Jueves, 21 Diciembre 2017 22:51

Diciembre y el Dani

Escrito por Paola Robles Duarte

Los de la foto son Dani y Coca. Los de la foto son raíz. Y también son un pedazo del corazón de ese pueblo que protagonizó las jornadas de aquel 19 y 20 de diciembre de 2001. Son de aquellos primeros integrantes que se fueron sumando a la Corriente Clasista y Combativa en Paraná, allá en la prehistoria del kirchnerismo. 

De esa foto queda poco pero tanto a la vez: un recuerdo entrañable de alguna marcha en la puerta de Casa de Gobierno hace casi 20 años, queda la impunidad del crimen del Negro en manos del Estado entrerriano (Montiel, Carbó y Ojeda), queda la Coca viejita pero todavía andando, abrazando fuerte cuando logramos encontrarnos. Queda la sensación en el cuerpo de un diciembre doloroso que sigue doliendo cada diciembre, porque además de que el cuerpo deshecho del Dani fuera encontrado debajo de un montón de cubiertas detrás del Wal Mart, además del depósito de sus restos en una fosa al final de un cementerio que se derrumba sobre uno de los arroyos que divide Paraná, además de que los responsables materiales y políticos de ese crimen jamás pagaron la aberración de haber torturado y asesinado al Negro y que se van muriendo sin que la Justicia los alcance, presentándose a elecciones o siendo recordados como gente honorable que podría dar nombre a una institución pública, además de todo eso -que es un montón- en esa foto también hay esperanza. Porque si esos dos se encontraron en un mundo sin oportunidades, se juntaron, se abrazaron y se organizaron para abrir una ventana en medio de la fosa de mierda que para tantos resulta la vida sumida en la pobreza, todo está por hacerse. 

El Dani era un pibe de algún pueblito del interior de Paraná Campaña, que tenía la sonrisa más falta de dientes y llena de picardía del mundo. La última vez que lo ví estaba sentado junto a los pibes en el cordón de la vereda. Era una tarde de mucho calor y de risas estridentes. Ya me iba de la reunión me hizo un chiste y me volví, lo miré y agradezco por ese momento porque cuando me arde el pecho por la injusticia de su muerte, puedo pensar en ese recuerdo, en esa fracción de minuto, en esa sonrisa. 

La muerte de Eloísa y Romina, esas dos gurisitas que asesinaron las balas de la represión de diciembre del 2001 en la ciudad de Paraná, parecían el tope del dolor de aquellos días, hasta que llegó la confirmación del hallazgo del cuerpo del Negro. La Policía lo levantó en la calle, cuando salía de su casa camino al kiosco. 

Probablemente esto que escribo es incomprensible para quienes desconocen que para pibes como el Dani -sin festejo de cumpleaños, sin libros de cuentos en la noche, sin un abrazo al final del día, sin escuela, sin oficio, sin familia que lo reclamara aún después de muerto, con todo en contra y nada más que el corazón bombeando a favor- encontrar a un grupo de personas que lo quiera, que lo acepte, con quienes construir comunidad, compartir la necesidad y las esperanzas, y con quienes salir a la calle a empoderarse de esos derechos escritos en ese libro de la Constitución que el Dani nunca leyó, era un motivo para levantarse y salir de la esquina que anestesia a los pibes proponiendo el negocio fácil de la droga y el alcohol. 

Para los que tenemos mucho que perder es difícil hacer el ejercicio de comprender cómo es el mundo para quienes no tienen nada, pero nada, que perder. Para los que reconocen la violencia en el golpe de una piedra y subestiman la violencia que azota la vida cotidiana de estos pibes que nacen, viven y mueren siendo menos que el número de la estadística que los gobiernos, a veces y con suerte, publican, les va a costar imaginar el dolor de pibes como el Dani y seguramente no les será difícil conformarse con las recetas de cómo ser un pobre digno, naturalizando la obscenidad que ostenta la clase política dirigente de los últimos 50 años: votándolos, disculpándolos y votándolos de nuevo. Y bajo ningún punto de vista estoy reivindicando al Kircherismo que durante 12 años organizó a la miseria con la caja para construir poder, estoy hablando de algo más profundo, estoy hablando del Dani. 

Ahí están el Negro y la Coca, que son raíz. Y acá estoy yo 16 años después, escribiendo sobre la impunidad del crimen del Negro, sobre la necesidad de que esos pibes se encuentren, se organicen, construyan sueños, esperando que te duela que pibes como el Dani se mueran bajo el fuego de las balas de un estado que no les da oportunidades, ni educación, ni refugio, solo desigualdad y balas. 

Hoy la tele no va a hablar del Dani, tal vez se diga algo de la marcha que recordará a los muertos de la rebelión de aquel 2001, tal vez y con suerte, se hablará de eso. Repudiará la violencia de los que rompen todo a su paso, se regocijarán en el estofado de la democracia como un concepto abstracto y vacío. Sectores políticos que no marcharon juntos durante años hoy lo harán, la coyuntura política es otra. Pero los pibes como el Dani siempre están en el mismo lugar, sufriendo los mismos dolores, esperando que la vida les de una ventaja o que alguien se acerque para poder sacarles la revancha del que no tiene nada que perder. Son el cuerpo, la voz, las manos flacas. Son las sonrisas sin dientes. Son con los que especulan aquellos que creen que desparramar lo que al poder le sobra es dignidad, son las víctimas de los que defienden la idea de que "hay gente que nace en sábanas de seda y otra para ser trapos". Son las achuras en la mesa de los gobiernos que llegaron para profundizar la exclusión y la concentración. Pero yo vi la verdad, vi la sonrisa del Dani esa tarde, sentado con los otros pibes en el cordón de la vereda, abrazado a la esperanza.

José Daniel Rodriguez, joven entrerriano asesinado en la ciudad de Paraná, durante el Argentinazo de 2001: Presente.

Publicado en Río Bravo el 21 de diciembre de 2017.