Martes, 01 Agosto 2017 23:30

“Fuenteovejuna, señor"

Escrito por Paola Robles Duarte

Abusos, complicidades, vergüenzas propias y ajenas, y el rol de los medios en medio del escándalo por las denuncias contra el abogado Rivas en Gualeguaychú. Una nota para reflexionar sobre lo ocurrido en estos años de silencios y doble estándar moral.

El viernes por la tarde, mientras se llevaba a cabo la conferencia de prensa en la que el coordinador de los fiscales -doctor Lisandro Beherán- informaba a los medios de comunicación sobre la situación actual de la causa iniciada contra Gustavo Rivas por “corrupción y promoción a la prostitución de menores”, los periodistas locales contemplamos, como en una especie de tácito acuerdo que se extendió por un rato, las preguntas de los medios capitalinos que, visiblemente horrorizados, increpaban al fiscal pidiéndole explicaciones sobre el rol de la Policía, la Justicia, el poder político y el comportamiento de la comunidad durante los últimos cuarenta años, mientras se concretaban los hechos aberrantes por los que se imputa a Rivas. Salimos de la conferencia y afuera continuaban los comentarios, al costado de los móviles que habían llegado a indagar en la ciudad después que la enormidad del número 2000 impactara en todos los noticieros. Con el correr de los días las crónicas de los enviados a la ciudad del Carnaval y el “doble estándar moral”, daban cuenta de testimonios de vecinos que en la calle, en la costanera, en las estaciones de servicio, confirmaban aquella frase que desde el jueves pasado rebota en los medios y en las redes sociales: “todos sabían y nadie lo denunció”.

Pareciera tratarse de una especie de Fuenteovejuna perverso. En la obra Fuenteovejuna, la historia transcurre entre el año 1580 y el 1635, teniendo como protagonista a una comunidad que emprende una acción colectiva –bajo el nombre de Fuenteovejuna- para poner freno a los abusos y la tiranía del Comendador a quien asesinan a pedradas. Ese pueblo, como si fuera un mismo y único individuo, asume las consecuencias de los hechos manteniéndose incólume durante las investigaciones del juez pesquisidor, que llegado de afuera e incluso bajo tortura, intenta sacar confesiones sobre una persona responsable pero siempre se encuentra con la misma respuesta

“¿Quién mató al Comendador? Fuenteovejuna, señor”. ¿Quién es Fuenteovejuna? El pueblo.

Hecha esta aclaración cambiemos la pregunta inicial, por la pregunta actual: ¿Quién sabía que el abogado e historiador Gustavo Rivas corrompía sexualmente a menores dándoles dinero y regalos a cambio? La respuesta es la misma, pero contrariamente a los motivos y acuerdos explícitos que narra la obra de Lope de Vega, se trata en este caso de todo lo contrario. El “Fuenteovejuna, señor” de Gualeguaychú, no nace de la rebelión ante el tirano y su institución, no refiere al valor y al amor, no fue acordado explícitamente en un encuentro donde la comunidad resolvió que esa era la respuesta que se daría ante los sucesos ya conocidos; surgió como ejercicio cotidiano de la naturalización de lo aberrante, como un escudo, una especie de defensa, una capa invisibilizadora del dolor y la vergüenza que provocaba tener que enfrentar la verdad individualmente y luego tener que hacer algo con eso colectivamente; no proviene de la rebelión de la comunidad ante la injusticia, por el contrario es una justificación proporcional al miedo, a la incomodidad e incluso, también, a la conveniencia. Es la expresión más cabal de un paradigma donde los títulos “nobiliarios” enraizados en una cultura que ostenta un profundo machismo y un ejercicio impúdico del poder, lastiman y cambian el curso de la vida de las personas para siempre. ¿Hay responsabilidades? Seguro. Incluso muchas más que aquellas que podrá determinar la Justicia.

