Lunes, 17 Julio 2017 12:26

Allá, adonde no se ve

Escrito por Paola Robles Duarte

Allá, adonde no se ve. Allá estaba el cuerpo de Susana, cubierto por el monte de espinillos que se cierne sobre el camino que baja de la calle del Arroyo El Cura; a 50 metros del puente. Ahí donde los vecinos desconsiderados van a tirar las bolsas de basura, en las inmediaciones de ese camino de barro y desidia, ahí estaba la mujer que apenas vivió 38 años y que ejercía, con alegría, la maternidad de cuatro hijos hermosos.

Aquel miércoles al mediodía sus hermanos juntaron los pedazos y, ante la mirada atenta y dolorida de quienes estábamos en el lugar esperando la peor de las noticias, fueron a reconocerla, a dejar en ese camino mugriento lo que les quedaba de esperanza. Después se supieron algunas cosas más sobre eso que empezó a convertirse en el “caso” Villarruel: la cantidad de puñaladas, el lugar exacto, los mensajes, los antecedentes de su ex marido triplemente imputado por el crimen que le arrebató la vida a Susana.

Susana no había denunciado antes, por violencia de género, a Ramón de la Cruz Ortíz; por eso las vecinas que compartían el mate con ella, los familiares, sus padres, se sorprendieron del trágico final. Pero Susana había transitado antes el espiral de violencia, que empieza a cobrar fuerza en un grito y que -según ella misma contó a sus vecinas y familiares- terminó en su primera pareja corriendo tras ella con un cuchillo en la mano. Por eso Susana había huido de Buenos Aires con sus hijos más grandes, escapándole a ese destino, que finalmente la alcanzó en la violencia machista de otro hombre que le manoteó la vida como quien se lleva un zapallo para el puchero, lo elige y lo despedaza, y después cruza los dedos para tener la suficiente suerte – e impunidad- para que la sopa no le salga tan mal.

Una vez más la realidad demuestra eso que nuestros políticos, en los hechos, no logran comprender: la violencia doméstica y sexual no es un “tema de pareja” o “algo privado”; es un problema tan público como profundo. Las heridas del arma que penetró el cuerpo de Susana atravesaron a su familia, pero también al barrio y a toda la comunidad. Y a las mujeres que otra vez sentimos miedo, que otra vez tuvimos que andar buscando a una mujer y que, otra vez la encontramos, tirada sin vida al costado de un camino donde los vecinos desconsiderados van a dejar sus bolsas de basura.

Otra vez escuchamos múltiples sandeces. Y otra vez se esgrimió aquel argumento con el que nos bombardea eficientemente la cultura machista y dominante acerca del destino “que se buscan” las mujeres pobres, y aunque abiertamente no lo digan, el metamensaje se escribe en el aire, y también duele.

Pero desde allá, adonde no se ve, Susana encendió algunas alertas que tal vez -si toman la decisión política que pide a gritos la vida que no queremos perder- puedan desmantelar los escenarios construidos a la medida de los femicidas y abusadores: con leyes fundamentales como la declaración de emergencia contra la violencia sexual y doméstica que duerme en algún cajón de Diputados de la Nación -después de haber recibido media sanción en Senadores- lo que redundaría en mayor presupuesto y recursos humanos destinados a un abordaje real del problema, la construcción de estadísticas serias que den cuenta del mapa que trazan los cuerpos muertos de nuestras mujeres, la concientización en el territorio con herramientas válidas para las mujeres que no tienen como llegar a pedir ayuda, la capacitación del personal policial y judicial que deberían tomar y tramitar las denuncias -posteriores- desde una mirada multidimensional que de respuestas a la mujer que llega a contar que fue abusada, golpeada o maltratada y que sobre todas las cosas, que está asustada, porque sabe -aunque no lo diga- que una mujer se muere por día en la Argentina. Colocando alumbrado público en caminos negros e intransitables, proporcionando salud y educación sexual integral… tantas cosas que de tanto escribirlas parecieran hechas de palabras invisibles.

Y un dato local: En noviembre del año pasado, y en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, el Honorable Concejo Deliberante de nuestra ciudad votó por unanimidad una ordenanza que manifestaba “la sentida necesidad de que el Estado Nacional y Provincial declare inmediatamente la Emergencia Nacional en Materia de Género”. La ordenanza, que en sus considerandos es bastante vehemente en cuanto a la urgencia y la necesidad de avanzar en este sentido, es bastante específica en su articulado:

“Articulo N°1: REQUERIR a la Honorable Cámara de Diputados de la Nación que fuera oportunamente aprobado en la Honorable Cámara de Senadores y a la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Entre Ríos, a fin de que procedan a tratar el Proyecto de Ley que declara la Emergencia en Materia Social por Violencia contra las Mujeres.

Artículo N°2: MANIFESTAR la intención de este Cuerpo Deliberativo de formar parte de la propuesta de conformar una mesa de trabajo con el objetivo de abordar la temática de manera integral.

