesitamos ganar a millones de pibas/es en esta lucha por transformar la realidad, en la comprensión de las causas sociales y estructurales de este gravísimo problema. Queremos a la pibada estudiando y laburando; haciendo deportes, música, bailando, sonriendo.

Los intereses poderosos que están detrás de este negocio con la vida de millones, no nos van a regalar nada. Hay que pelearla y ganarles. No alcanzan algunos cambios, necesitamos una “revolución” en el más profundo contenido de la palabra; “darlo vuelta todo” para millones. Necesitamos entusiasmar, enamorar de esa bandera. Y, aprendiendo de nuestras prácticas, aportar miradas al servicio de la clase trabajadora y la mayoría de nuestro pueblo.

Desde la experiencia del Movimiento #NiUnPibeMenosPorLaDroga aportamos ideas y todo el laburo que está a nuestro alcance en esta dirección.

Pablo Landó, del Movimiento Ni Un Pibe Menos Por La Droga y del Partido del Trabajo y del Pueblo de Santa Fe.

Publicado por Río Bravo el 1ero de mayo de 2022.

845x117 Prueba