Hace 11 años dejé Paraná para venir a vivir a Gualeguaychú. Recuerdo que ya en aquel entonces, los rumores y los “chistes” recurrentes en torno a Gustavo Rivas, me parecían horribles, me violentaban, no me causaban risa. Cuando preguntaba un poco más, la respuesta en el mejor de los casos era: “Es un degenerado Gustavito” y de ahí en más las supuestas anécdotas en diferentes voltajes. Cuando preguntaba: ¿Cuándo, dónde, con quiénes? Las respuestas eran: “No sé, el hermano de un amigo, se sabe desde siempre, todos lo dicen. Yo no lo ví pero me dijeron, mis amigos iban a pedir cosas para Carrozas, llegaba el fin de semana y decían “vamos a hacerle unos mimos a Gustavo”… y así hasta el hartazgo de vaguedades e inexactitudes que alimentaban la leyenda urbana que se replicaba como “chiste” en las reuniones o en los ámbitos de trabajo. Y hasta terminaba pareciendo que “Gustavito” era la víctima de una campaña de desprestigio basada en su sexualidad. Nadie, en esa construcción del rumor y la propagación de las anécdotas que andaban de generación en generación como parte de la herencia cultural local, pensaba en esos menores de edad. Se hablaba livianamente de pibes, presentados en el marco del rumor como participantes de un juego, no como víctimas. Tácitamente intervenía la idea del consentimiento, de la voluntad… la máscara de los abusos. Cuando preguntaba un poco más, el resultado siempre era el mismo: la nada. Entonces el narcótico social que desparrama quien ejerce impunemente el poder, aprovechando cada rincón de esa asimetría, fue surtiendo efecto también en mí, que dejé de preguntar y entonces, inexorablemente, dejé de hacer mi trabajo.

Fue ese balde de agua helada en pleno julio, ese cachetazo ruidoso que significó la nota de Daniel Enz, cuando me despabilé ante los hechos revelados. El trabajo de Daniel es sumamente valioso por múltiples aspectos, pero tal vez aquel que menos se le reconocerá, es el de transitar junto a las víctimas el sinuoso camino de habitar las palabras ante este tipo de delitos. El trabajo de Enz durante estos años, llevando adelante importantes investigaciones que lograron materializarse en causas judiciales que empoderaron a las víctimas ante victimarios que ejercían el poder institucional de la Iglesia (los curas Ilarraz, Moya) o del estado, en el caso de Javier Broggi que era funcionario del Municipio de Urdinarrain en el momento en el que cometía los abusos, fue un camino trazado para que las víctimas de Rivas juntaran los pedazos, creyeran que era posible dar un paso y comenzaran a hablar, en algunos casos 40 años después.

La telaraña de Rivas

Los delitos sexuales plantean una gran complejidad en relación al contexto en el que ocurren; el hecho de que trasciendan la esfera de lo privado instalándose como tema para el debate público genera un temor intransitable para la mayoría de las víctimas, lo cual desemboca en la negación y en la ausencia de una denuncia formal. Quienes han sido corrompidos, abusados, inducidos al ejercicio de la prostitución, saben que deberán enfrentar no sólo al victimario –y lo que este representa- sino también la mirada y la palabra de quienes, más allá de lo que establezca la Justicia, tomarán posición al respecto, en muchos casos revictimizando a la propia víctima. A la par de la vergüenza propia crecerá el miedo a que los amigos no sean más los amigos, la familia no sea más la familia y que su sexualidad sea un tema de conversación en la plaza o en la cola del banco. Esta mirada que culpabiliza a la víctima en vez de señalar al delincuente sexual, es un elemento que el victimario no sólo considera, sino que utiliza como parte del mecanismo macabro con el que lleva a cabo el abuso; en una comunidad pequeña como la nuestra, la impunidad que le brinda –en este caso- la cercanía al poder, y aun peor: la impunidad anclada en la mirada inquisidora de aquel que comparte la misma posición de desigualdad que la víctima ante el propio victimario. El perverso puede establecer su plan porque cuenta con estos escenarios, con estas posibilidades. La vergüenza de la víctima profundiza aún más la herida, y todo sigue en su “lugar”: el perverso organiza su jugada sin contrincante alguno, ante una comunidad que no logra comprender y que cuando lo hace, ante lo inexplicable y el daño que produce saber que durante todos estos años ha convivido con esa realidad, solo puede balbucear: “Fuenteovejuna, señor”. Y así pasan los días con la sociedad y sus principales resortes adheridos a los nudos pegajosos de la telaraña que –como evidencia la investigación periodística de Enz- Rivas fue tejiendo meticulosamente, como quien teje un lienzo invisible.