Artículo N°3: REMITIR copia de la presente Resolución a la Honorable Cámara de Diputados de la Nación y la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Entre Ríos”.

¿Cuánto han dicho nuestros legisladores provinciales y nacionales en relación al tema fuera de “coyunturas” dolorosas como ocurrió con el femicidio de Micaela García? Nada. Al menos: ¿Cuántos debates o proyectos impulsaron respecto a esta demanda de la sociedad reconocida en esta normativa? Desconocemos. ¿Cuántas veces se ha reunido la mesa para la construcción y el consenso de políticas públicas contra la violencia de género -cita en el Artículo N° 2- la cual fue propuesta desde las ONGs que abordan situaciones de violencia, contando con la participación de los legisladores locales y del Ejecutivo en torno a la posibilidad de articular y dar información sobre lo que se está haciendo o lo que se pretende hacer? Ninguna.

Allá, adonde no se ve; en ese lugar simbólico -y material una vez por día- donde velamos a nuestras mujeres víctimas de la violencia machista, no llegó la campaña política. Ni siquiera el verso; nada. Silencio. Probablemente el “caso de Susana” no llegue por si mismo al Congreso, o no citen a sus vecinas a contar la situación y el contexto de exclusión que viven a diario poniéndolas en riesgo en varios aspectos, como sí ha ocurrido en otras oportunidades con otros “casos” con mayor cobertura mediática. Seguramente no pase, porque en esto también -y aunque semejantes dolores no entienden de clases sociales- para los sectores de poder existen -obviamente- ciudadanos de primera y de segunda. Ellos no aprenden lo que sí nosotras con cada femicidio: la violencia y la perversión machista no diferencian, y por eso resulta indispensable que no se pierda de vista que el miércoles pasado sacamos de un monte de espinillos de Gualeguaychú a la quinta mujer entrerriana -y a la número 154 a nivel nacional- muerta por violencia de género en lo que va del 2017.

La lluvia del sábado nos trajo frío, nos devolvió la sensación de invierno, nos acompasó la tristeza. Un puñado de familiares y amigos, y los pocos vecinos que pudieron llegar hasta la sala de velatorio en el centro, despidieron a Susana. Sus padres, tomados de la mano y cansados, se consolaban diciendo que Susana ya no sentía más dolor. Hasta que un espasmo los devolvía a la trágica situación de velar a una hija de 38 años. Sus hermanos y amigos se hacían preguntas, trataban de entender como no pudieron interpretar antes las señales, como si fuera posible estando sumergidos como estamos en la cloaca cultural del “no te metas o no cuentes de tus problemas de pareja”, como si en el contexto que vivimos no fuera vergonzante pedir ayuda o tratar de brindarla. La mentira del concepto de “crimen pasional” que reduce este tipo de desenlaces en las páginas policiales, se cae ante los pies de la verdad que revelan las estadísticas-mujeres que enterramos.

¿Que pasaría si contáramos con un registro de violentos? ¿Diría en algún lado que Ramón de la Cruz Ortíz le provocó a su madre el pasado enero un “traumatismo de cráneo con hundimiento de hueso” para robarle dinero? ¿Sería nada más que un antecedente que se suma a una causa de femicidio o se habría hecho algo al respecto? ¿Qué pasaría si no fuera natural lo que debe erguirse como un claro mensaje de alerta? En el terreno de las hipótesis podríamos preguntarnos durante muchos días más ” que hubiera ocurrido si”. A cambio de eso tenemos los hechos: hace una mañana Susana salió de su casa a hacer un trámite y nunca más volvió. La encontraron muerta, allá adonde no se ve. Pasó en Gualeguaychú, en una ciudad en la que a todos nos gusta decir que nos conocemos. Pasó en ese camino de barro, negro por las noches e intransitable por la lluvia. Ocurrió pese al llamado de una vecina pidiendo ayuda al 101, llamada que todavía la Justicia investiga a donde fue a parar porque la Policía nunca llegó al lugar.

Le pasó a una mujer apenas cuatro años mayor que yo, con hijos de la misma edad que mis hijos, que hace 10 años llegó a esta ciudad como yo. Podría haber sido quien escribe, o quien lee, o una hija, una madre, una hermana, y así deberíamos seguir hasta generar la suficiente proximidad y conectar con la realidad; porque mientras no comprendamos que más allá del incremento de los riesgos que puede brindar el contexto, ninguna está exenta de aparecer muerta en un camino donde los vecinos desconsiderados tiran sus bolsas de basura, quienes deben cambiar paradigmas, sancionar y hacer cumplir leyes, como así también generar políticas públicas que den respuesta y eviten muertes como la de Susana, nos van a seguir hablando de la grieta en vez de decirnos que van a hacer con todo esto. Porque frente a la violencia machista no hay grieta, estamos todas en el mismo lugar: Allá, adonde no se ve, con Susana.

Publicado por Reporte2820.com y reproducido por Río Bravo el 17 de julio de 2017.

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