Miércoles, 30 Diciembre 2020 12:23

Las huellas de la IVE

Escrito por Martín Tactagi

"Mi vieja lleva años horadando. Lo hace con cuidado, esperando a que otras encuentren su modo de horadar. Así aprendió ella. Esperando que la que recién comienza no se sienta torpe ni avasallada. Mi vieja horada profundo porque lleva años practicando, pero también sabe esperar a las que necesitan encontrar su gota..."

Cuando era pibe mis viejos vivían de reuniones. La política me acompañó desde la infancia. Los escuchaba hablar con sus camaradas, compañeros/as y familiares de lo que vendría. Nací en la dictadura y como es natural, todos los que somos hijos e hijas de militantes perseguidos/as, sabemos de estos murmullos, de los gestos que hacen al hábito de la clandestinidad: hablar bajo, usar palabras claves, señalarse el hombro, desconfiar de la policía, indignarse por un atropello, y tantos otros ejemplos que algún día debería recuperarlos.

Pero hoy no. Hoy necesito volver sobre mi infancia, sobre los pasos que anteceden a la Ley IVE. Decía, mis viejos desde que tengo uso de razón dedican sus días a la política. Su militancia siempre estuvo vinculada a los barrios humildes donde viven los más necesitados. Allí, mi vieja se dedicó a conversar con las mujeres. Al principio eran obreras o esposas de obreros, pero el devenir de las políticas neoliberales, las fue convirtiendo en desocupadas y esposas de desocupados. Las convirtió también en madres que vieron empobrecer sus hogares como consecuencia de los retiros voluntarios y cuyos hijos, en ocasiones, encontraron en el paco el modo de silenciar las angustias. Con esas mujeres mi vieja se sentaba a conversar y a compartir el mate.

A horas de la aprobación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, necesito revisar mi infancia para mirar otra vez a mi vieja. Recuerdo su aliento a mate amargo y Particulares 30. Su regreso del trabajo para cocinar unos churrascos con ensalada, siempre a las corridas. Simple y rápido. En épocas de vacas flacas, también se sumaba la polenta con queso y el hígado encebollado. Otras mujeres como las madres de mis compañeros de escuela tenían más tiempo. Incluso hacían bizcochuelos para la leche y tortafritas para el mate. Mi vieja no, se iba con otras compañeras a recorrer los barrios para organizar los colectivos del Encuentro Nacional de Mujeres.

En esos barrios discutían con las mujeres sobre la violencia de género. Desnaturalizaban las palizas que a diario recibían en sus casas quienes convivían con golpeadores. Formaban los comités de denuncia por barrio, por cuadra, entre vecinas. A esos comités también se sumaban hombres a los que tampoco les gustaban los violentos. Iban a las casas donde vivían los golpeadores para advertirles que sabían. Que no hay privacidad que silencie los golpes ni muro que ofrezca impunidad; si no se dejaban de joder, los sacarían ellas mismas a patadas. Con el tiempo también comenzaron a evidenciar la violencia psicológica y la financiera. Mi vieja, sus compañeras, las mujeres de su generación, pusieron sobre la mesa de las discusiones la doble opresión que vivían las mujeres pobres. Oprimidas por su condición de clase social y por su condición de género.

En este contexto, las encuentreras comenzaron a hablar del aborto. Porque son muchas las que mueren en abortos clandestinos. Tantas que no había forma de ponerle cifra exacta. Lo sabían porque una contaba de la amiga de tal que pobrecita, se fue en hemorragia y dejó tres criaturas. Lo sabían porque entre mujeres los secretos pasaban de garganta en garganta para hacer menos dura la angustia de sentirse clandestinas. La sororidad no es nueva.

Mi vieja viene caminando la vida hace setenta años. Lo hace con mi viejo, con sus compañeras de lucha, con su familia. Lo hace sin apuro, pero de modo persistente. Como la gota que horada la piedra. La persistencia de muchas quiso que fueran miles, cientos de miles de gotas horadando. La marea verde son cientos de miles de gotas abriéndose paso en la dureza del pedregal.

Mi vieja lleva años horadando. Lo hace con cuidado, esperando a que otras encuentren su modo de horadar. Así aprendió ella. Esperando que la que recién comienza no se sienta torpe ni avasallada. Mi vieja horada profundo porque lleva años practicando, pero también sabe esperar a las que necesitan encontrar su gota.

Por eso es cuidadosa cuando habla del aborto. Porque sabe que hay muchas mujeres que son creyentes y no les gusta la idea; les parece un crimen. Mi vieja lo sabe porque compartió con ellas el mate y la palabra, bajo las chapas rotas que tienen para guarecerse de la lluvia fulera del invierno. Porque ellas mismas le han contado que la iglesia les ha dado el pan cuando nadie más estaba, y eso, cuando una no tiene que darle a sus hijos, vale más que mil leyes juntas. Mierda que vale. Entonces mi vieja escucha y asiente, porque sabe que el dolor del hambre debe ser escuchado. Pero también dice, de a poco, algo sobre las injusticias. Lo dice con tiempo, sin apurar el paso, sabiendo que quien la escucha no debe ofenderse. Y después dice algo más, y calla. Hace silencio para que la otra hable porque necesita que alguien la escuche. Y mi vieja escucha. Horadar es escuchar también, es ponerle el cuerpo a la miseria que grita en la garganta de los más pobres. Entonces mi vieja espera y habla a su tiempo sobre lo que se necesita. Y ahí ya está ofreciendo un modo de horadar. Está enseñando un camino.

Mi vieja, sus camaradas, sus compañeras, sus antecesoras, han andado mucho para que la IVE sea Ley. Han sostenido la bandera de la igualdad en tiempos de tormenta. Y lo hicieron porque saben que los caminos se construyen con el tiempo, a paso firme, codo con codo. No importa cuánto tarden, no importa si llegaran a ver el final del proceso, lo recorren porque es el camino por donde eligieron transitar su vida. Horadando para que otras, otros y otres, a su tiempo, encuentren su modo de horadar las injusticias. Su modo de construir una sociedad más justa.

Publicado por Río Bravo el 30 de diciembre de 2020.

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