Lo cierto es que bajo el paradigma reinante, nada es suficiente; el mundo seguirá en las manos de quienes pueden torcernos hasta doblar la certeza de lo que está bien y lo que está mal; y seguiremos leyendo y escuchando atrocidades como que un menor puede brindar consentimiento ante un adulto que lo manipula, lo corrompe, lo quiebra en la fibra más profunda de su integridad, bajo el argumento inmoral de que “recibió recompensa”; de ese adulto que debía guiarlo y enseñarle un mundo posible en vez de coleccionarlo como un objeto de inventario, en vez de volverlo espectáculo para su diversión y placer.

Durante estos días he escuchado a muchos decir que “no todas las presuntas víctimas fueron obligadas a ingresar al domicilio de Rivas y vivir esas situaciones” o peor aún: “ A los pibes no les hacía nada, los pibes les hacían a él”. Increíble: los efectos del poderoso narcótico que impunemente se desparramó durante cuarenta años por la ciudad hizo bien su trabajo, nos mantuvo como espectadores perplejos ante las brillantes disertaciones de Rivas en cuanto acto público se hiciera, ante su “vocación nata de periodista”, lo designó como embajador de nuestras más bellas costumbres, lo perpetró como un personaje ilustre y simpático, del que cuesta que se crean estas “cosas que dicen” y que son más de “lo que siempre se supo”, aunque la Justicia acopie, conforme pasan los días, cada vez más pruebas y se sumen los testimonios valientes de las víctimas.

La comunidad de Gualeguaychú tuvo que hacer algo con los abusos del doctor; que en muchos casos es hacer lo que se puede, vestir la impotencia de la desigualdad de recursos en hipocresía, mirar para otro lado. Los chicos que salieron de aquel lugar tan “confortable” como siniestro tuvieron que alimentar el mito urbano usando las identidades de otros, contar anécdotas de los que estuvieron “jugando el juego” propuesto por Rivas, para resignificar esa herida. En muchos, en los que comienzan a declarar en el marco de la causa, esto no alcanzó y la herida supura tanto pus que pide a gritos que alguien la limpie y la cierre. Esa cura sólo podrá venir de la mano de la Justicia y de la construcción de un nuevo paradigma donde la sociedad castigue al abusador y no a la víctima.

La pregunta es, ahora que la investigación de Enz nos tomó a todos de los hombros y nos sacudió hasta que el efecto del narcótico cesó y empezó a manifestar la vergüenza y el asco: ¿Qué vamos a hacer con esto? ¿Alcanza con reconocernos como una sociedad hipócrita? ¿Es estrictamente cierto eso?

“Todos sabíamos pero no vimos nada” es la frase que una y otra vez retumba en las conversaciones de los últimos días, todavía todos adheridos a la telaraña de Rivas, porque decir todos es lo mismo que decir nadie.

Doble estándar moral, impunidad y otras yerbas

Cabe preguntarse: ¿Qué hicieron las instituciones de la ciudad durante todo este tiempo? Nada. Los que pudieron empardarle la mano a Rivas, se fueron al maso. Eso es cierto, es un dato de la realidad y es algo de lo que la comunidad tiene que aprender. ¿Acaso estaban tan seguros los jueces, los jefes de la Departamental de Policía con el escenario de los abusos a 20 metros de la Jefatura, o los sucesivos Intendentes, de que al domicilio del doctor Rivas no ingresaban sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos, sus nietos? No sabemos, pero nada se hizo al respecto, eso es lo cierto. Ahora bien, tampoco alcanza con decir esto. La Unidad fiscal investiga si se radicaron denuncias durante el período expuesto en el informe periodístico de Enz, dejando en claro que sobre aquellas denuncias que pudieron haber sido “desalentadas” no habrá registro. En el esquema de impunidad que establecía los escenarios donde los delitos se cometían y se toleraban, estas situaciones seguramente han sido las más frecuentes. Recuerdo una frase con la que me respondió un dirigente cuando reparé en voz alta de que otra vez estaba cubriendo una charla de Rivas en la misma semana: “Pasan los intendentes y los obispos pero Gustavo Rivas queda”. Desde esa impunidad tejía manso y paciente el doctor su telaraña, envolviendo a una ciudad que reaccionaba con breves espasmos ante la doble vida conocida, sin reparar en el daño.

La desprotección a los menores por parte de la comunidad que no reaccionó antes que la investigación de Enz nos escupiera en la cara, tiene que ver también con todo lo que supo aprovechar el perverso en el marco de las confortables condiciones que el paradigma reinante le brindaba para cometer sus delitos. Por ejemplo: ¿Hace cuánto los medios de comunicación dejamos de decir crimen pasional para hablar de femicidio?; ¿Hace cuando que la “tradición” de llevar al adolescente debutar al prostíbulo del pueblo dejó de ser una “tradición”? Y a propósito de esto: “¿No cuadra en el delito de corrupción de menores este tipo de “tradiciones”? ¿O acaso desconocemos que algunas poblaciones rurales aún persiste “el derecho de pernada”? ¿O ignoramos que existe la violación dentro de la institución matrimonio? ¿Hace cuánto empezamos a hablar de violencia de género en vez de apelar a la justificación “la mina se la buscó”? O decir eso de “Violencia de género es todo”. ¿No es la teoría del menor que “accede por voluntad al juego sexual propuesto por el adulto“- como leí por estos días- bastante parecida a la justificación “si le pegó algo habrá hecho”? En el fondo seguimos hablando de la misma trama, del hilo invisible que une esos nudos de la tela donde en un rincón teje la telaraña de la telaraña Rivas.

De la vergüenza y otros demonios

“En los años 90 los padres de dos chicos que habían sido víctima de Gustavo vinieron a verme; estamos hablando de una época en la que no había cámara gessell, en la que los menores estaban mucho más expuestos a un procedimiento que revictimizaba a quien era víctima de un delito de estas características”, recordó un profesional del derecho luego del sacudón de Enz.

“Recuerdo que esta consulta se dio en el marco de una época en la que Rivas estuvo a poquito más de 1600 votos de lograr la Intendencia de Gualeguaychú; resultó siendo concejal, y por supuesto continuaba siendo el ciudadano convocado y que disertaba en los más diversos actos públicos. Ante esa situación, y luego de consultar con psicólogos, esas familias resolvieron no hacer la denuncia, y respeté esa decisión porque en definitiva se trataba del proceso de esa familia”, continuó.

Y cerró: “Durante mucho tiempo estuve como resentido con la sociedad de Gualeguaychú por este tema, que lo trataba como un gran señor pese a los rumores, entonces guardé esto en algún lugar y hoy vuelvo a desempolvar esta sensación ante los acontecimientos actuales”.

Otra persona me dijo: “Desde que salió el informe no hay momento del día en el que no me detenga a pensar que este tipo podría haber corrompido a generaciones de una misma familia. Pienso en mi sobrino, pienso en mi juventud y no puedo dejar de pensar la perversidad de todo esto”.

“Todos sabíamos de sus preferencias sexuales, escuchábamos lo que se decía, pero no vimos nada”, otra vez esta frase, una y otra vez.

Pero fue el testimonio público del vecino Martín Daneri en el programa de Daniel Enz “Fuera de Juego” en la noche del lunes, que definitivamente despedazó el silencio. Puso palabras, abrió una puerta que no podemos permitir que se vuelva a cerrar sin que las víctimas de Rivas tengan la posibilidad de empezar a sanar. Porque con lo que han empezado a poder decir, queda en evidencia la prueba cabal de que el daño ocasionado no prescribe.

¿Por qué, ante el rumor o la mínima sospecha no dejó Rivas de asistir a los actos de escuelas e instituciones? ¿Por qué un adolescente sin recurso podía viajar a Bariloche, tener dinero un fin de semana o llegar a su casa con un par nuevo de zapatillas y nadie de su entorno reaccionaba al respecto? Son preguntas que no tienen una misma respuesta. Tal vez porque el poder corrompe, tal vez porque todavía la sociedad culpabiliza al más débil en vez de protegerlo, lo demoniza en vez de generarle oportunidades. No conozco a instituciones que prohíban el ingreso a un violento que golpea a una mujer o a un misógino que acosa y maltrata a su compañera. Por este tipo de cosas, todavía, no se pierde ni el lugar ni el trabajo. Eso se tolera. Se justifica. Como ocurre en este caso con los adolescentes que fueron víctimas de este tipo de abusos. Pero cuando la mugre flota en la superficie nos conmociona, pero mientras tanto lo toleramos y esto es lo que necesariamente tiene que cambiar. No podemos hacer cáscara ante la aberración, o mejor dicho, podemos pero tenemos que dejar de hacerlo.

Necesitamos construir sensibilidad, tener piel, no cáscara.

Una oportunidad

La realidad es compleja en todos sus aspectos; sus emergentes – en este caso el nombre ilustre y poderoso de Gustavo Rivas y el meticuloso sistema para perpetrar abusos que investiga la Justicia – requieren a veces de que llegue alguien y con un chasquido de dedos nos saque de esa especie de trance en el que vivimos, como rehenes del proceso de naturalización que construimos a diario. ¿Quejarnos de que recién se hable ahora del tema, tiene algún sentido? ¿Podemos acaso justificarnos de esa manera y mirar para otro lado? ¿Vamos a seguir contestando “Fuenteovejuna, señor” dándole la espalda a quienes pueden estar viviendo una situación de abuso en manos de otros perversos? ¿Vamos a seguir adheridos a la viscosidad de esa telaraña de impunidad o vamos a buscar responsables y asumir el desafío de cambiar el paradigma? ¿Vamos a preguntar qué responsabilidad le cabe a quienes desalentaron las denuncias de las víctimas? ¿Vamos a indagar sobre quienes participaron en la construcción del andamiaje de corrupción de estos pibes que por más lindas que fueran las zapatillas que recibieron a cambio se ser víctimas, lo fueron; vamos a retroceder y a renunciar a las herramientas jurídicas que el padecimiento anterior, de otros niños, mujeres y hombres nos proporcionó creando jurisprudencia en este tipo de delitos? Caben muchos interrogantes más, cada uno de nosotros deberá hacer su propia lista.

Tenemos una oportunidad, pese al promedio aberrante que nos lanza un número de 2000 casos que van de la corrupción a la promoción de prostitución de menores durante 40 años –uno por semana- en Gualeguaychú, tenemos una oportunidad: cambiar el paradigma. De no admitir lo inadmisible, de dejar de reírnos de las víctimas utilizando las redes sociales para hacer cadenas sobre matafuegos, salamines y toda esa mierda que ha sido parte del relato urbano que demoniza al menor volviéndolo un “pillo” cuando en realidad nunca sabremos el verdadero alcance y afectación en el crecimiento y sano desarrollo de la sexualidad de esos pibes antes y estos adultos que ahora probablemente sienten –además de todas las otras cuestiones que no podemos dimensionar- miedo y vergüenza.

¿Tiene sentido hacernos el harakiri por el tiempo que pasó, acusarnos de no haber lapidado a Gustavo Rivas en la plaza pública, tenerlo de amigo de Facebook, haberlo saludado alguna vez por su cumpleaños? No. Lo que tiene sentido es utilizar esta oportunidad para drenar la herida, para dejar de revictimizar a las víctimas y alentarlas a brindar su testimonio, para acompañarlas en este proceso, para cambiar la cabeza y pasarle el escobillón a la telaraña, para que cuando digamos “Fuenteovejuna, señor” ante la pregunta de un cronista que llega en busca de la noticia, la respuesta no sea sinónimo de habernos tragado el asco y haber mirado para otro lado. Porque Gualeguaychú no será la misma después de conocer la profundidad de la perversidad en estos hechos, porque tenemos una oportunidad como comunidad de ahora si hacer las cosas bien, hagamos lo necesario para que la respuesta tenga que ver con el valor de enfrentar la impunidad, sin fisuras.

Publicado por Reporte2820.com y reproducido por Río Bravo el 1º de agosto de 2017.

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